Hablemos de la Fe - Capítulo 5
Jesús Martínez García - Ed. Rialp. Madrid, 1992

VIDA SOBRENATURAL

 

El amor de Dios hacia nosotros se manifestó
en que Dios envió al mundo a su Hijo unigénito
para que nosotros vivamos por El.
(1 Jn, 4, 9)

Yo he venido para que tengan vida
y la tengan en abundancia.
(1 Jn, 10, 10)
Índice











Libro: Hablemos de la Fe
5. Vida sobrenatural
Jesús Martínez García
Ed. Rialp. Madrid, 1992


1. Una vida con dos caras


El escritor y médico galés A. J. Cronin contó una vez cómo fue su conversión. Pasaba en Roma unos días de diversión en compañía de unos amigos. Su juventud se caracterizaba por un continuo ir de juerga en juerga. Un día, dando un paseo, se perdió por las afueras de la ciudad. Buscaba alguien que le informase sobre el camino de vuelta y se metió, sin saberlo, en una capilla. Es la capilla que recuerda aquella tradición del encuentro de San Pedro con Jesucristo, cuando el Apóstol escapaba de la persecución de Nerón. San Pedro, sorprendido al ver a Jesús que iba en dirección opuesta, le preguntó: «Señor, ¿a dónde vas?» (Domine, quo vadis?) y Cristo respondió: «Voy a Roma a que me crucifiquen de nuevo». San Pedro dio media vuelta y regresó. Cronin se sentó en un banco. «Me pareció que hasta mí llegaba un susurro débil, pero acusador, a través de los siglos: Quo vadis?, ¿A dónde vas? Experimenté una sensación de vacío y de descontento, la convicción, tan aguda como un dolor repentino, de que fatalmente yo -y otros mundanos como yo- nos hemos olvidado, si no desconocido por completo, del reino del espíritu».

¿Cuál es el sentido de nuestra vida en la tierra? ¿Para qué estamos aquí? ¿Para llenar el tiempo y no aburrirnos? ¿No será para algo más que para desarrollar los músculos y cultivar la inteligencia? Algunos se consideran a sí mismos unos animales más evolucionados cuya vida termina con la muerte. Otros advierten que tiene que haber algo más, pero viven como si Dios no existiera, como si lo importante en sus vidas fuera exclusivamente vivir esta vida, perfeccionarse a sí mismos y a la sociedad. Pero ¡qué pobre ilusión el quedar vivos sólo en el recuerdo de los hombres! ¡Si nosotros estamos hechos para vivir eternamente!

Lo más grandioso de los hombres no es solamente que seamos las criaturas más perfectas, que tengamos inteligencia y voluntad, sino que Dios ha querido otorgarnos otro don, un don que ni podíamos sospechar: un fin y una vida sobrenaturales. Según la Fe católica, el hombre fue elevado desde su principio al orden sobrenatural (cfr. Concilio de Trento, ses. V; Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 2). Adán y Eva fueron elevados a ese orden y con ellos todos los hombres. Por el pecado original perdieron esa relación sobrenatural con Dios. Dios no les aniquiló, no les quitó la vida natural, pero perdieron el don más valioso, su amistad con El. Con la Redención obrada por Jesucristo este estado de justicia se reparó y cada uno de los hombres tenemos la posibilidad de vivir esa vida sobrenatural. En esta tierra tenemos una vida como con dos caras. Una cara que se ve: nacemos, trabajamos, comemos, crecemos, etc., en definitiva, desarrollamos nuestra naturaleza humana. Y podemos tener otra cara que no se ve, pero que también es real: la vida de la gracia, que es una sobrenaturaleza, como una segunda naturaleza. Como toda vida, la sobrenatural nace (por el Bautismo), se desarrolla (por la Confirmación), se alimenta (por la Eucaristía y otros sacramentos) y puede morir. Se muere a la vida sobrenatural por el pecado, aunque se puede recuperar si uno pide perdón a Dios en el sacramento de la Penitencia.

Quienes desconocen esta vida sobrenatural desconocen su gran dignidad, el poder ser hijos de Dios por la gracia; viven sólo una vida natural (cuando no infranatural), sin enterarse de cuál es su fin. Les sucede lo que al águila del cuento peruano. Dicen que un granjero subió a una montaña y bajó con un huevo de águila que cogió en un nido. Lo puso entre los huevos que incubaban las gallinas, y al tiempo que nacieron los otros pollitos, nació el pollo de águila. Este aprendió las costumbres de sus compañeros. Andaba por el corral comiendo gusanitos y alguna vez se lanzaba desde un elevado madero hacia el suelo gritando desaforadamente, como hacían las gallinas. Cierto día vio en el suelo la silueta de un ave que volaba muy alto. «¿Quién es?», preguntó. Y la gallina que tenía al lado le dijo: «Es un águila, que vuela majestuosamente, sin apenas hacer esfuerzo. Pero no le mires más, porque nuestra vida no es como la de él, sino aquí en el corral». El cuento termina diciendo que aquel pequeño águila nunca supo su condición y vivió hasta su muerte como una gallina de corral.






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5. Vida sobrenatural
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2. La Redención


Con el pecado original los hombres perdieron su tesoro más valioso, su relación de hijos de Dios. Y por sus propias fuerzas no podían recuperar la dignidad perdida, restablecer la injusticia causada; porque el pecado, en cierta manera, es una ofensa infinita, ya que el ofendido es Dios. Ya podían ofrecer los hombres sacrificios y ofrendas, como nos relata el Antiguo Testamento, que nadie podía restablecer la injusticia cometida. En esa situación, ningún hombre podía entrar en el Cielo, ya que el don que Dios les dio a Adán y a Eva era para ellos y sus descendientes, y al perderlo, todos heredamos el pecado original, nacemos alejados sobrenaturalmente de Dios.

