Hablemos de la Fe - Capítulo 9
Jesús Martínez García - Ed. Rialp. Madrid, 1992

HACER ORACIÓN

 

Hallándose él orando en cierto lugar, así que acabó,
le dijo uno de sus discípulos: Señor, enséñanos a orar (...).
El les dijo: cuando oréis, decid: Padre.
(Lc 11, 1-2)
Índice











Libro: Hablemos de la Fe
9. Hacer oración
Jesús Martínez García
Ed. Rialp. Madrid, 1992


1. Qué es la oración


Por la radio hacían una entrevista a una niña. Después de contestar a varias preguntas, le dijo el locutor: «¿Quieres decir alguna otra cosa?» «Sí, contestó ella, quiero enviar un saludo a mi papá y a mi mamá, que me estarán escuchando.» La niña sólo veía delante suyo un micrófono, una grabadora y a aquel señor del traje claro, pero sabía indudablemente que sus padres estaban al otro lado del micrófono. Y así era en efecto. Cuando llegó a su casa sus padres se lo dijeron: «Te hemos oído por la radio».

Hacer oración es hablar con Dios y con la Virgen -mi Padre y mi Madre-, que nos están escuchando, aunque no les vemos. Y esto con una certeza absoluta. Nos dan pena aquellas personas de buena voluntad que hablan a una estatua de barro o al sol, porque van como a tientas, sin saber con quién hablan y sin saber si les escuchan. Es muy duro hablar a algo que no oye ni habla. Porque las personas humanas hablamos con otras personas, con seres inteligentes que nos pueden comprender y que nos pueden contestar. Los católicos damos muchas gracias a Dios porque él nos ha revelado que en Dios hay tres Personas que conocen -me conocen- y que aman -que me aman-. Y la Virgen Santísima es también una persona que conoce a cada uno y le quiere. Esto es muy importante, porque entre personas se puede establecer una relación de conocimiento y de amor mutuo, aunque físicamente no estén presentes esas personas queridas.

Sabemos que cuando hablamos con las Personas divinas y con la Madre de Dios y Madre nuestra, nos están escuchando. Por parte de Dios, por decirlo de alguna manera, siempre está abierto el canal, sólo falta que nosotros conectemos con él. Y eso es la oración: la elevación piadosa de nuestra mente a Dios. ¡Qué grandeza la del hombre que se da cuenta de esto y lo pone en práctica! Porque en el mundo se considera importante a alguien cuando se relaciona con gente importante. ¿Y no es importante aquel que se relaciona con Dios? Es más, solamente las personas humanas podemos hablar con él, y nuestra grandeza radica en esto, como señala Santo Tomás: «la oración es el acto propio de la criatura racional» (Suma Teológica, 2-2 q 83 a 10). Con la oración salimos de los límites del tiempo y del espacio y damos a nuestra existencia un sentido trascendente, divino.

Hablando humanamente, y para que nos demos cuenta, podríamos decir que Dios ha hecho un esfuerzo enorme de acercamiento a los hombres: ha hablado con nosotros y, especialmente, a través del Verbo divino, que se hizo Hombre. Para hacernos cargo, es como si Dios hubiera recorrido una distancia enorme hasta llegar cerca de cada uno, pero como que no ha querido dar el último paso, sino que ése lo tenemos que dar nosotros, poniendo de nuestra parte ese esfuerzo tan pequeño de querer mirarle y hablar con El.

«Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; sino que os llamo amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15). Esto nos dice Jesucristo: ¡que podemos ser amigos de Dios! Hemos de darnos cuenta de que nuestro trato con Dios no ha de ser una relación fría, especulativa, sino que podemos dar el paso del amor. Porque Dios nos conoce y nos ama, y no quiere sólo que le conozcamos, sino que le amemos. Por eso dice santa Teresa: «No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama» (Santa Teresa, Vida).

La oración es un diálogo enriquecedor, porque si la amistad verdadera enriquece a los que se aman, ¿qué será la amistad con Quien sabe todo, lo puede todo, es todo? En la oración Dios nos da luz a nuestra inteligencia para que veamos las cosas como las ve él. Además, Dios nos habla para que vayamos haciendo lo que él quiere. Y, entonces, si se van poniendo en práctica sus sugerencias, nuestra vida humana, nuestra pobre vida corriente cobra valor sobrenatural. Vivimos entonces como amigos de Dios.






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9. Hacer oración
Jesús Martínez García
Ed. Rialp. Madrid, 1992


2. Necesitamos ratos de oración


Si la oración es el trato amoroso con Dios, conviene que cultivemos ese amor. Porque si el amor no se cultiva, acaba disipándose. Sucede en los afectos de nuestra alma algo parecido a lo que sucede con el campo que se cultiva: que se recogen buenos frutos. Si el campo que un día estuvo cultivado se deja abandonado a la espontaneidad, junto a las plantas buenas surgirán infinidad de malas hierbas que acaban por echar a perder todo el huerto. Hemos de cuidar el alma; y más cuanto más estemos metidos en el mundo, porque corremos el sutil peligro de que los afanes de cada día ahoguen los afanes que Cristo quiere depositar en nosotros; es decir, que acabemos por vivir sin hacer referencia alguna a nada trascendente.

Jesucristo nos trajo luz y fuego. Junto a la luz de su doctrina, quiso que se encendiera en nosotros el fuego del amor: «Fuego he venido a poner a la tierra, ¿y qué he de querer sino que arda?» (Lc 12,49). Ese fuego del amor a Dios y a los demás por Dios es lo que ha de mover el corazón del cristiano. Pero precisamente ese fuego, nos dice la Escritura, se enciende ahí: «Y en mi meditación se enciende el fuego» (Sal 38,4).

De modo parecido a como sin una caldera a gran temperatura los radiadores no pueden dar calor a toda la casa, también sin unos ratos dedicados a la oración, la presencia de Dios durante el día acaba por diluirse en un vago sentimiento.

Algunos dicen que no necesitan hacer un rato de oración, ni rezar el Rosario, ni las oraciones de la noche, porque -dicen- ya están en presencia de Dios todo el día. Pero si se les pregunta cuántos actos de amor, cuántos actos de desagravio o cuántas acciones de gracias han hecho durante esa mañana o en ese mes, se quedan perplejos, porque resulta que su presencia de Dios no ha cristalizado en hechos concretos, en jaculatorias, en elevar piadosamente su mente a Dios, sino que se trata de un saber especulativo de que Dios existe; ante Quien, en el peor de los casos, se queja uno de los males que le acaecen.

Al decirnos el Señor que el primer mandamiento de la Ley es amar a Dios con toda nuestra mente y todas nuestras fuerzas no nos indica sólo que no pongamos nuestro corazón en un ídolo, en otro dios que no sea ´rl, sino que quiere que en todos los momentos de nuestra vida, de una y otra manera, le amemos a él por encima de todo.

Y para tener ese orden en los afectos hace falta que paremos de vez en cuando para rectificar la intención y hacer todo, en definitiva, para la gloria de Dios. Si no, corremos el riesgo de tener presencia de la compra que hemos de hacer, o de un examen a la vista o del deporte, en vez de tener presencia de Dios. Es cierto que, como estamos en la tierra, no podemos vivir en la luna y hemos de estar a lo que tenemos que estar. Pero en el fondo, y si está en el fondo tiene muchas veces que aflorar a la superficie, nuestro corazón tiene que estar puesto en Dios.

Donde está nuestro tesoro allí está nuestro corazón (cfr. Mt 6,21). Bueno será que nos preguntemos dónde lo tenemos puesto en los distintos momentos del día, que examinemos por qué hacemos las cosas, para que descubramos cuál es nuestro tesoro, nuestro dios.

Como lo natural es que, si no se pone esfuerzo, la presencia de Dios se vaya diluyendo y nos quedemos prendidos por la presencia de personas y cosas, es muy importante que hagamos unos ratos de oración a lo largo del día, unos momentos en los que aticemos el fuego del amor de Dios: el ofrecimiento de obras por la mañana, el Ángelus a mediodía, el Rosario, la Misa, las oraciones de la noche, etc.

Se ha ido generalizando la idea de que para vivir la vida cristiana basta con asistir a Misa los días de fiesta y rezar algo por las noches, y poco más. Qué duda cabe que la vida cristiana no consiste en la simple colección de unas prácticas de piedad, pero también es verdad que si no se viven unas cuantas a lo largo del día, la vida espiritual languidece. ¿Qué diríamos de una persona que comiera nada más que un bocadillo los domingos y tres aceitunas todas las noches? Pues que iría bajo mínimos. Comemos todos los días y varias veces. Si no, uno lo echa en falta, siente la necesidad de alimentarse. Pues en la vida espiritual hemos de plantearnos las cosas de modo semejante, seriamente. Cuando se ama a Dios se siente la necesidad de relacionarse con El. Quizá el no sentir esta necesidad sea signo de nuestro pequeño amor, de que reducimos la relación con Dios a los momentos de descanso, después de hacer las cosas que ocupan nuestro interés. La vida cristiana o informa la vida entera o no es vida.

En la vida espiritual hay que ir creciendo y el alma hay que alimentarla convenientemente. No podemos seguir rezando a los veinte años, por ejemplo, lo mismo que rezábamos cuando teníamos seis. Sería, siguiendo con el símil, como tomar papillas y yogures. Conviene concretar con el director espiritual unas normas de piedad que, distribuidas a lo largo del día, nos hagan estar centrados en Dios.

Y una norma de piedad que no debería faltar es hacer un rato de meditación. Nuestro Señor Jesucristo hacía ratos largos de oración a solas con su Padre (cfr. Mt 14,23; Mc 1,35). Siempre estaba en la presencia de su Padre, pero dedicaba unos ratos específicos a la oración, a la intimidad con él.

También nosotros necesitamos dedicar unos ratos a la meditación. Nos jugamos mucho en ellos. Nos jugamos que las demás normas de piedad no se vayan quedando huecas, nos jugamos que el trabajo y el descanso sean ocasión de encuentro con el Señor, nos jugamos el hacer con profundidad el apostolado, porque «¡Solamente en la oración, y con la oración, aprendemos a servir a los demás!» (San Josemaría , Forja).

«Bien podemos decir que la oración lo hace todo: ella es la que nos da a conocer nuestros deberes, la que nos pone de manifiesto el estado miserable de nuestra alma después del pecado, la que nos procura las disposiciones necesarias para recibir los sacramentos; la que nos hace comprender cuán poca cosa sean la vida y los bienes de este mundo, lo cual nos lleva a no aficionarnos demasiado a lo terreno; ella, por fin, es la que imprime vivamente en el espíritu el saludable temor de la muerte, del juicio, del infierno y de la pérdida del cielo» (Santo Cura de Ars, Sermón sobre la oración).

En la oración hacemos examen, rectificamos lo que hacemos mal, hacemos propósitos, concretamos la lucha interior. Nos jugamos mucho en ella, porque nuestro día va a ser un reflejo de lo que sea nuestra oración.

Un compositor famoso, Liszt, decía que si dejaba sus estudios de piano durante un día, lo notaba él. Si los dejaba dos, lo notaba su madre. Si los dejaba tres, lo notaba ya el público. Si dejamos unos días la oración, lo notamos nosotros mismos. Sentiremos que no estamos tan fuertes por dentro, que nos falta algo. Si la dejamos más días lo notarán los de nuestra casa. Quizá por nuestro mal humor, por la dejadez en nuestras cosas, por la susceptibilidad fácil, por el egoísmo. Si la dejamos mucho tiempo lo notarán ya todos, y, lo que es peor, el ambiente de la calle comenzará a poder sobre nosotros.

Se cuenta que uno de los problemas más graves que tuvo cierto ferrocarril para el transporte de viajeros fue el viento. Se trataba de un viento seco, prácticamente constante y cargado de polvo y partículas de arena. Al principio, por más remedios que se intentaron poner (se revisaron a fondo las junturas, se puso doble cristal, etc.), los viajeros llegaban a sus puntos de destino cubiertos de polvo. Y después de muchos estudios, al cabo del tiempo, sólo se encontró un remedio: aumentar la presión del aire interior. El problema quedó totalmente resuelto (cfr. F. Fernández Carvajal, La tibieza).

Todos los males que aquejan a nuestra vida interior (los de fuera por el ambiente y los de dentro por nuestras malas inclinaciones) tienen un remedio: aumentar en vida interior, tener presión. Y para ello es fundamental hacer oración. ¿Que no tenemos tiempo? Uno dedica tiempo a las cosas que para él tienen interés: para hacer deporte, para ver tal programa de televisión, para lo que sea. Querer es poder. