Novísimos
Jesús Martínez García - Año 1990

Acuérdate de tus postrimerías
y no pecarás jamás
Si 7,40

Yo no quiero ir al infierno
que sin Ti no sé vivir,
y el calor me agobia tanto
que me tengo que salir.

Índice











Libro: Novísimos
1. Despierta tu alma
Jesús Martínez García - Año 1990


1. Despierta tu alma


Recuerde el alma dormida /avive el seso y despierte / contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando (Jorge Manrique, Coplas).

Tu estancia en la tierra, que durará unos pocos años, es como una moneda con dos caras. Una que se ve y otra que no se ve. Una vida natural: nacer, trabajar, comer, dormir, relacionarse con los demás..., y otra sobrenatural. Ésta también es vida porque nace, crece, etc., y también puede morir. Es la vida de la gracia en nosotros. La vida natural pasa con el tiempo y termina con la muerte. La otra no, permanece detrás de la muerte. Para que no tengas el alma dormida como les sucede a tantos, y no olvides que en esta tierra tienes que vivir la vida sobrenatural, te he escrito estas páginas.

Es de gente sin sentido no querer pensar en la realidad de la muerte, para no tener que pensar en la gran realidad de nuestra existencia: la vida sobrenatural. Pero tú no debes ser insensato. Jinete y caballo van juntos a la batalla, a la muerte; el caballo no se plantea nada porque es irracional, pero el jinete sí tiene que saber a dónde va, saber que puede morir y ordenar sus cosas. Tú debes reflexionar como han de hacerlo las personas, encara la vida como realmente es, como una corta visita que hacemos y de la cual depende nuestra felicidad eterna. No te vayas a despistar, que en este asunto no debemos equivocarnos porque sólo se vive una vez. Quizá sea ésta una buena ocasión para orientar bien tu vida.

Este mundo es el camino / para el otro, que es morada / sin pesar; / mas cumple tener buen tino / para estar esta jornada / sin errar (Jorge Manrique).






Libro: Novísimos
2. Certeza de la muerte
Jesús Martínez García - Año 1990


2. Certeza de la muerte


Dios creó a los hombres y a las mujeres para que viviéramos para siempre. Pero puso a nuestros primeros padres una condición: "De todo árbol del paraíso puedes comer libremente, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día en que comas de él, morirás sin remedio" (Gn 2, 16-17). No obedecieron y cometieron un pecado. Murieron a la vida sobrenatural, a la amistad con Dios, y, como consecuencia, también a la vida natural. Los hombres no íbamos a morir, pero "por un solo hombre, por Adán, entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, porque en él todos pecaron" (Rm 5,12).

Desde entonces la muerte es un hecho en la vida de todos los seres humanos que hemos nacido: "Está decretado a los hombres morir una sola vez" (Hb 9,27). La muerte ha sido representada en cuadros como un esqueleto montado a caballo llevando una guadaña. Detrás de él: romanos, egipcios, árabes,... su guadaña no hace acepción de personas: pobres y reyes, campesinos y obispos, ateos y monjes..., muertos en el mar, en las montañas, en el lecho... La muerte galopa victoriosa sobre las épocas y los continentes arrastrando tras de sí, como hojas secas, las vidas de los mortales. "¿Has visto, en una tarde triste de otoño, caer las hojas muertas? Así caen cada día las almas en la eternidad: un día, la hoja caída serás tú" (San Josemaría, Camino, 736).

No sabes si tus amigos se acordarán de ti en tu próximo cumpleaños, no sabes si el verano lo pasarás en el mismo lugar que el anterior, no sabes si lograrás terminar tus estudios, si crecerás mucho más. El futuro siempre es incierto. Ahora bien, ten por cierto, certísimo, una cosa: que un día morirás. Lo que no sabes es cuándo. Carlos I de España compuso su primer testamento en 1522 cuando contaba 22 años. Contenía una frase que incluyó en el testamento que redactó en 1554: "Con la certeza de que nada es más seguro que la muerte y nada más inseguro que su momento".

La muerte es el final del tiempo de cada uno. ¿Y qué es el tiempo? Imagínate una cinta transportadora de paquetes muy ancha, que va avanzando hasta el final de un mostrador, donde da la vuelta por debajo, para volver a salir por el principio. Cada persona es como un objeto depositado en ella en un lugar distinto. La cinta avanza igual para todos, pero unos llegan antes al final, según su situación en la cinta. Antes o después todos caen fuera de la cinta. Ese final es la muerte. Todos vamos hacia allí inexorablemente, y a todos nos costará esa salida hacia la eternidad. ¿Por qué? Porque el cuerpo se quedará en la tierra y el alma, en cambio, se irá, lo cual supone la rotura más íntima de nuestro ser. Es como arrancar a un árbol su forma de árbol. Humanamente es un momento de dolor. No sólo porque no tenemos experiencia del más allá, y eso puede dar miedo, sino porque la separación del alma de su cuerpo es dolorosa. Están hechos el uno para el otro y se hallan unidos con una unión sustancial.

El alma en el cuerpo no es como un barquero en una barca, que puede bajarse de ella sin más ni más. No, el alma penetra e inunda el cuerpo, le da vida. El cuerpo humano sin el alma ya no es cuerpo humano, sino un conjunto de huesos y carne que se descompone. Y el alma sola anhela su cuerpo, que es por donde se relaciona y expresa con el mundo visible. Por eso morir cuesta siempre.

Los que no creen en Dios o viven como si Dios no existiera, que para el caso es lo mismo, van por la cinta de la vida de espaldas a su final. Mejor no pensar, piensan. Pero en su último momento no pueden soslayar la realidad e intentan agarrarse a la vida como pueden, con uñas y dientes, desesperadamente. Pero todo en vano. Los médicos no pueden dar la vida, sólo pueden a veces curar la enfermedad, atrasar el desenlace. Esas personas intentan aferrarse a una pared inclinada completamente lisa y untada de aceite, cayendo a un más allá sin esperanza.

Al borde de la cinta transportadora hay un abismo y todos deberíamos dar un salto hasta la tierra firme, que es el cielo. Ese salto no lo podemos dar por nosotros mismos, como tampoco podemos elevarnos hacia arriba tirando de nuestros cabellos, sino que ha de ser con la ayuda de la gracia. Quienes mueren en pecado mortal, es decir, sin estar en gracia de Dios, contarán únicamente con sus fuerzas, con su yo, y detrás de la muerte esas fuerzas no sirven. Caerán como una pesada piedra en el abismo, en el estanque de fuego, que vuelve a quedar tersa su superficie, y nadie se acordará de ellos (Apocalipsis).

Quienes mueren en gracia, por el contrario, dan un salto, más o menos largo, según la intensidad de gracia que posean. Por eso es tan importante en esta vida no sólo procurar vivir en gracia, sino aumentarla con los sacramentos, la oración la buenas obras. Este es el sentido de la vida. hemos de poner la meta alta, aspirar a la santidad, a la mayor unión con Dios, cada día.

Los cristianos hemos de dar gracias a Dios porque nos ha sido dada la luz de la fe y sabemos hacia dónde vamos. Ese paso tan doloroso de la muerte deja de ser horrible, si caminamos orientados hacia la eternidad del amor de Dios, si cada día ponemos más amor, si luchamos, contando con su gracia. Daremos ese salto de la muerte con garbo humano y sobrenatural. Sólo depende cómo queramos vivir.






