Hablemos de la Fe - Capítulo 7
Jesús Martínez García - Ed. Rialp. Madrid, 1992

LA LUCHA ASCÉTICA

 

Bienaventurado el varón que soporta la tentación
porque, probado, recibirá la corona de la vida
que el Señor prometió a los que le aman.
(St 1, 12)
Índice











Libro: Hablemos de la Fe
7. La lucha ascética
Jesús Martínez García
Ed. Rialp. Madrid, 1992


1. Luchar en las tentaciones


El hombre tiene que luchar en esta vida para lograr el Cielo. Pero no es una lucha contra nadie. La lucha contra los demás, y mucho menos la lucha de clases, no es cristiana. La lucha cristiana consiste en evitar todo aquello que lleva al pecado y en empeñarse por ser mejores y hacer mejores a los demás. El enemigo es el diablo. Y es que al diablo le revienta que, una vez que él está condenado para siempre, haya otros seres creados por Dios que logren gozar de El eternamente. Por eso va a intentar por todos los medios apartarnos de Dios.

Cuenta san Juan en el Apocalipsis que, después de levantarse contra Dios, Satanás fue condenado a sufrir eternamente en el infierno, pero se le dio poder de tentar a los hombres (cfr. Ap 12, 7-9). Después nos narra la batalla que perdió contra la mujer y «con esto, el dragón se irritó contra la mujer y se marchó a guerrear contra los demás de la casta de ella, que guardan los mandamientos de Dios, y mantienen la confesión de Jesucristo» (Ap 12,17). La Tradición católica ha visto siempre en esa mujer a la Virgen María. Su descendencia es Jesús, y también son hijos suyos todos los cristianos que viven en gracia, pues por la gracia somos hijos adoptivos de Dios y hermanos de Cristo. Hay una lucha a brazo partido entre los cristianos y el diablo, como dijo Dios a la serpiente: «Pongo enemistad entre ti y la mujer, y entre tu raza y la descendencia suya: ella quebrantará tu cabeza» (Gen 3,15).

Jesucristo nos dice la verdad y nos da la vida; Satanás, en cambio, «es homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad, porque la verdad no estaba en él» (Jn 8,44), es el padre de la mentira y quiere engañar a los hombres. Como es «homicida, es decir, destructor de la vida sobrenatural... Satanás quiere destruir la vida según la verdad, la vida en la plenitud del bien, la vida sobrenatural de gracia y de amor» (Juan Pablo II, Audiencia, 13-VIII-1986). Por eso, basta que una persona quiera tomarse el cristianismo en serio y procurar vivir en gracia para que el diablo salga a tentar, a destruir esa vida sobrenatural: «Estad en vela, porque vuestro enemigo el diablo anda dando vueltas como león rugiente alrededor vuestro, en busca de presa que devorar» (1 P 5,8).

Cuando Dios creó al hombre vio que era bueno. Todo en él estaba ordenado: las potencias inferiores -los apetitos- estaban sometidas perfectamente a la razón, y a la voluntad no le costaba hacer lo que la inteligencia le dictaba. Todo el hombre estaba, a su vez, sometido perfectamente al querer de Dios. El pecado original produjo, además de la pérdida de la gracia, un daño en la naturaleza humana. Los apetitos del cuerpo -la ira y la sensualidad- se desordenaron y a veces se disparan buscando sus objetos propios no según el dictado de la razón. También a la voluntad le cuesta realizar el bien que la razón le propone, está como perezosa muchas veces. Y la misma inteligencia quedó dañada, pues le cuesta reconocer la verdad y con facilidad no advierte que mezcla la verdad con el error. Nuestra naturaleza humana es como un automóvil que salió perfecto de fábrica pero tuvo un terrible accidente, y, a pesar del arreglo, ya no es totalmente el mismo porque una puerta no cierra del todo y entra aire, la dirección se va si se deja solo el volante, y hay algún ruidillo. Por eso, después del pecado original el hombre siente impulsos desordenados contra los que tiene que luchar y enderezarlos para obrar bien. No es verdad, como decía Rousseau, que el hombre siguiendo sus impulsos naturales alcance su perfección. Todos tenemos comprobado que para ser buenos, para trabajar, para no airarse por las impertinencias de los otros, etc., es preciso hacerse cierta violencia. Quien no sabe que en nosotros hay siete malas inclinaciones que nos llevan al mal no conoce lo que es la persona humana. Estas malas inclinaciones son: la soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia y la pereza.