Quien nos liberara del pecado tenía que ser Alguien que pudiera satisfacer adecuadamente, de modo infinito; tenía que ser Dios. Y Dios lo hizo movido por su misericordia: «tanto amó al mundo, que (al cabo de unos siglos) le dio su Hijo unigénito, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3, 16). Es propio de Dios tener misericordia, y por eso hizo esa gran obra de misericordia con los hombres que es redimir al cautivo. Redimir es comprar la libertad de otro mediante el pago de un precio, y eso hizo Jesucristo, «por cuya sangre (ofrecida a Dios Padre) hemos recibido la redención y el perdón de los pecados» (Co 1, 13-14). Por eso, la liberación del pecado y de los males que el pecado trajo consigo, se ha llamado siempre por la Teología católica la Redención.

El camino de la redención fue la obediencia, la obediencia hasta la muerte, y muerte de Cruz (cfr. Flp 2,8). Si por la desobediencia de Adán entró el pecado en el mundo, y con el pecado la muerte, por la obediencia de Cristo entró la salvación y con ella la vida (cfr. Rm 5, 17-20); de tal modo que ahora podemos no ser esclavos del pecado y del demonio, sino que podemos «vivir en la libertad y gloria de los hijos de Dios» (Ga 4,4).

Jesucristo vino a esta tierra con una finalidad. Su vida apuntaba a un fin, a un día y una hora determinados: su muerte en la Cruz. Su andar terreno y su predicación cobra todo su sentido en esa hora del Sacrificio redentor en la que el príncipe de este mundo, el diablo, fue vencido (cfr. Jn 12,31). Momento en el que se realizó la Nueva Alianza entre Dios y los hombres: Dios perdonó a los hombres a cambio de la Sangre preciosa de Nuestro Señor. «Esta es mi sangre de la alianza, que será derramada por muchos para la remisión de los pecados» (Mt 26,27), había dicho Jesús en la Ultima Cena, anticipando lo que sucedería al día siguiente en el Calvario.

El sumo sacerdote Caifás profetizó, sin saber el alcance de sus palabras, que debía morir un hombre para que no muriera todo el pueblo (cfr. Jn 12,50). Sí, un Hombre que a la vez era Dios. Como hombre podía padecer y morir, y como Dios podía satisfacer perfectamente la deuda contraída por los hombres. Quizá alguna vez nos hemos preguntado si no habría habido otra manera de haber sido perdonados y no ésta tan cruenta.

Dios, que era el ofendido, podía haber perdonado a los hombres sin más, o pidiendo a cada hombre que hiciera un sacrificio, o que hubiera venido Jesucristo a esta tierra para reparar por nosotros, pero sin haber sufrido y muerto. Sí, todo esto podía haber bastado, pero el hecho es que Dios Padre decretó que fuera como sucedió. Es un misterio del querer divino. Sin embargo, podemos estar ciertos de que si fue así, era la manera mejor de salvarnos. Podemos darnos cuenta del gran bien que nos ha traído este modo cruel de morir Jesús: para que valoremos la gran malicia del pecado que exigió la muerte del Dios-Hombre; para que conozcamos los infinitos tesoros del amor de Dios por nosotros los hombres, su generosidad sin tasa. Y es un ejemplo de lo que debe ser nuestra vida: imitar la total generosidad de Cristo, hasta el dolor, hasta perder la vida. Precisamente en el camino de la Cruz está la Vida. La vida entera del Señor, y sobre todo su pasión y muerte, es el modelo acabado de lo que debe ser la vida del cristiano, otro Cristo.

En el capítulo 16 del Levítico se describen las ceremonias que debían observarse el día de la expiación por los pecados del pueblo de Israel. El sumo sacerdote tomaba dos machos cabríos, uno para ser inmolado por los pecados y otro para transportarlos. Con la sangre del que era inmolado se hacían aspersiones dentro del Templo. Después imponía las manos sobre la cabeza del otro. Así descargaba sobre el macho cabrío emisario los pecados e iniquidades del pueblo, y era echado al desierto para que allí, errante, muriese. La imagen del macho cabrío, del cordero y de la oveja sacrificados tenían un gran sentido entre los israelitas. Por eso, cuando San Juan Bautista, viendo a Jesús que pasaba, dijo a dos de sus discípulos: «He aquí el Cordero de Dios» (Jn 1,36), debieron sonar aquellas palabras con una gran fuerza y significado en sus oídos: Aquél, Jesús, era el Cordero que salvaría a los hombres de sus pecados, que cargaría con ellos y además de un modo cruento, con derramamiento de sangre, como sabían que había profetizado Isaías: «A El le ha cargado el Señor sobre las espaldas las iniquidades de todos nosotros (...); como oveja llevada al matadero, (...) como cordero mudo ante el que lo tranquiliza» (Is 53, 6-8).

Jesucristo bien sabía a qué había venido a la tierra: a redimirnos de los pecados. Y sabía cuándo iba a suceder. Por eso, cuando se acercaba ese momento no se alejó del peligro. Jesús flagelado, coronado de espinas, humillado, despreciado... y muriendo en la Cruz era el pobre de Yahvé, aquel que había puesto su confianza en Dios Padre; y, por cumplir la voluntad de su Padre Celestial, sufría todo aquello. Uno de los que le contemplaba en el Calvario, viéndole tan desamparado, exclamó: «Ha puesto su confianza en Dios, que venga Dios a librarlo» (Mt 27,43). Pero Dios Padre no Le bajó de la Cruz, porque precisamente así estaba redimiendo al género humano, estaba «borrando el acta de los decretos que nos era contraria, que era contra nosotros, quitándola de en medio y clavándola en la cruz» (Co 2,14); devolvía a los hombres al estado de justicia, posibilitándoles vivir la vida sobrenatural.