Libro: Novísimos
3 Morir sin fe
Jesús Martínez García - Año 1990


3 Morir sin fe


Arturo Schopenhauer fue un filósofo alemán del siglo XIX que durante su vida combatió obstinadamente el cristianismo. Ya enfermo y, preso del dolor, gritaba sin cesar: "¡Dios mío, oh Dios mío!". Sorprendido, el médico que le cuidaba le preguntó: "¿Ahora resulta que sí hay Dios hasta para el filósofo?" El enfermo contestó: "La filosofía sin Dios nada vale en el sufrimiento; si me pongo bien, cambiaré por completo". Schopenhauer sanó, pero olvidó lo que había prometido, y al caer de nuevo enfermo y oír al médico que le recordaba su promesa, gritó fuera de sí: "Deje esas cosas de espanto, estas tonterías sólo sirven para los niños; el filósofo no necesita de Cristo". Esa misma noche murió. (J. Janssen, Zeit un Lebensbilder).

Es triste y desesperanzada la muerte de quien no tiene fe. Por muy seguras teorías que uno tenga sobre la vida y su final, si no tiene a Dios, es algo que aterra, aunque uno no quiera reconocerlo exteriormente, porque se va cayendo al vacío, a la nada. Los héroes de la antigüedad, aunque pensaban que después de la muerte se encontrarían con sus antepasados, sin embargo veían el más allá con aire pesimista. Homero lo expresa muy bien en la Odisea, donde el fantasma de Aquiles dice: "No, hijo de Alertes, no trates de consolarme hablándome de la muerte. Preferiría ser un esclavo y trabajar para otro hombre, aunque fuese insustancial, que vivir en este mundo de sombras y de muerte". Y eso lo dice Aquiles, que había sido un héroe, cuya madre, según la leyenda era una diosa. Sí, para los paganos la vida futura era algo sombrío e inquietante, mucho peor que la existencia terrena: la muerte era la hora fatal.

Es la hora de la verdad, del planteamiento realista de la vida. La vida sin Dios no tiene sentido. Si con la muerte acabara todo, no tendría ningún sentido nuestra existencia con espíritu. Todo sería un absurdo. Pero por más que el incrédulo nos diga que no hay Dios, detrás de esa capa superficial hay una sacudida en su corazón. Aquella sensación que san Agustín confesó ser la más profunda de su corazón y que es también la ley fundamental de todos los corazones: "Tú, Señor, nos hiciste pata Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti" (Las Confesiones).

Los incrédulos recorren tierras y mares, buscan la paz y la calma por un lado y por otro, y sin embargo continúan insatisfechos y hambrientos. No sé si habrás oído hablar de aquel otro filósofo -Nietzsche- que afirmó que "Dios ha muerto", porque había muerto en su horizonte vital. Así describía el tormento de su alma, que se desangraba en la nostalgia de Dios: "¡Pájaro que vuelas, vuela y chirría la y tonada de tu canto, como el pájaro del desierto! ¡Loco de ti, esconde tu corazón sangrante entre el hielo y las mofas! Los cuervos graznan, en bandada dirigen su vuelo a la ciudad; pronto comenzará a nevar. ¡Ay de aquel que no tenga hogar!".

Para el cristiano, la muerte es el momento fundamental de la vida, la vuelta a casa, a las manos de Dios que nos tejieron en las entrañas de nuestra madre. Pero si no se cree en Dios, en su casa paterna, si se imagina que Dios ha muerto, ¿a dónde ir a descansar? Se acaba desquiciado como acabó tristemente Nietzsche.

Así murió también el impío y sarcástico Voltaire. Dedicó casi toda su vida a pisotear la religión cristiana y su moral. Son innumerables los lectores que han perdido y pierden la fe y las buenas costumbres por leer sus libros. Con derecho se le denomina "el padre de la incredulidad". Este ateo enfurecido, al sentirse gravemente enfermo, pidió un sacerdote y quiso confesarse. Antes de recibir la absolución, en un escrito firmado ante dos testigos, revocó públicamente las calumnias que había propagado contra la Iglesia y la religión, y expresó su esperanza en el perdón de Dios. Mas no murió entonces. Recobradas las fuerzas fue al teatro donde se representaba una de sus obras. Allí le recibieron con grandes ovaciones. Aquella velada fue un golpe mortal para la enmienda pues volvió a sus extravíos. Al enfermar de nuevo gravemente pidió otra vez un sacerdote, pero sus amigos incrédulos que le rodeaban en el lecho del dolor se lo negaron. Voltaire suplicó, imploró compasión, pero en vano. Entonces, fuera de sí, gritó desesperado: "Una mano me agarra y me lleva ante el tribunal de Dios... Aquí está el diablo y quiere llevarme... Veo el infierno, ¡ay!, escondedme!" Uno de los que asistían salió corriendo del cuarto: "No -decía-, no hay manera de presenciarlo". En el último momento sus amigos llegaron a consentir que entrara el sacerdote, pero ya el enfermo no recobró sus sentidos. La enfermera que le asistió en su agonía prometió no volver a presenciar jamás la muerte de otro incrédulo.

Quitemos a Dios de nuestra existencia y ¿qué es lo que queda? Una vida terrible, que en sí misma y en miles de pormenores es una constante contradicción; una existencia por la cual circula el veneno del sufrimiento, y en cuyo término lanza su terrible carcajada el dolor de la muerte.






Libro: Novísimos
4. Tienes alma inmortal
Jesús Martínez García - Año 1990


4. Tienes alma inmortal


Ante el temor de que exista otra vida, algunos se esfuerzan en tranquilizarse diciendo que no hay más allá, que el hombre es un animal un poco distinto, pero que, al fin y al cabo, eso que se llama espíritu llega a la existencia con el cuerpo y con la muerte se extingue. Craso error en el que no debemos caer. Eso que llamamos espíritu es inmortal. Sólo muere lo que es compuesto, es decir, lo que depende totalmente de la materia para vivir, pero el espíritu no depende totalmente de ella. ¿Cómo lo sabemos? Por sus manifestaciones: pensar y querer.

El pensamiento, por ejemplo, es capaz de captar la esencia de las cosas y relacionarlas con otras, deduciendo e induciendo verdades. El animal está confinado al estrecho círculo de sus sentidos y no puede saltar la barrera. Nosotros, por el contrario. Damos el salto desde lo que captan los sentidos hasta lo no captado por ellos. Por eso podemos recordar, programar, prever un eclipse hacer ciencia.

Pensar es captar la esencia de las cosas y relacionar conceptos. Y eso no lo hacen sólo los científicos, sino que es el modo cotidiano de actuar todos los hombres. Nosotros sabemos, el resto del mundo no sabe. Por eso el hombre domina la creación con su pensamiento y su voluntad. sabemos que sabemos, reflexionamos sobre nuestros propios conocimientos, sabemos si nos hemos equivocado, etc. El mundo animal nos mira con ojos atónitos si le preguntamos si sabe algo. Las vacas de hoy hacen exactamente lo mismo que las de hace mil años porque no piensan y no pueden adquirir conocimientos.

¿Y el querer? Somos los únicos seres de este mundo que podemos hacer lo que nos da la gana. Los únicos que podemos hacer sacrificios, y sean meritorias nuestras acciones. No, nuestra alma no es ningún órgano material. El cerebro es una masa de materia que se puede pesar en una balanza, pero no puede producir pensamiento, amor, virtud.

¿Y qué me dices del yo psicológico que tenemos cada uno? Aunque nos quiten partes del cuerpo, y aunque con los años se vaya recambiando célula a célula todo él, queda siempre un yo que piensa y quiere, con conciencia de ser el mismo, aunque pase el tiempo. ¿Y de la conciencia moral? El tigre no tiene remordimientos de haber matado una cebra, ni la oveja aspira a tener una vida más digna. No, no acaba todo con la muerte como sucede con los animales, porque tenemos alma. Cuando muere un perro o una avispa no continúan y si no hubieran existido poco importaba. Pero nosotros somos distintos. Por ser espíritus encarnados tenemos una dignidad específica, tenemos nuestra historia, nuestro proyecto. Una historia en busca de la felicidad, en busca de Dios.

Nosotros hemos nacido para cosas mayores que los animales. Quien se empeña en no creer en Dios ni en la inmortalidad de su alma empequeñece su dignidad, contraría su deseo infinito de felicidad, ese deseo que Dios ha puesto en el fondo de nuestro ser, que es como un invisible motor que nos empuja a hacer algo grande y permanente con nuestra vida. La muerte no puede ser el fin, el fracaso de todo el esfuerzo de años. Tiene que ser la puerta donde se colmen nuestros deseos, donde se calme nuestra sed. Si no fuera así, el hombre sería el ser más desgraciado. "Si no hubiera más vida que ésta, la vida sería una broma cruel: hipocresía, maldad, egoísmo, traición" (San Josemaría, Forja, 1000).

Los cristianos sabemos que detrás de la muerte nuestra alma permanece y que, además, un día se volverá a unir a nuestro cuerpo, al cuerpo que tenemos ahora. Vamos a ver cómo puede que sea el día de nuestra muerte.






Libro: Novísimos
5. El día de tu muerte
Jesús Martínez García - Año 1990


5. El día de tu muerte


"Me hizo meditar aquella noticia: cincuenta y un millones de personas fallecen al año; noventa y siete al minuto. El pescador -ya lo dijo el Maestro- echa sus redes al mar, el Reino del Cielo es semejante a una red barredera..., y de ahí serán escogidos los buenos; los malos, los que no reúnen condiciones., ¡desechados para siempre! Cincuenta y un millones mueren al año, noventa y siete al minuto: díselo también a otros" (Surco, 897).

Una cosa es cierta, que tú y yo vamos a morir. Un día en que haya salido el sol como todos los demás, y que no veremos acabar. Humanamente sobrecoge pensar en ese día concreto que tiene su fecha. No debemos eludir pertinazmente esta realidad, porque, lo que ramos o no, ese día llegará puntual. ¿Dónde será? ¿En casa o en el hospital, en la carretera o en el mar? Muchos mueren de forma violenta, otros no, sino en una lenta agonía.

"Estamos a la cabecera de un moribundo. Ahí está tendido en los estertores de la muerte. Llega el momento: la respiración se acorta, es jadeante y apurada, precipitada a veces y lenta otras; la cara está lívida y macilenta; los pómulos hundidos, el mentón y la nariz afilados, los ojos vidriosos fijos en el vacío... La muerte con su frígida rigidez va invadiendo los pies y las manos, avanza por las venas, llega al corazón... Gotas de sudor brillan en la frente... A medida que los sentidos se embotan y cesan las funciones vitales, la soledad y la oscuridad penetran el alma... Siente que se le van las energías, que ni el cerebro coopera... Ya nada piensa, nada siente, sólo queda en el aire la niebla de un sueño que se esfuma... El alma cae en la inconsciencia. ¿Por cuánto tiempo? No lo sabe" (J. Staudinger, La vida eterna).

Quizá tu muerte sea así. El médico dará la noticia. Ha muerto. Pero tú no la escucharás porque tu alma no está. El sacerdote dirá: "Oremos por los fieles difuntos". Te mirarán (¡cuántas veces has deseado que te miraran!), pero tú no los verás porque tus ojos no pueden ver. Una campana tañirá con un sonido sordo, cuando tu cuerpo sea llevado a la iglesia. Después al cementerio. Bajarán la caja hacia el fondo de la tierra. Si pudieras oír, escucharías un sonido hueco, el golpe del primer terrón sobre el ataúd. Luego más tierra. Nadie volverá a ver tu figura. La gente se marchará... y a los pocos días caerás en el olvido, como esos cientos, miles de nombres que figuran en las lápidas de los cementerios.

Conviene parar y pensar un momento, porque creemos que vamos a vivir aquí eternamente, y no es así. Murió a los... años. ¿Te has fijado alguna vez en la edad en la que han muerto los demás? Quince años, veinte, cuarenta... No es algo tan lejano. ¿Qué día será?

Dios no ha querido decírnoslo porque nos conoce bien. Si lo supiéramos, algunos vivirían en la angustia, contando el tiempo que les falta, y así no quiere Dios que vivamos. Otros, en cambio, pensarían que aún tienen tiempo para rectificar. Lo que Dios desea es que vivamos todos los días en gracia, preparados. Que aprovechemos todos los instantes de nuestra vida para hacer su voluntad, para vivir cerca de Él, sin preocuparnos por la muerte, pero velando. "Habéis de estar preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del hombre" (Mt 24,44).

Si lo único que ha de importar en ese momento será estar en gracia, en amistad con Dios, es que eso es lo que te debe importar en cada instante de tu vida. Si te produce desasosiego ese día que dejarás este mundo, ¿no será porque hay algo que tienes que rectificar ahora? Si fuera así, haz hoy mismo una buena confesión de tus pecados; no lo dejes para mañana, que no sabes si llegará para ti.






Libro: Novísimos
6. Oración
Jesús Martínez García - Año 1990


6. Oración


Oh Dios, Padre mío, Señor de la vida y de la muerte, que con decreto inmutable has establecido que todos los hombres hayan de morir: mírame aquí postrado delante de Ti. Aborrezco de corazón mis culpas pasadas por las que he merecido mil veces la muerte, que ahora acepto para expiarlas y para obedecer a tu amable Voluntad. Gustosamente moriré, Señor, en el lugar, del modo que Tú quieras, y hasta entonces aprovecharé los días de vida que me queden para luchar contra mis defectos y crecer en tu amor, para romper todos los lazos que atan mi corazón a las criaturas, para preparar mi alma a comparecer en tu presencia; y desde ahora me abandono sin reservas en los brazos de tu paternal Providencia.






Libro: Novísimos
7. El cuerpo muerto
Jesús Martínez García - Año 1990


7. El cuerpo muerto


Tu alma vivirá, pero ¿y tu cuerpo? Recuerdo que en un museo egipcio que visité en Roma se conservan varias momias. Su tamaño se había reducido un poco. Sólo quedaba lo que había sido piel embalsamada, convertida en polvo. Los arqueólogos tuvieron que tener mucho cuidado al quitar las vengas para que no se deshicieran las figuras. Me impresionaron los huecos vacíos de los ojos y de la boca. Si pudiera hablar, pensé, ¿qué me diría? Quizá contaría las fiestas que tuvieron lugar hace tres mil años junto al Nilo; hablaría de estatuas y monumentos en piedra, de palacios con grandes columnas llenos de luz, de perfumes, de vestidos lujosos, de juegos y de guerras; de ilusiones y proyectos, de sufrimiento,...

Esos huecos negros de sus ojos parecían mirar asombrados, y con la boca abierta e inmóvil parecía estar diciendo: yo tampoco pensé que sería polvo.

Sabemos que al principio Dios tomó algo de tierra y le infundió el espíritu, creando a Adán y a Eva. Cada uno recibimos el alma directamente de Dios, y el cuerpo de Él, a través de nuestros padres. Cuando nos venga la muerte y el alma se vaya, ¿qué pasará con nuestro cuerpo? El Miércoles de Ceniza se nos recuerda, con aquellas palabras del Génesis, para que no lo olvidemos nunca: recuerda que volverás "a la tierra de la que fuiste formado, porque polvo eres y al polvo volverás" (Gn 3,19). Dentro de un tiempo enterrarán tu cuerpo y con él tus ilusiones humanas, tus preocupaciones de ahora... Si dentro de veinte años abrieran tu tumba, ¿qué encontrarían? No te asustes: sólo encontrarían huesos, polvo.






Libro: Novísimos
8. Placeres e ilusiones
Jesús Martínez García - Año 1990


8. Placeres e ilusiones


¡Cuántas enseñanzas aprendemos al reflexionar sobre la muerte! Qué importante es ver las cosas con ojos de eternidad, y entender que lo meramente humano es muy relativo. ¿Por qué te preocupa tanto tu salud, tu pelo, tu figura? Preocúpate mucho más de cuidar tu alma, de formar tu conciencia, de adquirir doctrina cristiana, de vivir las virtudes. ¿En qué tienes puesta la ilusión de tu vida? ¡Cuántos ponen su mayor ilusión en disfrutar el fin de semana, o en el verano. ¡Como si fuera el fin de la vida! Y ganar dinero, y tener trabajo, ser alguien... Todo eso es importante para vivir, pero ¿para qué? Jesús nos dice: "¿De qué le vale al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?" (Mt 16,26). Y no digamos nada del placer de los sentidos: del gusto, del tacto, del olfato... No tiene sentido dar gusto a los sentidos corporales si dentro de unos días se han de pudrir. ¡Y pensar que hay tantas y tantos que son esclavos de sus sentidos! Y cuánto más si es contrariando la Ley de Dios. ¡Qué pena, qué timo!

El cuerpo no es malo, es parte de nosotros mismos. La doctrina cristiana nos dice que el cuerpo nos lo ha dado Dios, a través de nuestros padres, y es bueno. Es más, nosotros creemos en la resurrección de los cuerpos al final de los tiempos. Pero hemos de saber que en esta vida, el cuerpo, con sus inclinaciones, nos puede servir para acercarnos a Dios o para alejarnos. Es muy fácil dejarse llevar por lo que apetece al cuerpo, es muy fácil, acabar viendo lo sensible como lo único real.

Luis XIV, rey de Francia, llevó una vida de poder y de placer. Debido a su gran pompa y majestad es conocido con el sobrenombre de Rey Sol. Sus ejércitos recorrieron el continente de victoria en victoria. Poetas, magnates, mujeres bellas le rodeaban con la adulación. Al ver su palacio y aquellos jardines de Versalles, cerca de París, todavía hoy nos quedamos pasmados de admiración. No se privó de ningún placer, de ningún momento en que gozar. Mas un día alguien llegó, alguien más poderoso más fuerte que el Rey Sol, ante cuya guadaña nadie se puede resistir en este mundo. Y fue colocado en el panteón de los reyes de Francia para dormir el sueño de la muerte. ¿Dónde estaban ahora las diversiones y los placeres? ¿Para qué dar gusto a los sentidos? Vino la Revolución francesa y se profanaron las tumbas de los reyes. Su cuerpo tenía todavía los zapatos de alto tacón que llevó en vida para parecer más alto. Tomaron sus husos y los echaron en una gran fosa cubriéndolos de cal para que desaparecieran.

Muchos viven la vida frívolamente, sin pensar, entre música, televisión, diversiones..., sin hacer referencia a nada trascendente, sin amor a Dios ni amor al prójimo por Dios. Incluso metidos en el pecado, convencidos de que no van a morir. Pero es ley de vida que todos hemos de morir, y hemos de abandonar todo. Somos actores de teatro que al terminar la función no pueden llevarse el vestuario ni los perfumes, ni continuar con el papel que representaban. No, cuando se echa el telón para cada uno de este gran teatro que es el mundo, cada uno se presenta ante Dios, sólo, desnudo de todo, pues "nada trajimos al mundo y nada podemos llevarnos de él" (1 Tm 6,7). Piensa en qué tienes puesta ahora tu ilusión, porque todo eso has de dejarlo aquí.






Libro: Novísimos
9. Las obras quedan
Jesús Martínez García - Año 1990


9. Las obras quedan


¿No nos llevaremos nada? La Sagrada Escritura nos da esperanza. "Bienaventurados los muertos que mueren en el señor desde ahora. Sí, dice el Espíritu, que descansen de sus trabajos, pues sus obras los acompañan" (Ap 14,13). Nos acompañaran las buenas obras si moriremos en el Señor, es decir, en gracia de Dios. ¿Y cuáles son esas obras buenas?

La obras según los Mandamientos, los sacramentos, la oración..., y todas las acciones hechas en gracia que tienen por referencia a Dios. Sí también las acciones ordinarias, como es estudiar, pasear, divertirse, si es lo que debemos hacer en esos momentos. Nos dice san Pablo: "Ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para gloria de Dios" (1 Co 10,31). Todas esas cosas, hasta las más pequeñas, como es dar un vaso de agua a quien tiene sed, hechas en estado de gracia y por amor a Dios, tienen trascendencia de eternidad.

Yo me imagino el momento de la muerte como el instante en que se descubre el telón que tapaba la fachada de un edificio n construcción. Mientras vivimos vamos construyendo con nuestras buenas acciones: ratos de oración, pequeños servicios a los demás, recepción de sacramentos,... y también ratos de estudio o de trabajo ofrecidos a Dios, que serán como sillares bien esculpidos. Cuando se quite el andamio y se descorra el telón de la apariencia de la vida, se verá lo cada uno ha construido de cara a Dios.

¡Qué alegría descubrir un monumento de amor a Dios! Veremos tantos detalles de los que ya ni nos acordábamos, pero que están ahí. Porque Dios no olvida el bien. Será un edificio precioso para toda la eternidad. En cambio, ¡qué sorpresa la de los soberbios, la de los hipócritas, que parecían algo al mundo y todo era puro vacío. Por eso recuerda el Apóstol: "Cada uno mire cómo edifica" (1 Co 3,10).






Libro: Novísimos
10. Aprovecha el tiempo
Jesús Martínez García - Año 1990


10. Aprovecha el tiempo


Si a una persona que hubiera pasado a la otra vida hablando humanamente, se le diera la posibilidad de obtener un deseo, ¿qué pediría? Indudablemente pediría tener un poco más de tiempo. Y es que las cosas se ven de otra manera desde el otro lado. Aunque sólo tuviera cinco minutos más, los aprovecharía intensamente, porque cada segundo es semilla de eternidad. Cada segundo, cada uno, produce un árbol tan desproporcionadamente grande en la otra vida, que parece mentira que no valoremos todos y cada uno de ellos.

Un hombre rudo fue a visitar una grandiosa exposición de arte moderno. Ni las esculturas ni los cuadros más hermosos le impresionaban. Un artista se le acercó y e preguntó que qué le parecía. Y él contestó que aquello era un timo. Y el artista, mirándole con pena, expresó: ¡Ah, si yo pudiera prestarle mis ojos para que viera lo que yo veo! El problema es que no vemos las cosas como dios las ve. Si pudiéramos tomar prestados los ojos de san Pablo que veía así las cosas: "Los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que se ha de manifestar en nosotros" (Rm 8,18).

Y no sólo los padecimientos; también las alegrías, el trabajo, todo. Todos los momentos y circunstancias de nuestra vida pueden ser ocasión de amar y de servir a Dios a los demás. Pídela dios la fe, para ver con sus ojos. Y pon interés en aprovechar los días que te quedan de vida. Aprovecha el día que Dios te da hoy, que es el momento que puedes santificar.

Si los demás pudiéramos leer el último día de tu vida una agenda donde hubieras apuntado lo que hiciste esa semana, ¿qué leeríamos? Viernes: Clases. Almuerzo. sacar al perro. Ver la televisión. Sábado: Ir a la peluquería. Entrenamiento. Oír música... ¿Encontraríamos a lo largo de los días unos minutos dedicados a la oración, alguna jaculatoria dirigida a Dios, algún servicio a los demás? ¡Ay si tus días estuvieran vacíos. Llenos de vacío! ¡Cómo te dolería en la hora de la muerte! Has de concretar propósitos para hoy, para ahora. ¡Venga, a qué esperas! ¿No escuchas la voz de Dios que nos dice "Negociad mientras vuelvo"? (Lc 19,13).






Libro: Novísimos
11. Sin miedo a la muerte
Jesús Martínez García - Año 1990


11. Sin miedo a la muerte


Desde aquel pecado que tuvo lugar en el paraíso la muerte era algo inexorable. Millones y millones de hombres y de mujeres bajaban la cabeza ante el paso terrible de su majestad la muerte. Una marcha triunfal sobre todas las generaciones. La muerte se había enseñoreado del mundo. Pero un día sucedió que un pequeño cortejo fúnebre se encontró en la ciudad de Naím con Alguien. Con Alguien que detuvo la procesión, que se acercó al joven difunto y le dijo. "Muchacho, a ti te lo mando, levántate" (Lc 7,14), y en aquel momento, como si un chasquido terrible hubiese atravesado el mundo entero, se rompió para siempre el cetro de la muerte.

Desde entonces también corren los años, también tocan a muerto las campanas. Pero ya no aterran los sepulcros que nos llaman. Desde entonces sabemos que los años veloces no empujan el arroyuelo de la vida humana hacia la nada sombría, sin que nuestro río corre a desembocar en aquel océano sin límite que es el Amor de Dios.

Jesucristo es el Señor de la vida y de la muerte. Voluntariamente quiso morir para redimirnos del pecado, pero su muerte no era una derrota, sino la victoria sobre la muerte del alma el pecado, y su consecuencia, la muerte del cuerpo. Con su muerte y resurrección gloriosa, Cristo ha vencido a la muerte.

No se nos ha prometido que por ser cristianos no vayamos a pasar por el trance de morir, sino que sufrimos y morimos en esta vida, pero si lo hacemos con Cristo, vivimos como resucitados, y resucitaremos con Él a su nueva Vida. Sabemos que la muerte es ganancia (Flp 1, 21), porque nos acerca definitivamente a la vida perdurable, a la Vida de Dios. La muerte sólo sigue triunfando para quienes no tienen fe.

Para esto se requiere practicar el arte de vivir, de vivir con Cristo, la moral cristiana. Escoger lo mejor en cada una de nuestras acciones. Empéñate desde hoy mismo tratar de cerca a Jesús meditando su vida y recibiéndole en la Eucaristía y el sacramento del Perdón, en la oración mental y lo largo del día. Pareciéndonos a Él, también en el modo de llevar la cruz de cada día.

El arte de saber vivir y el arte de saber morir. Demostrar cómo muere un cristiano, recibiendo el sacramento de la Unción de enfermos, aceptando la muerte con fe, esperanza y amor, sin desasosiego, sin histerismo, porque sabemos que vamos al encuentro del Amor.

La Santísima Virgen también estará en aquel momento para confortarte. ¡Se lo hemos dicho tantas veces a lo largo de los días! "Ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte". No dejes de rezarle cada noche las tres Avemarías y cada día el Rosario. Acuérdate de ella en todos los ahoras, y en la hora de la muerte. Ella te ayudará en todos los instantes, sobre todo en el último, en el que el tiempo coincide con la eternidad.






Libro: Novísimos
12. El libro de tu vida
Jesús Martínez García - Año 1990


12. El libro de tu vida


Nada más pasar la puerta de la muerte, el alma se juzga a sí misma, en la presencia de Dios. Inmediatamente, con la velocidad del relámpago, ante nuestra conciencia pasa nuestra vida como se pasan a en un segundo todas las hojas de un libro. Instantánea pero total y sincera es esa visión. Todas nuestras palabras, obras y pensamientos; lo que hemos hecho bien y lo que hicimos mal, lo que teníamos que hacer, lo que no hicimos. Veremos hoja por hoja, línea por línea, palabra por palabra, letra a letra, cómo hemos escrito nuestra vida.

El día que llegamos a la existencia se nos dio a cada uno un libro, que lleva nuestro nombre, y en el que cada página es un día. Abierto por un día cualquiera se descubre en la página de la izquierda escrita lo que espera Dios para ese día. Dice un salmo: "Tus ojos contemplaron mis actos y fueron escritos todos en tu libro, y tasados mis días, antes de que saliera a la luz ni uno de ellos" (Sal 139,16). La página de la derecha está en blanco. Durante el día uno ha de ir escribiendo según lo que viene en la página de la izquierda, para cumplir la voluntad de Dios.

¿Qué es lo que se escribe? Pensamientos, palabras acciones que en sí mismos son buenos. Porque los hay que son malos desde el punto de vista de Dios, y eso no queda escrito. Mejor dicho, sí quedan reflejados en el libro, pero no son letras, sino borrones. Eso es lo que sucede con los pecados veniales, que son como letras defectuosamente escritas, manchas más o menos grandes. El pecado mortal, sin embargo, no es una mancha, es mucho más: es volcar el tintero inutilizando el libro. Hasta que no se arregle, no se puede volver a escribir. Todo lo que se hace en pecado mortal, no sirve para nada sobrenaturalmente.

Para que aparezcan palabras y frases inteligibles que se puedan leer cuando se abra el libro después de la muerte, hay que escribir en estado de gracia (sin pecado mortal) y de acuerdo con lo que viene en la página contigua; es decir, según el influjo de las gracias actuales por las que Dios nos hace ver su voluntad. En esta vida no estamos para hacer cosas, ni siquiera cosas buenas, sino para cumplir su voluntad. ¿Y cómo sabemos lo que Dios quiere? Importantísimo tema en el que hemos de poner mucho empeño, no sea que uno, con aparente buena voluntad, no haga lo que Dios desea; es decir, no tenga realmente buena voluntad, sino que desee hacer la suya propia. Para conocer la voluntad de Dios sobre uno mismo es preciso hacer oración, preguntar y obedecer a quienes ha puesto Dios como indicadores de su voluntad: el Magisterio de la Iglesia y el director espiritual.

La voluntad libre es la pluma con la que se escribe. Uno sabe en su conciencia cómo queda reflejado en el libro lo que hace. Uno se percata si obra moralmente bien o mal. Y sabe que hay Alguien más que lo sabe: Dios. "Él escudriña los corazones, porque Él sostiene tu alma y dará a cada uno según sus obras" (Pr 24,12). La conciencia advierte el bien y el mal, y la presencia de Dios que la ve. Uno en esta vida puede engañarse, auto convencerse de que Dios no ve; oscurecer la conciencia llamando al mal bien, para hacer lo que le gusta, no como quiere Dios, llegando a violentar la conciencia para que no le remuerda el mal cometido. Uno lo puede hacer, y creer que sigue escribiendo en el libro de su vida, cuando en realidad no lo está haciendo.

Es una gran necedad, una insensatez; pero es un peligro que nos acecha a todos, por la el veneno de la soberbia que nos sugiere el diablo: engañarnos a nosotros mismos y acabar creyendo el teorema de la rana. El teorema de la rana lo iba anotando un científico mientras lo iba practicando con un pequeño batracio, y dice así: "Si a una rana se le cortan los dedos de una pata y se le dice: Rana, salta: la rana salta. Si a una rana se le corta una pata entera y se le dice: Rana, salta, la rana salta. Y si a una rana se le cortan las dos patas y se le dice: Rana, salta: la rana no salta. Conclusión: cuando a una rana se le cortan las dos patas, se vuelve sorda".

Pues uno puede ir por la vida con esa lógica, engañándose; haciendo cosas que son malas y llegar a que no le remuerda la conciencia. La realidad es que el libro va quedando hecho una pena -y si se trata de pecados mortales, un auténtico desastre-, pero uno vive tan tranquilo, como si no pasara nada. "Total, si nadie me dice nada, no pasa nada". Pero sí pasa, porque Dios sí ve cada una de nuestras acciones y hasta los más ocultos pensamientos y repliegues del corazón. A Dios no se le puede engañar, y nosotros al final de nuestra vida no tendremos que dar cuenta de nuestras acciones a nuestra madre, ni a la sociedad, ni a nadie, sino sólo a Dios, que es quien nos ha dado la vida, el alma y con ella la libertad para obrar el bien.

Pasado el umbral de nuestra muerte no cabe el engaño, no se puede huir de la luz para no darnos cuenta de nuestras propias obras. Y con claridad meridiana se ve todo lo que hemos hecho según como lo veía Dios, como uno sabía en su conciencia cómo estaba escribiendo, y sabía si se alejaba de la verdad. Dios a cada uno va a juzgar por lo que veía en su conciencia que debía de hacer. Por lo que debía haber visto en su conciencia, según las posibilidades que tuvo de conocer la verdad. Porque tenemos obligación grave de buscarla en lo que Dios nos dice en los Mandamientos y por otros cauces, y al encontrarla, de vivir según esa verdad. Por eso, Jesús amonesta vivamente a no engañarnos a nosotros mismos, a no oscurecer voluntariamente la conciencia, porque el juicio tras la muerte es el juicio que uno hace ya en esta vida. "Y el juicio consiste en que vino la luz al mundo (el Hijo de Dios), y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Pero el que obra según la verdad viene a la luz para que sus obras sean manifiestas, pues están hechas en Dios" (Jn 3, 19-21).

Nada más morir uno se juzga a sí mismo, confronta su vida con la verdad de Dios, en su luz. Uno se reconoce inequívocamente protagonista de esas acciones que aparecen en el libro. Y se cierra el libro. Lo escrito, escrito está. Nada se puede modificar. Si se halló en gracia, el nombre de su libro se escribe en el Libro de la Vida de Dios, donde aparece la lista de los santos. Y uno mismo se va al lugar que le corresponde, porque cada uno hace lo que le da la gana. Y como el humo asciende y los cuerpos pesados caen hacia abajo, uno mismo se va al Cielo o al infierno; a lo que él ha escogido. Todo esto ha sucedido en un instante, en un abrir y cerrar de ojos.






Libro: Novísimos
13. El juicio de Dios
Jesús Martínez García - Año 1990


13. El juicio de Dios


Al final de la historia volverá Cristo a juzgar a todos, en un juicio público. San Juan lo profetiza en el Apocalipsis: "Vi un gran trono blanco, y al que en él estaba, de cuya presencia huyeron la tierra y el cielo, sin que se encontrara su lugar. Vi a los muertos importantes y pequeños, que estaban delante del trono; y fueron abiertos los libros, y fue abierto otro libro, que es el libro de la vida. Fueron juzgados los muertos según sus obras, según las obras que estaban escritas en sus libros" (Ap 20, 11-12). Quien murió en gracia, su nombre es inscrito en el libro de Dios, y "todo el que no fue hallado escrito en el libro de la vida, fue arrojado al estanque de fuego" (Ap 20,15).

¡Ay de los que murieron en pecado mortal porque escucharán entonces, para siempre, la sentencia del Juez divino: "Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles" (Mt 25,41). En cambio, ¡qué seguridad y alegría la de los justos!, que oirán la voz de su Redentor, de su Amigo, que les dice: "Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo" (Mt 25,34).

Esta es la realidad, esto lo que nos dice Dios. Otros dicen otras cosas, pero movidos por el príncipe de la mentira, que es Satanás. Al diablo le interesa confundirnos, para que nos equivoquemos ahora, y para siempre. Por eso es tan importante en esta vida el examen de conciencia de vez en cuando, para reflexionar sobre lo que hemos hecho o lo que vamos a hacer, para procurar verlo con la mirada de Dios, en la verdad. Para ver si hay algo que cambiar, que mejorar, que arrancar. Y hacerlo ahora, mediante una buena confesión. el arrepentimiento sólo cabe en esta vida, no detrás de la muerte.

Jesucristo ha instituido el sacramento del Perdón a modo de juicio en esta tierra. En él, después de hacer examen y reconocer nuestros pecados, de reconocerlos ante Él, en la persona de su sacerdote, de pedirle perdón de todo corazón por amor y de hacer el propósito de nunca más pecar, cumpliendo la penitencia que le impongan, se rehace nuestra vida. Cristo arranca el pecado del alma. Rehace las hojas del libro de nuestra vida.

Dios no quiere a muerte eterna del pecador, sino que se convierta y viva (Ez 18,32), quiere perdonarnos, pero hace falta que queramos dejarnos perdonar, que aceptemos el medio que Él ha instituido para ello (este sacramento). Dios no nos obliga, siempre respeta nuestra libertad. Pero hemos de querer salvarnos, dejarnos salvar. Al final, cada uno hace lo que le da la gana. Pero es una lástima que algunos, por no valorar en su verdadera dimensión el pecado mortal, por no querer hacer examen en la presencia de Dios, por no estar dispuestos a pedirle perdón, se engañen para siempre.






Libro: Novísimos
14. Penitencia (Purgatorio)
Jesús Martínez García - Año 1990


14. Penitencia (Purgatorio)


Has de valorar el pecado mortal, que inutiliza el cuaderno de nuestra vida espiritual. Pero también has de dar mucha importancia a los pecados veniales y a las faltas de correspondencia a las sugerencias de Dios, que no matan esa vida pero la estropean. Serían como letras malas escritas, como borrones. Todo eso hemos de purificarlo en esta vida, por la penitencia, el sacrificio. y si no se hace en esta vida, habrá que hacerlo antes de entrar en el Cielo.

Pérdidas de tiempo, faltas de vanidad, de rectitud de intención, faltas de caridad, pereza para las cosas de Dios... Hemos de ir como raspando con una fina hoja de acero lo que está mal escrito en el libro. Y eso es la penitencia. La penitencia es un virtud por la que vamos volviendo nuestro corazón hacia la justicia, hacia la santidad que debe de tener. Ese raspar es doloroso, pero hemos de hacerlo. No imagines penitencias raras, porque a lo largo de la jornada tienes muchas ocasiones de vivirla, de hacer sacrificios.

Por otro lado, Dios permite que nos sucedan cosas dolorosas que, entre otros bienes, pueden ayudar a purificarnos. Hemos de acogerlas como oportunidades e amar a Dios y de reparar por nuestros pecados en esta vida.

En todo caso, la bondad de Dios ha previsto que antes de entrar en el Cielo, purifiquemos nuestra lama en el Purgatorio. El purgatorio no es un infierno en pequeño, no tiene nada que ver con él, pues hay esperanza de ir al Cielo. Su pena mayor es no poder ver aún a Dios, a quien ansía el alma. Sólo quien ama sabe lo doloroso que es esta separación.

Podemos rezar por las almas del purgatorio, ofreciendo sufragios, ganar indulgencias por ellas. Y acudir a la Virgen en su advocación del carmen. Te aconsejo que tengas devoción a su escapulario. Haz que te lo imponga un sacerdote, y llévalo en el cuello toda tu vida. La Santísima Virgen ha prometido sacra del purgatorio el sábado siguiente al de su muerte, a quienes murieron en gracia y lo llevaron cumpliendo las condiciones previstas.






Libro: Novísimos
15. Las penas del infierno(Purgatorio)
Jesús Martínez García - Año 1990


15. Las penas del infierno


Hoy día hay una mentira generalizada, creer que el infierno no existe. Se dice que el cristianismo es una religión de amor, no de temor, y que no conviene asustar a nadie. Se dice que Dios es tan bueno que al final salvará a todos. Se dice que, siendo pocos los que vienen a la parroquia, sólo falta que les hablemos de pobreza, castidad, de obediencia y de infierno, para que nos quedemos solos.

Es un engaño al que muchos están dispuestos a apuntarse, porque si no hay castigo para el mal, se puede hacer el mal impunemente. Esto no es lo que explicó Jesucristo, que vino a morir para vencer el pecado. Cristo en la cruz es la mano abierta y tendida de Dios a lo hombres para que se salven. El infierno es uno de los grandes temas de los que más habló Jesús. Habló del reino de los cielos en esta tierra, al que se accede por la conversión del corazón; habló de amor, de perdón... y de la otra posibilidad: del infierno eterno para quien no quiera libremente ser hijo de Dios.

¿Y qué nos ha dicho? "Al que tiene se le dará abundará; pero a quien no tiene, aún lo que tiene se le quitará, y a ese siervo inútil echadle a las tinieblas exteriores; allí habrá llanto y crujir de dientes" (Mt 25, 29-30). Se le quitará todo. La pena mayor es haber perdido a Dios, la ausencia del Bien infinito, el Amor que puede calmar nuestro ansia de felicidad. Además, todo el bien que ha hecho en la tierra no servirá para amortiguar sus penas. No se tendrá apoyo en el que descargar el dolor. se estará solo. La amargura de la soledad. David exclamó que mas vale caer en las manos de Dios que en las de los hombres (2 S 24,14), porque Dios es bueno. ¡Pero qué será caer en las manos del diablo, que sólo sabe dar mal!

Tinieblas exteriores, noche del alma y del cuerpo; miedo atroz. Llanto, sufrimiento, dolor, amargura del alma, llanto de rabia, de odio. De odio al diablo por haberle engañado, de odio a sí mismo, maldición para los demás. ¿Te imaginas una familia donde reina la desconfianza, la mentira, el fastidiar, el engaño? Es un infierno.

Crujir de dientes, producido por el frío. Un eterno helarse. Lugar donde la polilla corroe (Lc 12,23), el gusano de la conciencia que va carcomiéndose a sí mismo, porque no puede echar la culpa a nadie, desesperación. Un fuego abrasador sin la posibilidad de una gota de agua para refrescarse, como sucedía a Epulón (Lc 16,24). No sé si te habrás quemado alguna vez. Es muy doloroso quedar sin piel, en carne viva; cada rozadura escuece tanto que hace llorar...Pero uno no muere de dolor en el infierno. Cuerpo y alma vivirán para siempre sufriendo.






Libro: Novísimos
16. El fuego eterno(Purgatorio)
Jesús Martínez García - Año 1990


16. El fuego eterno


La mano de Dios no tiembla al romper el proyecto que era la vida de un hombre. Ese nombre que Dios le dio, y por el que le quiere conocer siempre -su vocación- no se recuerda. No le reconoce. Y lo lanza al mar, como se lanza una piedra, que tras caer ya nunca nadie se acordará de ella. No le tiembla el pulso: "Y en cuanto a esos enemigos míos, que no han querido que yo reinara sobre ellos, traedlos aquí y degolladlos en mi presencia" (Lc 19,27), dice el Señor.

"Apartaos de mí, malditos. Id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles" (Mt 25,41). Dios no hizo el infierno para los hombres, sino que tenemos un puesto en el cielo esperándonos. Pero, así como el que vive en gracia participa de la santidad de Dios, quien comete pecado mortal participa del mal del demonio. Se hace demonio. Así lo dijo Jesús, hablando de Judas: ¿No escogí yo a los doce? Sin embargo, uno de vosotros es un diablo (Jn 6,70). El pecado es un acto de soberbia por el que se reniega del Creador, de sus normas. Y en vez de ver a Dios como el único Señor, uno se hace señor, Dios, de sí mismo. El infierno e la maldición de Dios, de Dios que reniega de su criatura que ha creado con amor. Grandes misterios el del amor de Dios, la libertad humana, el pecado y el infierno. Están estrechamente vinculados. El amor de Dios es eterno. Y el rechazo de Dios, el infierno, también.

¿Sabes lo que es la eternidad? Para que te hagas una idea, piensa en una hormiguita. ¿Cuánto tardará en recorrer la ciudad en la que vivo, o el país? Pues imagínate una hormiga que da un paso cada siglo, ¿cuánto tardará en dar la vuelta al mundo? Echa el cálculo. Si el planeta Tierra fuera una gran bola de acero, cuando la hormiga que da un paso cada siglo, dando vueltas y vueltas a la Tierra, haya erosionado con sus patas toda la bola de acero, en ese instante en el que desaparezca la Tierra desgastada, habrá pasado la primera fracción del primer segundo de la eternidad. Porque la eternidad es siempre.

"Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas" (Lc 22,53), dijo el Señor, cuando le prendieron en Getsemaní y triunfaba el mal. "Luego, ¿el hombre pecador tiene su hora? - Sí... ¡y Dios su eternidad!" (Camino, 734). he aquí el gran misterio de la libertad del hombre, el principio de su grandeza o de su ruina. Del fondo de su corazón sale todo el bien que hace, pero también todo el mal: los robos, homicidios, malos pensamientos,... (Mt 15,19), y nos dice san pablo que los que hacen tales cosas no entrarán en el reino de los cielos (1 Co 6,10).

Dios nos ha dejado en manos de nuestro libre albedrío, para que cada uno sea quien decide su futuro, por méritos propios alcanza la felicidad o la condenación eternas. En esta vida nos podemos equivocar, cometer pecado, pero la misericordia de Dios está dispuesta a perdonarnos en esta vida si nos arrepentimos. "Esta es mi sangre de la alianza, que será derramada por muchos para remisión de los pecados" (Mt 26,28). Hace falta, sin embargo, acudir al sacramento del Perdón. Acudir las veces que haga falta, cuantas veces acudimos a pedirle perdón, él nos perdona. ¿Siete veces? No, siempre está dispuesto a perdonarnos (Mt 18,22).

Pero después de la muerte ya no cabe el perdón. La Sangre de Cristo que en esta tierra implora nuestra redención, en la otra pide justicia. Dios es misericordioso, ciertamente; pero también es justo. "Su misericordia es igual a su ira. Tan grande es su misericordia como grande es su justicia: no juzga al hombre sino por sus obras" (Si 16,12). Dios no reconoce como hijo al que voluntariamente se ha marchado de su casa, que se ha opuesto a sus mandatos; "Maldito" le llama.

Jesús nos habló de las entrañas de misericordia del padre del hijo pródigo, de lo mucho que amaba al hijo que se marchó. Deseaba que volviera, pero si el hijo no volvía, aunque su padre sabía cuánto sufría, no fue a por él, no le violentó la voluntad para que regresara a su amor por las buenas o por las malas. Hasta que no decidió volver y volvió, no se reconcilió con su padre. "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti" (Lc 15,21). Dios respeta nuestra libertad, ¡gran misterio de amor!, pero si el hombre pecador muere sin arrepentirse, es dogma de fe que va al infierno eterno.

Después de la muerte Dios no puede -no quiere- violentar la voluntad humana. Sería como intentar hundir un balón lleno de aire en un estanque: se resiste y vuelve a subir hacia la superficie. Si a un condenado se le diera la posibilidad de escoger dónde ir, escogería siempre el infierno, porque ésa fue su última voluntad, y lo será siempre.






Libro: Novísimos
17. El Cielo
Jesús Martínez García - Año 1990


17. El Cielo


¿Cómo será el Cielo? No tenemos apenas ni idea de lo que Dios tiene preparado a los que le aman. Porque los puntos de comparación que tenemos de felicidad humana son muy pobres. San Pablo que vio el Cielo nos dice que "ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó a ningún hombre por la cabeza las cosas que Dios tiene preparadas para aquellos que le aman" (1 Co 2,9).

Nuestra alma salió de las manos de Dios y anhela volver a ellas, a la casa paterna; desea ver a Dios, sumo Bien. Dios nos ha puesto como un motor en busca de la felicidad, en busca de él. "Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo. ¿Cuándo entraré a ver el rostro del Señor?" (Sal 42,3). El Cielo es el colmo de esa sed existencial, hasta hartarse sin hartarse. "El que beba del agua que yo le daré, jamás tendrá sed, porque el agua que yo le daré se hará en él una fuente que salta hasta la vida eterna" (Jn 4,14).

Dios nos da de su vida, se da Él mismo, en sus sacramentos. De manera especial en la Eucaristía, prenda de la gloria futura. Y se nos dará definitivamente en el Cielo. "Se ceñirá, los hará sentar a su mesa y él mismo los servirá" (Lc 12,37). Será como un banquete. Y el padre amoroso no deja que sean los criados los que sirvan al hijo (¡hijos de Dios somos!), que ha llegado después de un largo viaje de sacrificios.. Será como una fiesta: "Yo os transmito el reino como me lo transmitió mi Padre a mí. Comeréis y beberéis a mi mesa en mi reino" (Jn 14,20). "Vendremos a él y haremos en él morada" (Jn 14,23).

"Vamos a pensar lo que será el Cielo -decía el Fundador del Opus Dei-. Os imagináis qué será llegar allí, y encontrarnos con Dios, y ver aquella hermosura, aquel amor que se vuelca en nuestros corazones, que sacia sin saciar? Yo me pregunto muchas veces al día: ¿qué será cuando toda la belleza, toda la bondad, toda la maravilla infinita de Dios se vuelque en este pobre vaso de barro que soy yo, que somos todos nosotros? Y entonces me explico bien aquello del Apóstol: ni ojo vio, ni oído oyó... Vale la pena, hijos míos, vale la pena" (San Josemaría, Hoja informativa de su Canonización 1).

Dios nos inundará de Sí mismo, como la luz la bombilla, nos transformará en Él, pero no desapareceremos ante su plenitud. No será una especie de nirvana, de diluirnos en un todo, como la gota de agua en el mar, desapareciendo nuestro yo. No. En Dios todo es uno, pero se respeta el yo personal de cada uno. De esta manera las tres divinas Personas no se confunden entre sí, ni las personas angélicas. Y también quedará respetada nuestra persona, en Tú a tú con Dios.






Libro: Novísimos
18. La Estrella de la mañana
Jesús Martínez García - Año 1990


18. La Estrella de la mañana


Entre los iconos bizantinos y rusos que representan a la Madre de Dios, hay un tipo de ellos en que se la denomina a María "Hodigitria", que significa, "la que muestra el camino". En este tipo de icono vemos a la madre de Dios que indica con la mano derecha al Niño Jesús, sentado en su mano izquierda. Parece que la virgen se dirige a todo el género humano diciendo que el verdadero camino de la salvación, del cielo, es Cristo.

En la iglesia latina, este mismo tema se significa en la letanía lauretana "Estrella de la mañana", que en realidad es el planeta Venus, y que se ve en el cielo en el resplandor de la aurora, justo por el lugar donde va a aparecer el Sol, el Oriente, símbolo de Cristo.

La verdadera devoción a María lleva a Cristo, que es el Camino para ir al Padre. Lo tenemos muy fácil. Dios se hizo hombre, su Humanidad santísima es el Camino para legar a lo invisible de Dios. Tenemos a Cristo en sus Evangelios, lo tenemos en la Eucaristía, podemos hablar con Él en la oración, podemos vivir con él y como él. Tenemos el Espíritu santo, la Iglesia, a Santa María, tenemos la ayuda de los ángeles y de los santos, la ayuda de los demás cristianos.

En cierta ocasión le preguntó a Santo Tomás de Aquino su hermana pequeña Teodora: Tomás, qué hace falta para ser santo, para ir al Cielo? El gran teólogo que solía distinguir todos los aspectos de los problemas, para explicar cada detalle, en esta ocasión fue muy lacónico. Le contestó: Teodora, lo único que hace falta para ser santo es querer.

Si tú quieres, y querer es poner los medios, puedes ir al cielo. Dios te está esperando allí. y te está esperando cada día aquí. Sólo hace falta que quieras libremente. Que le quieras a Él, como Señor y Amor de tu vida. "He aquí la esclava del Señor", dijo Santa María.