No todo lo que nos apetece es bueno moralmente hablando, no todo nos hace mejores ni viene bien a nuestra naturaleza. La voluntad guiada por la recta razón -bien formada en la verdad- es la que debe actuar para que el comportamiento del hombre sea verdaderamente humano, y también sobrenatural. El diablo sabe que nosotros no queremos el mal, sino el bien, porque el bien es el objeto de nuestra voluntad. Por eso, nunca presenta el pecado como lo que es, como la muerte de la vida de la gracia, porque si no nunca lo cometeríamos. Como nos conoce muy bien porque es muy viejo y porque fue ángel, sabe que nos podemos equivocar al elegir el bien, y aunque nuestro bien último es la felicidad eterna en el Cielo, en la elección de los medios para ser felices podemos escoger mal. Y para ello disfraza el mal con apariencia de bien. Actúa de modo semejante a como actúa el pescador de truchas. El pescador, después de preparar la caña de pescar, pone el cebo más apropiado para ese día: cucharilla, gusano, mosca... Se trata de engañar como sea a las truchas poniéndoles lo más apetitoso para ellas, algo que brille o que les guste. Escondido en el cebo va un anzuelo de acero. Si la trucha muerde el anzuelo ya se puede dar por muerta, pues el pescador la saca del agua. Las truchas si ven el metal no lo muerden, por eso el cebo ha de ocultarlo bien, y hasta el mismo pescador se oculta a veces para que no le vean.

El diablo conoce muy bien a los hombres y trata de engañar con las tentaciones. Por ejemplo, echa el anzuelo con la apariencia del placer, del poder, de salirse con la suya, de poseer cosas, etc. En sí mismas esas cosas pueden no ser malas: el placer en sí mismo no es malo, ni el poseer cosas; pero en ciertas circunstancias pueden ser un desorden y entonces ser malas, como cuando se poseen cosas robándolas. En el fondo de nuestro corazón podemos darnos cuenta del mal que encierra ese bien apetecible y podemos resistir a la tentación, abstenernos de realizarlo, pero puede ser que mordamos el anzuelo, y si es en materia grave, cometer un pecado mortal.

Por eso, la vida en esta tierra es lucha: lucha por hacer el bien y evitar el mal. Dios cuenta con las tentaciones para que voluntariamente alcancemos el Cielo. «Nuestra vida, mientras dura esta peregrinación, no puede verse libre de tentaciones; pues nuestro progreso se realiza por medio de la tentación y nadie puede conocerse a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha luchado, ni puede luchar si carece de enemigo y de tentaciones» (San Agustín, Comentario sobre el salmo 60).






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2. Para no ser mundanos


Además de las malas inclinaciones que cada hombre siente dentro de sí, el cristiano se encuentra muchas veces en un ambiente pagano, donde los principios morales no se viven, y este no conformarse con el siglo (cfr. Rm 12,2) supone hacerse violencia a uno mismo. Hemos de hacer lo que Dios espera de nosotros, y esto, en ocasiones, tiene que chocar con el ambiente mundanizado de la sociedad. Este choque de la vida honrada, limpia y vivida según la Fe tiene que producirse necesariamente en la vida del cristiano que vive en medio del mundo; de otra manera, sería señal de que se ha conformado con él.

«Si el mundo os aborrece -decía Jesús a sus seguidores-, sabed que me aborrecieron a mí antes que a vosotros. Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, por esto el mundo os aborrece» (Jn 15, 18-19).

El sacramento de la Confirmación es muy necesario al cristiano, y más en estos tiempos. Como dice Santo Tomás, «la perfección del vigor espiritual consiste propiamente en que el hombre se atreva a confesar la fe de Cristo ante cualquiera, y no se retraiga por la vergüenza o el miedo. La fortaleza rechaza el temor desordenado. Así pues, el sacramento que confiere la fortaleza espiritual al regenerado lo constituye de algún modo en luchador por la fe de Cristo» (Santo Tomás, Contra Gentiles, IV, 60). Este sacramento es muy importante porque «en él se da el Espíritu Santo para fortalecer, como les fue dado a los Apóstoles el día de Pentecostés, para que el cristiano confiese valerosamente el nombre de Cristo» (Concilio de Florencia, Bula Exultate Deo). Antes de recibir el Espíritu Santo, los Apóstoles tenían miedo; después no tenían miedo a nadie ni a nada, eran firmes, seguros, audaces.

El Señor espera de sus fieles que sean testigos suyos con las palabras y con las obras, por eso el cristiano siempre será una persona incómoda para quienes viven al margen de la ley de Dios. Porque ante ciertos programas de televisión o de radio, ante determinadas modas, diversiones o conversaciones, el discípulo de Cristo no puede quedarse inactivo. Ha de reaccionar normalmente con delicadeza, pero con decisión, sin pactar con modos de pensar o de vivir que de ningún modo sirven para llevar a las personas a su destino eterno; porque uno no puede esconder su condición de cristiano cuando están en juego las cosas de Dios y de las almas. En cierta ocasión, Alejandro Magno vio cómo en medio de una batalla que libraba con su ejército, uno de sus soldados retrocedía por el miedo. Al acabar la pelea le mandó llamar y le gritó: «¿Cómo te llamas, cobarde?» El soldado contestó atemorizado: «Alejandro». A lo que contestó el general: «Pues, o cambias de actitud o cambias de nombre, porque no permitiré que nadie que lleve ese nombre se arredre ante las dificultades».

No ha de manifestarse que uno cree el Credo y que vive los Mandamientos sólo en las situaciones límite, comprometidas, sino que la madurez espiritual que da este sacramento lleva al cristiano a procurar influir positivamente siempre en la sociedad, entre sus amigos, en su familia, en el mundo donde se desenvuelve. Quienes le conozcan sabrán que es cristiano por la manera de trabajar, de descansar, de vestir, de plantear todas las cuestiones de su vida. Viviendo coherentemente según la fe, para unos será acicate que les llevará a ser mejores, aunque para otros será ocasión de enojo porque su vida y sus palabras serán una bofetada moral para sus ideologías equivocadas y modos de vida poco rectos.

Se conserva en un museo de Roma una pintada que fue descubierta en el Pedagogium del palacio de Nerón. Representa en trazos simples un asno crucificado y a su lado la figura de un hombre orando. Debajo, una inscripción. El hecho es que en aquella escuela de pajes imperiales había un alumno que era cristiano, llamado Alexameno. Algún compañero suyo debía estar molesto por su vida honesta y sus palabras, por lo que intentó dejarle en ridículo delante de los demás. Cuando llegó a clase, Alexameno encontró en una pared ese dibujo con la inscripción: «Alexameno adora a su Dios». Pero el joven cristiano, con valentía, respondió escribiendo debajo: «¡Alexameno fiel!»






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3. La tibieza: falta de lucha


El diablo sabe que el día que muramos en gracia de Dios ya no podrá hacer nada para llevarnos consigo, pero que mientras tanto sí puede, y no va a parar hasta lograr sus propósito. Aprovecha para ello esas siete avanzadillas que tiene en nosotros -las malas inclinaciones- desde donde atacar. Como se trata de una lucha sin cuartel, tanto para él como para nosotros, quiere que dialoguemos, que hagamos con esas inclinaciones lo que podríamos llamar «el pacto de la tibieza».

Las malas inclinaciones nos susurran algo parecido a estas palabras:

Queremos hablar contigo. Queremos hacer un pacto porque, como vamos a convivir contigo toda la vida, mejor será que vivamos en concordia. No, no queremos que cometas un pecado mortal; no, ¡eso nunca!, te damos nuestra palabra. Queremos hacer un pacto porque queremos tu bien. Como no te nos vas a poder sacudir, si te enfrentas con nosotras te estaremos dando la lata hasta el fin de tu vida. Te compensa que lleguemos a un acuerdo. Tú te comprometes a unas cosas y nosotras a otras.

Por un lado, tú te comprometes a no ser exagerado en tus obligaciones: ni en tu trabajo, ni en la mortificación, ni en el orden, ni en el recogimiento de tus sentidos, etc. Si además, ¿no es eso, en el fondo, lo que tú deseas? El exagerar nos viene mal tanto a ti como a nosotras. En segundo lugar, se trata de que seas auténtico, y esto sobre todo en tu relación con Dios. ¿No es oración decir a Dios lo que nos sale del corazón? Pues nada más lejano que el cuadricularse, teniendo que hacer la oración a hora fija y todos los días. ¿No es lo auténtico el hacerla cuando y como nos brota del fondo? Ya ves que queremos tu bien. Y en tercer lugar, te pedimos que no seas extremista con los demás. ¿Por qué ir diciendo o haciendo cosas chocantes cuando todo el mundo hace o dice lo contrario? No se puede ser fanático, ir con dogmatismos en materia de dogma y de moral cuando lo que hay que hacer es dialogar, comprender los puntos de vista y las circunstancias de los tiempos. Tú habla de Dios a los demás si los demás te lo piden, pero si no, nada de estridencias ni coacciones. ¿No ves que eso de enfrentarse con los demás no es cristiano? Tú vive tu cristianismo y deja a los demás que cada cual piense como quiera.

A cambio de estos detalles, nosotras las malas inclinaciones nos comprometemos a no crearte problemas de conciencia, a dejarte en paz. Ya verás cómo eres mucho más feliz.

Hasta aquí el mundo feliz que nos proponen. Pero si uno cede ante estas insinuaciones está perdido, ha firmado el acto de defunción como cristiano. Quizá los primeros días uno se sienta más libre, más auténtico y sin trabas, como el que en su habitación deja las cosas tiradas de cualquier manera y dice: ¿para qué vivir el orden si supone esfuerzo y es perder el tiempo? Sin embargo no hace falta que pase mucho tiempo para que uno empiece a notar el amargo síntoma de la tibieza, como nos dice la Sagrada Escritura: «Pasé junto al campo del perezoso y junto a la viña del insensato. Y todo eran cardos y ortigas que habían cubierto su haz y su tapia estaba destruida. A su vista me puse a reflexionar: aquello fue para mí una lección. Un poco dormir, un poco adormilarse, un poco cruzar las manos descansando. Y sobreviene como vagabundo tu miseria» (Pr 24, 30-34).

Empiezan a crecer en el alma todas las malas hierbas. De la tibieza «nace la malicia, el rencor, la pusilanimidad, la falta de esperanza, la indolencia en lo tocante a los mandamientos, la divagación de la mente por lo ilícito» (San Gregorio Magno, Moralia). El tibio es un hombre engañado y descontento. Ha procurado no excederse, vegetar sin esfuerzo, y está como tumbado en la cama de un hospital con tubos de suero y a una determinada temperatura. Y eso no es vida. Por ceder ante las invitaciones de las malas inclinaciones que le prometían el paraíso en la tierra -vivir mejor, según sus apetencias, sin normas...-, se vive en desasosiego, en falta de paz, en equilibrios, en tristeza, en falta de amor. Es una de las paradojas de la vida sobrenatural: que para ser feliz y hacer felices a los demás hay que esforzarse por hacer lo que Dios nos dice, todo lo que nos dice. «Sin lucha, no se logra la victoria; sin victoria, no se alcanza la paz. Sin paz, la alegría humana será sólo una alegría aparente» (San Josemaría, Es Cristo que pasa).






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4. Luchar por amor


Es importante ser sinceros, llamar a las cosas por su nombre y reaccionar ante las insinuaciones del maligno, arrancando los primeros brotes de la tibieza, porque si no, cuesta cada vez más extirparlos al crearse en el alma una situación de indolencia, de pereza, que imposibilita la conversión.

Dice la leyenda que, cuando Arturo fue hecho rey, Merlín le dijo un día: mañana encontrarás un enano que te desafiará a combatir. Entonces mátalo. Así sucedió, venció al enano, pero éste pidió merced y Arturo le dejó en libertad. Al día siguiente Merlín le advirtió: Si no matas al enano, él te destruirá a ti. Al día siguiente volvió a encontrarse con el enano, que había crecido dos pulgadas. Le volvió a vencer y volvió a perdonarle la vida. Diez veces se repitió el encuentro y en este tiempo el enano había ido creciendo hasta convertirse en una persona normal. Pero el undécimo día el enemigo, ya un gigante temible, se abalanzó sobre él desde un árbol, mató al caballo y a punto estuvo de acabar con Arturo si éste no le hubiera partido el cráneo con un golpe certero de su espada. Pasó por allí Merlín, que encontró al rey lleno de sangre y arrepentido por no haberle hecho caso antes. En la vida espiritual no hay enemigo pequeño y uno no se puede abandonar porque «se apodera poco a poco el enemigo del todo, por no resistirle al principio. Y cuanto uno fuere más perezoso en resistir, tanto cada día se hace más flaco, y el enemigo contra él más fuerte» (Imitación de Cristo).

Ya dijo el santo Job que «la vida del hombre sobre la tierra es lucha» (Jb 7,1). Para hacer la voluntad de Dios se precisa un continuo esfuerzo. Esfuerzo no sólo para evitar el pecado mortal, ni para evitar los pecados veniales, sino también para ir correspondiendo a las continuas llamadas que Dios nos hace. La persona tibia que pacta con sus caprichos, no hace la voluntad de Dios y, aunque en principio, no quiere ofenderle, acaba haciendo cosas que disgustan a Dios. Por eso advierte san Agustín: «Si dijeses: «ya basta», has perecido. Añade siempre, camina siempre, adelante siempre; no te pares en el camino, no vuelvas atrás, no te desvíes» (Sermón 169).

El cristiano no puede plantear su vida cara a sí mismo, cara a sus gustos, dejándose llevar por sus inclinaciones, sino que ha de vivir cara a los demás y, sobre todo, cara a Dios. Hemos de saber que Dios presencia toda nuestra vida, nuestras luchas, nuestras victorias y nuestras derrotas, y que es una presencia amorosa, no una enojosa vigilancia. Dios es un Padre que se ha volcado con cada hombre: le ha creado, le ha redimido, por cada uno se ha quedado en la Eucaristía, y está dispuesto a perdonar cuantas veces haga falta en el sacramento del perdón; un Padre que nos da continuas gracias para que, si correspondemos libremente a esas exigencias, nos ganemos el Cielo. La vida del hombre en la tierra tiene como fin primordial el esforzarse por corresponder al amor de Dios, -amor con amor se paga-, luchando cada día contra las malas inclinaciones como buen soldado de Cristo (cfr. 2 Tm 2,3).

Para entender el cristianismo hace falta entender de amor. Y la tibieza es todo lo contrario del amor. Es egoísmo, es hacer lo mínimo, no excederse. Y cuando el amor falta, como lo que Dios nos sugiere que hagamos cuesta, uno se engaña con falacias: con la naturalidad, con la espontaneidad, con no ser cuadriculados, con no ser agresivos, con el estar al día... Bien sabe el enemigo que quien dialogue con él es un alma paralizada para el amor de Dios, y tiene en ella un punto de apoyo por donde ir minándola poco a poco.

Primero va a intentar que no se viva la mortificación en los detalles -en la puntualidad, en el orden, en acabar las cosas, etc.-, porque cada mortificación es la respuesta afirmativa a una sugerencia de Dios. A la vez susurra que lo importante es hacer oración como a uno le parezca, sin dirección ninguna, sin libros con qué enriquecerla o que puedan exigir más. Así la oración se empobrece y uno habla más consigo mismo que con Dios. Al no hacer la oración a hora fija es seguro que al tercer día no se hará porque hay otras cosas más importantes que hacer o se ha olvidado, y esta intermitencia cada vez es mayor, acabando por no hacerla sino raramente. Y por último retrae de hacer apostolado para no herir a nadie. El apostolado que es una obligación de todo cristiano. Claro que es más cómodo no hacerlo, que es complicarse la vida, pero es un mandato de Cristo.

Sin pretenderlo, uno acaba haciéndose cómplice de los pecados de los demás al no decirles lo que debería decirles, y ante la presión del ambiente no cristiano en tantos puntos, sucumbirá viviendo muchas veces una doble vida: unas veces como cristiano y otras como pagano, porque «camarón que no nada, se lo lleva la corriente», que dice el adagio. Las truchas están continuamente en el río nadando; la que no está en plena forma no tiene remedio, se la lleva la corriente.

El itinerario de la tibieza es un proceso que cada vez va más abajo. Es penoso observar este proceso en la vida de Judas. Este Apóstol fue muy querido por Jesús. No sólo le había elegido desde la eternidad para ser una de las columnas de la Iglesia, sino que, entre los Apóstoles, ocupaba un lugar de confianza, pues guardaba el dinero. Jesús le quiso siempre mucho, pero él se fue distanciando de ese amor. Se apegaba a bienes materiales, se quedaba con dinero a escondidas, le pareció excesivo el derroche de cariño de aquella mujer que rompió el frasco de perfume... En definitiva, mantenía la apariencia de Apóstol, pero su corazón estaba lejos de Dios. ¿Cómo iba a ser su oración? ¿Qué tenía en su corazón cuando el Señor en la Ultima Cena les abrió el suyo hablándoles del Padre, del Espíritu Santo, del cariño fraterno...? No, no estaba en las cosas que amaba Jesús; estaba en otras, en las suyas. El no quería -¡claro que no!- ofender al Maestro, pero acabó haciendo algo que no pensaba en un principio: traicionarle, entregarle a la muerte. Eso sí, con la apariencia de la doble vida: le entregó dándole un beso de amigo.

Pobre Judas, que vivía en continuas amarguras, en desazón al querer compatibilizar cosas que eran incompatibles como el fuego y el agua: el Amor de Dios y el amor propio. El proceso de la tibieza es el proceso de ir poniendo el corazón en uno mismo a la vez que se va alejando del Amor de Dios; una situación de pecado venial consentido por el que se va secando en el alma el Amor divino.

Pero Dios no obliga, sugiere: «Si quieres...» Espera. Le duele ese lamentable estado en el que se encuentra el alma. Pero espera que reaccione él.

Si no se reacciona, duro, muy duro es lo que Dios dice de esas almas cuando mueren -y antes-: «En verdad os digo que no os conozco» (Mt 25, 12).

Conviene hacer examen, ser sinceros cada uno con su alma y con Dios, para reaccionar y volver a amar de nuevo. Bueno será examinar estos síntomas por si alguno de ellos ha comenzado a anidar en nuestra alma: «Eres tibio si haces perezosamente y de mala gana las cosas que se refieren al Señor, si buscas con cálculo o «cuquería» el modo de disminuir tus deberes; si no piensas más que en ti y en tu comodidad; si tus conversaciones son ociosas y vanas; si no aborreces el pecado venial; si obras por motivos humanos» (San Josemaría, Camino).






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5. Examen de la noche


La vida cristiana es una vida de amor, y por amor debe el cristiano hacer todo. Por amor a Dios y a los demás. No debería quedarnos ni un segundo para pensar en nosotros mismos. Al finalizar cada día conviene que hagamos unos minutos de examen de conciencia para ver precisamente esto: ¿Qué quería Dios hoy de mí?

Un muchacho entró en un comercio y preguntó al tendero si podía utilizar el teléfono. El tendero le contestó afirmativamente, y oyó las siguientes palabras del chico: «¿Hablo con míster Jones?... Mire, señor, soy un muchacho que desea saber si tiene una vacante para mí, me gustaría trabajar para usted... ¡Ah, ya tiene uno! bueno, míster Jones, ¿le complace la labor de ese muchacho?... ¿Sí? ¿Está satisfecho? Bueno, entonces adiós». Colgó el aparato y, dirigiéndose al tendero, le dijo: «Muchas gracias, señor. Soy el botones de míster Jones, y estaba informándome de cómo pensaba de mí».

Lo que importa no es la opinión que tenemos nosotros sobre nosotros mismos, sino la de Dios. El mejor modo de reaccionar contra la tibieza es hacer examen, es decir, enfrentarnos en la presencia de Dios con lo que él esperaba de nosotros y ver lo que hemos hecho. Obligaciones profesionales, relaciones familiares, trato con los demás, normas de piedad, presencia de Dios, espíritu de mortificación, preocupación apostólica, son temas que hemos de examinar. Y no sólo si hemos hecho cosas, porque seguramente el día lo tendremos lleno de actividades, sino si eran las que teníamos que hacer en cada momento y cómo las hemos realizado.

Lo importante en un reloj de carillón es que dé las horas puntualmente; que dé doce campanadas cuando son las doce horas, y no que suenen sólo tres, o que suene a las doce y diez minutos. Si uno ve que se atrasa, conviene que lo ajuste, al menos al acabar el día: abrirlo, soplar si hay motas de polvo, adelantar las agujas si estaba atrasado, darle cuerda, poner el despertador para el día siguiente, etc. Pues en nuestro día, aparte de tener espíritu de examen siempre para ir rectificando la intención y terminar las cosas que iban a quedar a medio acabar, hemos de pararnos siquiera unos minutos por la noche -precisamente cuando ponemos el reloj en hora-, para ver, por ejemplo, si hemos dejado de hacer algo que teníamos que haber hecho.

«Había un señor que tenía la costumbre de mirar debajo de la cama antes de acostarse. Una noche, al ir a acostarse, obró como era en él habitual, y en esa ocasión se encontró con que, efectivamente, había un ladrón oculto. A éste, por la sorpresa, lo único que se le ocurrió fue decir: "¿No le da vergüenza, a su edad, mirar debajo de la cama?" Cada uno sale de los atolladeros como puede, pero qué duda cabe que es razonable que todos los días echemos una miradita a nuestra conciencia, antes de acostarnos, a ver qué nos encontramos» (F. Luna Luca de Tena, Cómo vivir la presencia de Dios).

Ver, además, la puntualidad. Si nos hemos levantado por la mañana a la hora prevista, si cada norma de piedad o el trabajo los hemos hecho también puntualmente, etc. Porque no es lo mismo rezar el Ángelus a las doce que a las doce y diez minutos, o llegar a la Santa Misa quince minutos tarde. Pero no sólo la puntualidad, sino también cómo hemos hecho las cosas. A la salida de un examen en la Universidad, uno comentó: «Ya está hecho, lo importante era quitárselo de encima». Y otro le apostilló: «No, lo importante es haberlo hecho bien». Efectivamente, al mes siguiente el primero de los chicos estaba estudiando otra vez los mismos temas porque había suspendido. En el examen de la noche hemos de ver si hemos hecho bien lo que hemos hecho durante el día: el trabajo, la oración, el trato con los demás, la presencia de Dios, etc.

No podemos olvidar que, detrás de todo lo que hacemos ha de estar la caridad, porque sin ella todo lo que hacemos tiene un interés muy pequeño. No se trata de que seamos puntuales porque tengamos que ser unos maniacos de la puntualidad, o de hacer unas normas de piedad para estar contentos con nosotros mismos, ni de tener detalles con los demás para simplemente crear un ambiente tranquilo. Se trata de amar, de procurar que todo nuestro día, que cada hora -como un reloj con música- sea una continua alabanza a Dios.

Por eso, si uno descubre algún olvido o falta de amor en ese día, quiere reparar de algún modo, suplir su falta de amor con un acto de dolor de amor. Surge enseguida el propósito para el día siguiente, un propósito de mejora en algo concreto. Es muy importante el dolor de amor en esos minutos finales del día para que no nos acostumbremos a ver las cosas mal y reaccionar. Dios quiere que tengamos esa actitud de recomenzar cada nueva jornada, esa actitud de humildad. Así avanzaremos siempre, porque Dios está dispuesto a ayudar a los que son humildes.






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6. La dirección espiritual


Todos los deportistas necesitan un entrenador para ir adelantando en el deporte. Porque al deportista que quiere batir una marca no le basta con tener condiciones físicas, ilusión y buena voluntad; precisa que alguien desde fuera le señale las metas que ha de ir cumpliendo, el régimen alimenticio a seguir, alguien que le corrija los defectos, que le anime en los momentos de ánimo bajo, etc. Si no, el deportista se equivoca inevitablemente, entrenando unos días excesivamente, o se deja llevar por la pereza, o no sigue el régimen.

Pues la lucha ascética para ganar en vida interior y alcanzar el Cielo hemos de tomárnosla como un deporte, si no no llegaremos a realizar ese proyecto que Dios tiene para cada uno tal como El lo quiere. Y no porque no tengamos buenas condiciones o nos falte buena voluntad, sino porque no sabemos. En la vida espiritual -que no se ve-, han de enseñarnos el camino, las dificultades que encontraremos, los medios para avanzar, etc.

Y en primer lugar hay que tener en cuenta, como nos dice san Pablo, «que no es nuestra lucha contra la sangre y la carne», es decir, contra personas, «sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires» (Ef 6,12), contra el diablo. Y el diablo nos conoce muy bien porque es espíritu y porque es muy viejo; ha conocido muchas personas. Nosotros, en cambio, es la primera vez que vivimos y la verdad es que nos conocemos muy poco. Necesitamos alguien que, desde fuera de nosotros y con la preparación necesaria, nos ayude: nos diga la verdad, las dificultades, nuestras propias posibilidades, nuestros puntos flacos, etc. Si sólo contáramos con nuestro criterio acabaríamos abandonando la lucha ascética porque, como en nuestra vida, junto a las victorias y adelantos habrá errores y caídas, el diablo cuenta con un arma muy peligrosa: el desánimo.

Hemos de dejarnos ayudar porque la vida espiritual es, sobre todo, una labor del Espíritu Santo, aunque exige nuestra colaboración. Y el Espíritu Santo además de hablarnos en la oración y a lo largo del día, cuenta con la colaboración de intermediarios para decirnos algunas cosas.

¿Qué le sucedió a san Pablo? Lo cuenta él mismo. Que cuando el Señor se le apareció camino de Damasco, «yo dije: ¿Qué he de hacer, Señor? El Señor me dijo: Levántate y entra en Damasco, y allí se te dirá lo que has de hacer» (Hch 22,10). Y fue Ananías quien le orientó sobre lo que Dios quería de él. Para comenzar a tener vida interior y para ir aumentándola cada vez más es imprescindible este medio tradicional de la ascética cristiana. «El alma sola sin maestro, que tiene virtud, es como el carbón encendido que está solo; antes se irá enfriando que encendiendo» (San Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor).

Pero es que hasta humanamente lo necesitamos. ¡Cuántas veces necesitamos alguien que nos escuche, que nos comprenda; alguien de confianza a quien hacer partícipe de una alegría o -¿por qué no?- de una gran pena! Hay momentos en los que necesitamos, como los embalses de agua, de un rebosadero, porque si no reventamos.

Pero, ¡cuidado! Hemos de acudir a la persona que nos puede ayudar. Hay que hablar de las cosas del alma con la persona que se debe. Si no, después de la confidencia quedaría un poso amargo en el alma por haber hablado de lo que no debía con quien no debía.

La dirección espiritual se ha de mover en un clima sobrenatural. Porque el director espiritual no es simplemente un amigo a quien se cuentan los problemas -y mucho menos un psicólogo-; es un amigo que puede ayudarnos porque está cerca de Dios y nos puede decir lo que Dios espera de nosotros. Aparte de que reza y se esfuerza por descubrir la voluntad de Dios para las personas que le abren el alma.

Abrir el alma no es tarea fácil porque a nadie le gusta que se descubran los últimos repliegues de su corazón. A veces hay que hacerse violencia, como hay que hacérsela para que el médico haga una operación. Pero es necesario.

Quizá a veces queremos ser sinceros, pero no sabemos en el fondo lo que nos sucede, no sabemos cuál es la raíz de nuestras inquietudes o caídas. «En la piscina de una casa de campo hay un muerto... Y empiezan a aparecer manchas en la superficie del agua. Manchas inquietantes; y, aunque todos conocen el verdadero origen del asunto, nadie quiere tomar conciencia del problema. Llaman a un químico para que elimine las manchas de la superficie. Y el experto busca los detergentes apropiados, y al poco tiempo las manchas desaparecen, por el momento.

Por el momento, porque al cabo de pocos días las manchas vuelven a aparecer. Nueva llamada al químico, nuevos detergentes, y las manchas preocupantes vuelven a desaparecer. La operación se repite varias veces, hasta que el químico, un poco brutalmente, les dice un buen día a los dueños de la casa: Señores, sólo hay un remedio realmente eficaz. Hay que armarse de valor: es preciso sumergirse y sacar el muerto fuera» (F. Fernández Carvajal, La dirección espiritual).

Es posible que tuviéramos deseos de ser sinceros, que expongamos los síntomas, los efectos..., pero no acertáramos a conocer la raíz de nuestros males, y que hiciera falta que alguien nos ayudara. Por eso, ¡qué gran medio es éste para conocernos mejor!

Pero también puede suceder que sí sepamos lo que nos pasa, pero no queramos reconocerlo porque si no tendríamos que rectificar. Que llamemos a la pereza, a la gula, a la envidia..., con otros nombres: autenticidad, naturalidad, sinceridad... Cuando uno se pone de esta manera un pañuelo en los ojos para no ver, es cuando más necesita del director espiritual. Y a la vez es cuando más duele encontrarse con él, porque va a llamar a las cosas por sus nombres.

Quien se encierra en sí mismo y no se deja ayudar en esa situación se parece a una habitación llena de humos y humedades que se cierra a cal y canto. Allí se dan las condiciones propicias para que salgan todos los bichos. Es un clima molesto, irrespirable, donde se pueden coger todo tipo de enfermedades. Si eso sucediera en un alma, lo que hay que hacer enseguida es abrir las ventanas de par en par para que entre el aire puro, hablar para dejarse ayudar y, si fuese el caso, confesarse.

El diablo tiene mucho interés en que se produzcan esas situaciones, porque es el caldo de cultivo para todos los pecados. Quiere que vayamos en solitario por los caminos de la vida interior, que cerremos el alma a quien puede orientarnos porque, como errores podemos tener todos, acabaremos complicándonos, acabando mal. «Más valen dos que uno -dice el Eclesiástico-, porque mejor logran el fruto de su trabajo. Si uno cae el otro le levanta: pero ¡ay del que está solo, que, cuando cae, no tiene quien le levante!» (Si 4, 9-10).

Cuántos bienes nos llegan en la dirección espiritual: nos ayudan a conocernos más, nos dan buenos consejos que nos vienen bien a nosotros, nos ayudan a ser sinceros, hacemos un acto de humildad, descubrimos las tretas del enemigo y, si fuese el caso, nos confesamos. Al diablo no le hace ninguna gracia que vayamos a la dirección espiritual.

Y algo muy importante para avanzar en la vida espiritual: obedecer en lo que nos dicen. No sólo admitir como buenos los consejos que nos dan, sino tratar de ponerles ruedas para que se hagan realidad. De esta manera, ¡cómo mejoraremos nuestra oración y nuestro espíritu de mortificación; cómo ayudaremos más eficazmente a los demás, cómo tendremos más presencia de Dios durante el día...! Y no nos dejaremos abatir nunca por el desánimo en nuestras peleas contra las insidias del enemigo.

Es preciso que nos tomemos la lucha interior deportivamente, con gran confianza en Dios; poniendo los medios que El nos brinda con la certeza de que así siempre iremos bien.






Libro: Hablemos de la Fe
7. La lucha ascética
Jesús Martínez García
Ed. Rialp. Madrid, 1992


7. La ayuda de los ángeles


Dios creó muchísimos ángeles, espíritus puros dotados de inteligencia y voluntad, a los que puso una prueba. Muchos de ellos pecaron. Dios pudo haberlos encerrado en el infierno para siempre, pero prefirió darles cierta libertad de acción para que, tentando a los hombres, se manifieste la fidelidad de éstos y el poder y los méritos de Jesucristo.

«Toda la historia humana está invadida por una tremenda lucha contra el poder de las tinieblas, que, iniciada desde el principio del mundo, durará hasta el último día, como dice el Señor» (Concilio Vaticano II, Guadium et spes, 37). Satanás no descansa y como también ha sido ángel poderosísimo, estaríamos perdidos los hombres si estuviéramos solos ante él. Por eso Dios, además de darnos los medios de salvación, ha querido que cada uno tengamos un Ángel Custodio para que nos ayude. «Yo mandaré un ángel delante de ti -dice el Señor a Moisés- para que te defienda en el camino y te haga llegar al lugar que te he dispuesto» (Ex 23,20).

«Porque así como los padres, cuando los hijos precisan viajar por caminos malos y peligrosos, hacen que les acompañen personas que les cuiden y defiendan de los peligros, de igual manera nuestro celestial Padre, en este viaje que emprendemos para la celeste Patria, a cada uno de nosotros nos da ángeles para que, fortificados con su poder y auxilio, nos libremos de los lazos furtivamente preparados por nuestros enemigos, y rechacemos las terribles acometidas que nos hacen; y para que con tales guías sigamos por el camino recto, sin que ningún error interpuesto por el astuto enemigo sea capaz de separarle del camino que conduce al Cielo» (Catecismo del Concilio de Trento, IV, cap. IX).

Jesucristo mismo dijo a sus discípulos: «Mirad que no despreciéis a alguno de estos pequeñuelos, porque os digo que sus ángeles en los cielos están siempre viendo el rostro de mi Padre celestial» (Mt 18,10).

La Iglesia les venera y pide su protección especialmente el día dos de octubre, fiesta de los Santos Ángeles Custodios. El Fundador del Opus Dei -institución que nació el dos de octubre de 1928- les tenía una particular devoción. En Camino nos dice: «Acude a tu Custodio, a la hora de la prueba, y te amparará contra el demonio y te traerá santas inspiraciones».

Y no sólo ante las tentaciones, sino ante cualquier necesidad podemos solicitar su ayuda, pues para eso nos le ha dado Dios. Hace años, unos hombres robaron a un obrero de Fains (Francia) un niño, llamado Eugenio Loup. Fue utilizado para ir mendigando por las calles de una lejana ciudad hasta que, años más tarde, pudo huir. Interrogado por la policía, el chico no sabía dar razón de sus padres. No recordaba más que una plegaría al ángel custodio que le había enseñado su madre y que él en secreto repetía diariamente. Se publicó la noticia en la prensa. La madre del niño la leyó y envió el texto de la plegaria, que coincidió con la oración del niño. Así fue como volvió de nuevo con sus padres.

Y junto a los Ángeles Custodios, la devoción al príncipe de la milicia celestial, san Miguel; aquel que dirigió la victoria de los ángeles sobre los demonios en aquella batalla inicial. Hemos de pedir su ayuda para las batallas de cada día: «Arcángel san Miguel, defiéndenos en la lucha, sé nuestro amparo contra la maldad y las asechanzas del demonio. Pedimos suplicantes que Dios lo mantenga bajo su imperio; y tú, Príncipe de la milicia celestial, arroja con el poder divino a Satanás y a los otros espíritus malvados, que andan por el mundo tratando de perder las almas. Amén».