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3. Hacerse pobres de espíritu


Con la Redención obrada por Cristo podemos vivir como hijos de Dios y entrar en el Cielo. Pero hace falta que cada uno de los hombres queramos vivir esa vida nueva. Por parte de Dios la Alianza se ha cumplido, ahora toca a cada uno cumplir con la suya; hace falta nuestra cooperación, pues «Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti», como dice San Agustín (Sermón 169). Dios ha puesto una condición a cada hombre para que reciba la gracia que le hace Hijo de Dios: que se haga pobre de espíritu.

Es pobre de espíritu quien reconoce a Dios como Señor de su vida y acude a El estando dispuesto a cumplir su voluntad. Porque uno comprueba la propia miseria, su ineficacia humana y sobrenatural y necesita de Dios, de quien viene toda dádiva y todo don perfecto (cfr. St 1,17).

En la historia del Antiguo Testamento, junto a la promesa del Mesías Salvador que libraría a los hombres del pecado y de los males que el pecado conlleva, hay una continua enseñanza: que el pueblo escogido, y cada uno de sus componentes, reconozca a Dios corno Señor suyo, que se den cuenta que necesitan de El y que sin Dios no son nada. En la medida que ponen su confianza en Yahvé, Dios tiene misericordia y les ayuda, pero en la medida que se olvidan de su Dios, les acaecen toda clase de males espirituales y físicos. Los pobres de Yahvé eran entonces aquellos que, sufriendo algún mal físico o alguna injusticia por parte de otros, acudían a Dios; porque la vida sin Dios no tiene sentido; ni tiene sentido aguantar las injusticias, ni los dolores, ni la persecución, ni la calumnia. Pobres de Yahvé son Job, David, Isaías y tantos otros que ponían en Dios su confianza.

Jesucristo, pedía a la gente que Le escuchaba que se fiaran de El, que pusieran su confianza en Dios, y por tanto en El, puesto que hacía las obras de Dios. Jesús significa Salvador, y Cristo el Señor. Jesucristo vino a salvarnos a todos, pero pedía a cada uno que le reconociera como el Mesías, es más, como Dios. Pedía a cada uno que se ,hiciera pobre de espíritu para entrar en el reino que El iba a instaurar. Al exigirles esto no les pedía sólo que practicaran la virtud de la pobreza, el desprendimiento de las cosas de la tierra, aunque a algunos les pidiera concretamente eso, como al joven rico, para ser pobres de espíritu. A cada uno le pedía aquello en lo que tenía puesto su corazón, aquello que constituía su riqueza, para que pusiera su seguridad, su tesoro, toda su confianza en El. A Nicodemo, y en general a los fariseos, les pedirá que cambien la concepción racionalista en que estaban anclados; a otros les pide que dejen su vida de pecado (a María Magdalena, a Zaqueo); a otros los afanes de la tierra (a Marta, o aquel que quería enterrar a su padre), etc. A todos les pedía que le obedecieran y que Le siguieran. A los Apóstoles incluso, después de seguirle una temporada, les volvió a poner esa condición: cuando les prometió la Eucaristía. A muchos les parecieron duras esas palabras y Le dejaron, «por esto preguntó Jesús a los Doce: ¿También vosotros os queréis marchar? Simón Pedro le respondió: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6, 67-69).

Es más difícil entregar la voluntad que entregar el dinero. Ser pobre de espíritu es obedecer a Dios como Jesús obedeció a su Padre. Por la obediencia, Cristo redimió al género humano, y cada uno se aplica los méritos de la redención en la medida que hace la voluntad de Dios. Es entonces (cumpliendo los mandamientos, recibiendo los sacramentos que El instituyó, haciendo oración y penitencia, amando a los demás..., en definitiva, cuando se cumple Su voluntad), sólo entonces, cuando se vive la vida de Dios, la filiación divina como hermano de Jesucristo: «Todo aquel que hiciere la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano» (Mc 3,35).

Son pobres de espíritu:

Los que no conociendo al verdadero Dios, lo buscan de todo corazón; y los que, descubriendo que Cristo es la Verdad, abrazan la religión cristiana.

Los que reconocen la miseria de sus pecados y acuden contritos al sacramento del perdón instituido por el Señor.

Los que escuchando la palabra de Dios, se deciden a seguir su vocación.

Los que, ante la contrariedad, el dolor, la incomprensión, ponen su confianza en Dios.

Los que son perseguidos y calumniados por causa de la justicia, es decir, por tomarse la santidad en serio.

Los que no entendiendo algún punto de la doctrina cristiana o en su vida interior, abandonan su criterio y obedecen a quien tiene en la Iglesia autoridad recibida de Cristo.

No son pobres de espíritu:

Los que no buscan a Dios para no complicarse la vida, y quienes conociendo su doctrina, viven como si Dios no hubiese estado en la tierra y no nos hubiera redimido.

Los que teniendo riquezas, o no teniéndolas, reniegan de Dios, tienen envidia de los demás o desean tenerlas.

Los que no quieren reconocer sus pecados, o reconociéndolos, no quieren lavarse en el sacramento de la Penitencia.

Los que no quieren hacer oración para no ver lo que Dios les pide.

Los que, aun por razones nobles, entienden el cristianismo a su manera apartándose de la obediencia al Magisterio de la Iglesia o de sus superiores jerárquicos.

«Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron», se lee al comienzo del Evangelio de San Juan. «Pero a los que le recibieron les dio poder de ser hijos de Dios» (Jn 1, 11-12).






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4. La vida de la gracia


Jesucristo nos redimió del pecado y nos abrió las puertas del Cielo, pero hace falta que cada uno se aplique los méritos de la Cruz, es preciso renacer a la vida sobrenatural. «Te lo aseguro: quien no nace de nuevo..., quien no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios», dijo Jesús a Nicodemo (Jn 3, 3-5). Por la gracia que recibimos en el Bautismo renacemos a esa vida sobrenatural. ¿Y qué es la gracia que nos transforma de esa manera? La gracia santificante, también llamada gracia habitual, es una cualidad «infundida por Dios en el alma, por la que el hombre es adoptado por hijo de Dios y se renueva según el hombre interior y se hace partícipe de la divina naturaleza; de suerte que, así renovado por medio del Espíritu Santo, puede en adelante vivir bien y obedecer a los mandamientos de Dios» (San Pío V, Condena de los errores de Bayo, n. 42).

Es una vida nueva según el Espíritu Santo que nos transforma, haciéndonos partícipes de la naturaleza divina. Si por creación fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios, por la gracia volvemos a ser creados a su semejanza, poseemos una semejanza de su Naturaleza divina. Esta participación en la naturaleza y vida divinas no significa que tengamos la naturaleza de Dios, porque no somos dioses (tampoco en el Cielo seremos personas divinas de igual naturaleza que Dios), sino que la gracia nos comunica una participación que verdaderamente nos hace hijos de Dios.

Puede servirnos de comparación una bombilla que se encuentra en un lugar oscuro y está apagada. Si la conectamos a un generador de electricidad por medio de un cable, la bombilla se encenderá. La electricidad que pasa por el cable no se ve, y por eso es peligroso tocar un cable suelto, porque no sabemos si estará conectado a la tensión eléctrica. La electricidad no se ve, pero sí sus efectos: puede dar luz, calor y mover grandes máquinas. Pues algo parecido sucede al alma en gracia. El pecado original desconectó sobrenaturalmente a los hombres de Dios (aparte de que dejó herida a la naturaleza del hombre). La Redención fue como el cable que Dios nos echó para restablecer esa ruptura y poder tener vida espiritual. Sin embargo, cada uno ha de conectarse con Dios y recibir la gracia, esa realidad sobrenatural que Dios crea e infunde en el alma del justo. Dios es el Justo, el Santo, la Bondad, y ha querido que podamos ser santos, buenos y justos cada uno si poseemos ese don sobrenatural. La gracia es una realidad que no se ve, tampoco se ve la electricidad, y no por eso no existe; no se ve porque es de orden sobrenatural, pero se nota por sus efectos.

Siguiendo con el símil de la electricidad, la gracia causa en el alma dos efectos principales: ahuyenta la oscuridad del pecado y transforma el alma, como la electricidad pone al rojo el filamento de la bombilla. De una parte, la gracia nos purifica de los pecados, del pecado original (la gracia que recibimos en el Bautismo) y de los personales. Los protestantes piensan que el pecado original dañó de tal manera la naturaleza humana que la dejó corrompida, y aunque Dios nos redimió, el pecado subsiste en nosotros. La justificación del justo es, según ellos, no que el alma reciba la gracia, sino que Dios no nos mira los pecados porque dirige su mirada a los méritos de Jesucristo. Pero no es así. Es verdad que por el pecado original no sólo perdimos la gracia divina, sino que además nuestra naturaleza quedó herida (las pasiones se levantan contra el dictado de la razón, impiden el libre ejercicio de la voluntad y dificultan la práctica del bien); quedó nuestra naturaleza inclinada hacia el pecado y la Redención no curó esa tendencia al desorden; pero sí que nos ha quitado el pecado, nos ha devuelto la gracia. Dios nos ha sacado de las tinieblas y ha querido que participáramos de la luz. Dice san Pablo: «Habéis sido lavados; habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios» (1 Co 6,11). De esta manera, el Espíritu Santo habita en el alma del justo como en su templo y nos santifica desde dentro de nosotros.

Y éste es el segundo efecto que la gracia causa en nosotros: la transformación del alma. Los Santos Padres ponían el ejemplo del fuego natural que enciende el hierro hasta sus más íntimas profundidades y le comunica sus propiedades, su calor, su radiación, etc., sin modificar su naturaleza. Pues bien, la gracia de Dios nos transforma, nos da una vida nueva, un nuevo modo de ser sin cambiarnos la naturaleza humana, porque es una sobre-naturaleza. La gracia nos da un nuevo modo de ser y, por consiguiente, un modo nuevo de actuar. Para que podamos obrar sobrenaturalmente Dios nos da con la gracia unas virtudes y unos dones.

Las virtudes infusas, que así se denominan porque el hombre no las puede conseguir por sus propias fuerzas, sino que son infundidas por Dios, son las virtudes teologales y las virtudes morales. Las virtudes teologales se llaman a sí porque tienen como objeto a Dios mismo; La fe nos hace creer firmemente las verdades que El nos ha revelado, la esperanza posibilita aguardar con firme confianza la realización de sus promesas, y la caridad nos capacita para amar a Dios como debe ser amado, por él mismo y sobre todas las cosas. Las virtudes morales tienen por objeto la conducta hacia nosotros mismos y los demás. Cuatro de ellas se llaman virtudes cardinales porque son las más importantes y porque las demás dependen de ellas, y son: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.

Hemos de distinguir estas virtudes sobrenaturales de las virtudes o actos que pueden realizarse en el orden humano. Por ejemplo, se puede creer que san Mateo escribió un Evangelio, pero para creer que lo que nos dice san Mateo viene de Dios hace falta tener la virtud sobrenatural de la fe. Por eso también la caridad cristiana que lleva a amar al prójimo por amor a Dios es distinta de la fraternidad o compasión humanas. Además de las virtudes sobrenaturales, Dios nos da con la gracia los dones del Espíritu Santo, disposiciones sobrenaturales que hacen al alma dócil a las inspiraciones del Santificador, y son siete: la sabiduría, el entendimiento, el consejo, la fortaleza, la ciencia, la piedad y el temor de Dios.

Estando el alma en estado de gracia y actuando según Dios quiere que actúe, la vida sobrenatural crece, aumenta. Es la gran riqueza del hombre en esta tierra y después de morir. Porque con la muerte acaba la vida natural y desaparecen los dones naturales, pero no desaparece el mayor don que el hombre tiene, la gracia, pues es de orden sobrenatural. Se podría decir que la gran realidad de nuestra vida en la tierra es esa vida divina, pues es la que permanece para siempre. En el cielo recibiremos tanta gloria cuanta gracia tengamos, pues «la gracia y la gloria, dice Santo Tomás, son del mismo género, porque la gracia no es otra cosa que el comienzo de la gloria en nosotros, y la gracia que poseemos contiene en germen todo lo que es necesario para la gloria, como la semilla del árbol contiene todo lo necesario para llegar a ser árbol perfecto» (Santo Tomás, Suma Teológica, 1-2 q 112 a 1).






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5. Somos hijos de Dios


«Por una admirable condescendencia, el Hijo de Dios, el Único según la naturaleza, se ha hecho hijo del hombre, para que nosotros, que somos hijos del hombre, nos hagamos hijos de Dios por la gracia» (San Agustín, La ciudad de Dios). No es una manera de hablar, sino una revelación divina consoladora: «Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, queriendo que nos llamemos hijos de Dios y lo seamos» (1 Jn 3,1). No es un simple título, que Dios nos mire como a hijos, sino que lo somos en realidad. No somos hijos de Dios Padre al modo como lo es Dios Hijo, porque no somos dioses; pero tampoco somos hijos según la adopción legal humana, como si lo fuéramos, somos hijos adoptivos por la gracia. Cuando un hombre adopta a un niño como hijo suyo le da su nombre, sus títulos, su herencia, pero no le da su sangre. Dios no se limita a darnos un título y ciertos derechos a la herencia, sino que nos hace partícipes de su propia naturaleza y de su vida propia. La gracia santificante nos hace nacer «no de sangre humana, ni de la voluntad de la carne, ni de querer de hombre, sino de Dios» (Jn 1,18).

Con toda verdad podemos llamar a Dios Padre nuestro. Por eso, «el que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima, y carece en su actuación del dominio y del señorío propios de los que aman al Señor por encima de todas las cosas» (San Josemaría, Amigos de Dios). La filiación divina no es una faceta más de la doctrina cristiana, es la fuente de la vida interior, y que nos ha de llevar a actuar siempre como lo haría Jesucristo, como espera Dios Padre que actuemos.

San Pablo nos dice que «los que son movidos por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Que no habéis recibido el espíritu de siervos para recaer en el temor, antes habéis recibido el espíritu de adopción, por el que clamamos: ¡Abba! ¡Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, y si hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo, supuesto que padezcamos con El para ser con El glorificados» (Rm 8, 14-17). El mismo Dios nos está diciendo que la filiación divina es una realidad, y que como hijos Suyos heredaremos el Cielo. Pero para ello es necesario vivir como Jesucristo, el Hijo de Dios por naturaleza; es precisó estar unido a El como el sarmiento de la vid, y El es la vid (cfr. Jn 15,5); hay que injertarse en el árbol de la cruz para recibir la gracia.

El Señor nos redimió muriendo en la Cruz, pero los méritos del Calvario hemos de aplicárnoslos cada uno de los hombres. En muchos cuadros se ha pintado al Señor en la Cruz, manando de su costado abierto siete canales de agua. Significan los siete sacramentos. La gracia que nos santifica y nos hace hijos de Dios nos llega a través de los sacramentos (cfr. Concilio de Trento, ses. VII, cap. 6).

La configuración con Cristo no se reduce a conocer e imitar su vida, sino que a través de los sacramentos se va produciendo una configuración del alma con El. «Con El hemos sido sepultados por el bautismo para participar en su muerte, para que, como El resucitó (...), así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rm 6,4). Alimentándonos en la Eucaristía aumenta Su vida en nosotros: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros» (Jn 6,53). En el sacramento del perdón recobramos la vida de Cristo o la aumentamos, y también nos unimos más a El en los demás sacramentos.

«Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10), nos dijo el Señor. Para ello es preciso vivir en estado de gracia y acudir frecuentemente a esos dos sacramentos que se pueden recibir muchas veces: la Eucaristía y la Penitencia. Quienes pretenden seguir a Cristo pero rechazan los sacramentos pueden lograr un estilo de vida semejante al del Señor, pero no vivir su Vida. Los sacramentos son muy importantes para la vida cristiana. Junto a esto, también es muy importante hacer oración personal, tratar a Jesucristo para aprender a vivir como El vivió en nuestras circunstancias de cada día, cumpliendo la voluntad del Padre; comportándonos en la tierra como hijos de Dios siempre.

Ser cristiano es ser otro Cristo, y para eso ha de procurar identificarse con El: amar a Dios Padre y obedecerle como El le amaba y obedecía en la tierra, trabajar, descansar, querer a los demás y mirar a la creación entera como lo haría Cristo. Dios espera de cada uno de sus hijos que vivan la unidad de vida (cfr. Juan Pablo II, Exh. apost. Christifideles laici), que en todos los momentos y circunstancias de sus vidas se comporten como corresponde a su dignidad de hijos de Dios. Y esto es también lo que la sociedad necesita y espera: el mundo está aguardando ansiosamente ver «la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8, 19).






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6. Lo que supone el pecado


Allí donde hoy se levanta, en las minas de diamantes de Sudáfrica, la ciudad de Dutoitspan, había a mediados del siglo pasado sólo una granja particular. Su poseedor se llamaba Van Wick. El propietario se había construido penosamente, con guijarros, barro y arena, una casita realmente pobre. Van Wick volvía una tarde cansado del campo, después de una fuerte tormenta, cuando... ¿Qué era aquello? Van Wick no daba crédito a sus ojos. El agua había limpiado la suciedad de la casa y aquella pobre barraca brillaba y resplandecía al sol del atardecer como si mil soles se reflejasen en ella. ¿Qué podía ser aquello? Eran piedras preciosas de la primera gran mina de diamantes, que de este modo se descubrió.

El alma en gracia tiene el tesoro más valioso que puede poseer. Pero la gracia, al ser un don que se recibe, se puede perder, porque es un accidente. ¿Y qué es un accidente? Es algo que nos sucede pero que podría no suceder: que nos demos un golpe con el coche, que seamos bajitos, o que sepamos escribir a máquina. Es algo que les sucede a las cosas. La piel, por ejemplo, puede estar blanca o bronceada. Es algo accidental para la piel, porque ella sigue siendo igualmente piel estando coloreada que no estándolo. Pues al alma le sucede algo semejante, puede estar en gracia de Dios o no estarlo. Por eso se dice metafóricamente que el alma en gracia es blanca y, en cambio, la que está en pecado se dice que está manchada. El alma ni es blanca ni se mancha, porque es espiritual, pero hacemos referencia a algo que le sucede aunque no lo veamos.

Por la gracia que comenzamos a tener al recibir el Bautismo nos hacemos hijos de Dios; poseemos una relación real de filiación con Dios Padre. Pero esa relación se puede perder si cometemos un pecado mortal. Jesucristo nos lo explicó con la parábola del hijo pródigo (cfr. Lc 15, 11-24). Aquel chico vivía feliz en su casa, aunque tenía que cumplir unas normas que su padre quería que cumpliera. Un día el chico se quiso marchar en busca de lo que a él le parecía la libertad, la felicidad. El resultado fue muy distinto del que había pensado, pues pasó hambre, frío, tenía que dormir en el suelo..., y sobre todo había perdido su dignidad de hijo: había roto la relación con su padre y, a cambio, estaba cuidando cerdos. El pecado, según nos lo enseñó el Señor y la experiencia demuestra, es causa de muchos males humanos: desconfianzas, riñas, desórdenes, enfermedades, amargura interior, etc., en quien lo comete y en los demás. Pero sobre todo causa un mal que no podemos olvidar: la pérdida de la dignidad sobrenatural de hijos de Dios (cfr. Juan Pablo II, Enc. Dives in misericordia; Exh. apost. Reconciliación y Penitencia).

El pecado es siempre una injusticia sobrenatural, tiene una dimensión trascendente respecto a Dios; su dimensión más importante. Por eso es el verdadero mal, lo peor que le puede acaecer a una persona, porque, rota la relación de filiación con Dios, le hace acreedor del infierno. «Dios por su misericordia nos libre de tan gran mal, que no hay cosa mientras vivimos que merezca este nombre de mal, sino ésta, pues acarrea males eternos para sin fin» (Santa Teresa, Moradas primeras).

Hemos de valorar lo que supone el pecado para el alma, pues quien lo comete, en vez de brillar en Dios y por Dios como la luz del sol, entra en las tinieblas y «ninguna cosa le aprovecha, y de aquí viene que todas las buenas obras que hiciere estando así en pecado mortal son de ningún fruto para alcanzar gloria; porque no procediendo de aquel principio, que es Dios, de donde nuestra virtud es virtud, y apartándonos de El, no puede ser agradable a sus ojos; pues, en fin, el intento de quien hace un pecado mortal no es contentarle, sino hacer placer al demonio, que, como en las mismas tinieblas, así la pobre alma queda hecha una misma tiniebla» (Santa Teresa, Moradas primeras). Todo el bien que se hace en estado de pecado mortal no tiene valor sobrenatural, no cuenta a los ojos de Dios. Es como el jugador de fútbol que está en fuera de juego: ya puede correr y esforzarse, hacer goles con destreza... que todo eso no sirve, pues ha sido invalidada la jugada.

Dios quiere que vivamos su vida en esta tierra, que vivamos como en su casa (el mundo es la casa que Dios ha hecho para sus hijos), pero para eso es necesario cumplir los mandamientos. «No todo el que dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial» (Mt 7,21), nos dice Jesús. En el Cielo sólo entran los que mueren en estado de gracia. Por eso nos debe importar mucho vivir siempre en esta tierra de esa manera; valorar lo que vale nuestra alma en gracia y no cometer nunca un pecado mortal. Porque sólo se vive una vez y no sabemos cuándo moriremos. Sería una temeridad acostarse a dormir con el alma en esa situación. No podemos jugar con la misericordia de Dios como si con el pecado no pasase nada. Sí pasa, y a Dios no se le engaña. Si el castigo del pecado en la otra vida es el infierno, hemos de procurar no cometerlo nunca.

Sin embargo, lo que ha de movernos a no cometer el pecado no ha de ser tanto el miedo al castigo eterno, sino el temor a ofender a nuestro Padre Dios, que tanto nos ha amado enviándonos a su Hijo y que tanto nos ama. Porque ¿qué supone cometer un pecado mortal? Ya no es únicamente que la criatura reniegue de su Creador, sino el redimido que desprecia a su Redentor. Quizá una comparación nos pueda ayudar a entenderlo mejor.

Estaba el poeta triste porque amaba a una mujer y no sabía cómo hacer para que ella le correspondiera. El agua de la fuente le dijo que a ella le gustaban las rosas rojas. Si le llevaba un ramo de rosas rojas conquistaría su amor. Pero el poeta no encontraba esas rosas. El ruiseñor, viendo al poeta triste, voló por todo el país de un lado a otro buscando rosas rojas, pero sólo encontraba rosas blancas. ¿Qué hacer para que el poeta pudiera lograr su deseo? Por el agua de la fuente se enteró de que las rosas blancas se tornarían rojas si el rosal era regado con la sangre de un ruiseñor. El ruiseñor lo pensó y por fin se lanzó a un rosal. Apretó su pecho contra una espina. Su sangre bajaba por la rama hasta el suelo. Cuando no le quedaba más sangre, pudo ver cómo las rosas de aquel rosal cambiaban de color..., y murió. El poeta recogió las flores y las llevó a su amada. Pero ¿qué sucedió? La mujer se había enamorado de un comerciante que podía llenarla de tesoros y, ante su sorpresa, cogió el ramo y lo echó al barro y lo pisó...

Para que pudiéramos recuperar la libertad de hijos de Dios, Jesucristo pagó a Dios Padre el rescate con su Sangre. ¿Y qué hacemos con la libertad? El pecado supone despreciar, pisar ese rescate. Jesús, amante de los hombres, ilusionado... se ve incomprensiblemente despreciado, a cambio de una baratija, de la aparente felicidad del pecado. Éramos nosotros quienes teníamos que haber padecido la pasión y muerte en la cruz para pagar por nuestros delitos, y «fue él quien tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores, y nosotros le tuvimos por castigado, herido de Dios y humillado. Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados. El castigo de nuestra salvación pesó sobre él, y en sus llagas hemos sido curados» (Is 53, 4-5).

Eso supone el pecado, aun el pecado venial: despreciar a Quien tanto nos ha amado. Dios nos ve y espera de nosotros que no Le ofendamos, que tengamos una determinada determinación de no volver a pecar. Tener, como dice Santa Teresa, «tan grande determinación de no ofender al Señor, que perdierais mil vidas por no hacer un pecado venial y os dejaríais perseguir de todo el mundo (...); pecado, por chico que sea, que se entienda muy de advertencia que se hace, Dios nos libre de él. Yo no sé cómo tenemos tanto atrevimiento como es ir contra un tan gran Señor, aunque sea en muy poca cosa, cuanto más que no hay poco siendo contra una tan gran Majestad, viendo que nos está mirando» (Santa Teresa, Camino de perfección).






Libro: Hablemos de la Fe
5. Vida sobrenatural
Jesús Martínez García
Ed. Rialp. Madrid, 1992


7. Recuperar la gracia perdida


Tres son las llamadas parábolas de la misericordia: la de la oveja perdida que busca el pastor, la de la dracma perdida y la del hijo pródigo. En ellas nos muestra el Señor el interés que Dios tiene por el que ha perdido la vida sobrenatural, y la alegría que le produce el encontrarle de nuevo. «Os lo aseguro: del mismo modo habrá más alegría en el cielo por un pecador que se arrepienta que por noventa y nueve justos que no necesiten penitencia» (Lc 9,7).

El poeta, a su vez, veía así esa búsqueda y esa espera de Dios:
Pastor que con tus silbos amorosos
me despertaste del profundo sueño:
tú, que hiciste cayado de ese leño
en que tiendes los brazos poderosos,
vuelve los ojos a mi fe piadosos
pues te confieso por mi amor y dueño
y la palabra de seguirte empeño
tus dulces silbos y tus pies hermosos.
Oye, pastor, pues por amores mueres,
no te espante el rigor de mis pecados
pues tan amigo de rendidos eres.
Espera, pues, y escucha mis cuidados...
Pero ¿cómo te digo que me esperes
si estás para esperar los pies clavados? (LOPE DE VEGA)

Para eso vino Dios a la tierra y para eso murió en la Cruz, para recobrar la oveja perdida, el hijo perdido. A veces pensamos en el sacramento del perdón como en el remedio de nuestra intranquilidad, como la solución para recobrar la alegría, y no nos damos cuenta de la alegría que damos a Dios al pedirle perdón. Es impresionante saber de esa espera de Dios: todo un Dios que no olvida al hombre que se ha alejado de El, sino que pacientemente, amorosamente le espera. «Dios nos espera, como el padre de la parábola, extendidos los brazos, aunque no lo merezcamos. No importa nuestra deuda. Como en el caso del hijo pródigo, hace falta sólo que abramos el corazón, que tengamos añoranza del hogar de nuestro Padre» (San Josemaría, Es Cristo que pasa).

El nos ha enseñado a perdonar a los que nos ofenden setenta veces siete, las veces que haga falta; por eso no hemos de temer que no nos atienda: no desprecia un corazón contrito y humillado (cfr. Sal 50,19). Solamente el soberbio, el que cree que por sí mismo es algo y que no encuentra de qué pedir perdón a Dios, o quien piensa que Dios no le puede perdonar y se desespera (como el hijo de la perdición (cfr. Jn 17,12)), sólo esas personas no alcanzan el perdón de Dios. Y tampoco los perezosos, los que saben que Dios les espera (quizá viendo al sacerdote que espera en el confesonario) y no se deciden a ir al remedio de sus males. ¡Con lo fácil que es volver a la vida de la gracia!

Cuenta la Biblia que había un general del ejército de Siria llamado Naamán, hombre bueno, que padecía la enfermedad de la lepra. Le aconsejaron que fuera a ver a Eliseo, profeta de Israel, y a él acudió. Antes de llegar a casa de Eliseo recibió un recado de éste de que se lavara siete veces en el río Jordán porque así se curaría. Pero Naamán se indignó y se volvía a su casa diciendo: «Yo pensaba que él habría salido a recibirme y que, puesto en pie, invocaría el nombre de su Dios, y tocaría con su mano el lugar de la lepra y me curaría. Pues qué, ¿no son mejores el Abana y el Farfar, ríos de Damasco, que todas las aguas de Israel, para lavarme en ellos y limpiarme? Como volviese, pues, las espaldas y se retirase enojado, sus criados se acercaron a él y le dijeron: Padre, aun cuando el profeta te hubiese ordenado una cosa dificultosa, claro está que debieras hacerla; ¿pues cuánto más ahora que te ha dicho: Lávate, y quedarás limpio? Fue, pues, y se lavó siete veces en el Jordán, conforme a la orden del varón de Dios, y su carne se volvió como la de un niño pequeño, y quedó limpio» (2 R 5, 11-15).

«Dice el Señor: aunque vuestros pecados sean como la grana, serán blanqueados como la nieve, y aunque fueren encarnados como el carmesí, como lana blanca serán» (Is 1,18). Es muy fácil recobrar la gracia perdida por el pecado mortal, basta con pedir perdón a Dios, manifestando los pecados y el arrepentimiento al sacerdote de Jesucristo. Todos los hombres hemos de hacer muchas veces en nuestra vida de hijo pródigo, yendo a pedirle perdón a Dios por lo grave o lo pequeño. Para entrar en el Reino de los Cielos hay que hacerse pobre de espíritu, es decir, hay que hacerse como niños (cfr. Mt 18,3), reconociendo los errores y acudiendo al remedio instituido por Dios. Niños que procuran dar alegrías a su padre; y a Dios, que es nuestro Padre, le agrada mucho nuestra contrición.






Libro: Hablemos de la Fe
5. Vida sobrenatural
Jesús Martínez García
Ed. Rialp. Madrid, 1992


8. Difundir la vida sobrenatural


Dios quiere que todos los hombres vivan la Vida divina, pero para eso es necesario conocer la doctrina de Jesucristo. Por eso San Pablo cuenta que el Señor le dijo: «a los cuales yo te envío para que les abras los ojos, se conviertan de las tinieblas a la luz y del poder de Satanás a Dios, y reciban la remisión de los pecados y la herencia entre los santificados» (Hch 26, 17-19). Y esto nos lo dice a todos: difundir la doctrina para que los que no tienen noticia de ella la conozcan, y los que la conocen deficientemente, la sepan en su integridad.

Pero a veces no se trata ya de desconocer, sino de no querer vivir según esa doctrina. Algunos piensan que, como Dios es bueno y misericordioso, no hace falta ir a Misa ni confesar los pecados ni mejorar. Detrás de esa actitud se esconde la soberbia y la pereza; se viene a decir: «yo no me meto con Dios, que Dios no se meta en mi vida». Se resisten a ver su miseria, la falta de la gracia divina en ellos; se excusan para no tener que ir a los sacramentos y presuponen ya el perdón de Dios. Por eso, una gran tarea en el apostolado, junto al esfuerzo de dar doctrina, es ayudar a los demás a que sean pobres de espíritu, a que reconozcan a Dios como Señor de sus vidas, le escuchen, le obedezcan y acudan a los medios de salvación. Les hace falta caer de su pedestal de comodidad y autosuficiencia, y saber que son criaturas cuya vida pende de la mirada de Dios, vida que no vale nada sin poseer la vida sobrenatural.

Hace años había un chico joven a quien gustaba estar todo el día en la calle, en los bares. Estudiaba poco y apenas iba a las clases. Aunque estaba bautizado, no practicaba. Sus padres estaban preocupados no sólo por su vida física, sino también por su alma. Le encantaban los coches y participaba en algunas competiciones automovilísticas. La vida le sonreía hasta que un día de lluvia encontraron su coche volcado en la cuneta. Tras el cristal roto se veía su cabeza ladeada con sangre. Le llevaron a un hospital donde permaneció en coma. Sus padres pasaron muchas horas, muchos días junto a la cama pidiendo a la Virgen que lo curara. El chico seguía inmóvil y parecía irreversible. Pero un día abrió los ojos. Lo primero que vio fue a su madre llorando. Fue el comienzo de su cambio de vida: comprendió que la vida no tenía sentido sin Dios.

Algunos aprenden a tener temor de Dios a partir de un accidente, de un revés económico, de una injusticia... Pero otros no quieren aprender, y Dios cuenta con los que le rodean para que den un vuelco y sean humildes. «La vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación también al apostolado» (Concilio Vaticano II, Decr. Apostolicam actuositatem, n.2). Todos los cristianos tienen la obligación de procurar que las personas que conocen no malogren su vida terrena; enseñar a los demás que tienen esta vida precisamente para vivir la vida sobrenatural.

¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!
¡Ay! -pensé-. ¡Cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz, como Lázaro, espera
que le diga: «¡Levántate y anda!» (G. A. BÉCQUER)

Hacer apostolado es una obligación, ayudando especialmente a quienes no están en gracia para que salgan de ese estado, porque si no, nos hacemos responsables de su condenación. La Sagrada Escritura nos dice: «Tú oirás las palabras de mi boca y los amonestarás. Si yo digo al malvado: vas a morir, y tú no le amonestares, y no le hablares para retraer al malvado de sus perversos caminos para que viva, el malvado morirá en su pecado, pero yo te demandaré a ti su sangre. Mas si habiendo tú amonestado al malvado, él no se convierte de su maldad y de sus perversos caminos, él morirá en su iniquidad, pero tú habrás salvado tu alma» (Ez 3, 16-18).

Un gran capítulo del apostolado es el apostolado de la confesión, hablar de este sacramento y llevar a los demás a este sacramento de la misericordia divina para que se conviertan y vivan la vida sobrenatural. Sin esa preocupación fundamental porque vivan en gracia de Dios, las demás formas de ayudar a los demás quedan cojas, porque, ¿para qué preocuparnos por su salud física, su carácter, su diversión... si, al cabo, pierden su alma? Cuando la amistad es verdadera lleva a preocuparse de los otros especialmente en este punto, como San Pablo se preocupaba de sus amigos: «sufro dolores de parto hasta que se forme Cristo en vosotros» (Ga 4, 19).

De igual modo a como la tierra se ha ido poblando naciendo una persona tras otra, la difusión de la vida divina es una cuestión personal, de uno a uno. Ese es el modo para que todos los hombres vivan la Vida que Cristo vino a traer a la tierra.

Un domingo por la tarde estaba un padre de familia leyendo el periódico y su hijo pequeño no le dejaba en paz. En el periódico venía una hoja en la que había un mapamundi. La arrancó y la hizo pedazos.

-Mira, a ver si me compones el mundo.

El niño se fue con los pedazos de papel y el buen hombre pudo leer el periódico tranquilamente. Pero a los pocos minutos volvió el niño con el mundo compuesto.

-¿Cómo has ido tan deprisa?

-Es que detrás del mundo había un anuncio de una sastrería con la silueta de un hombre. He compuesto al hombre y, componiendo al hombre, se ha compuesto el mundo.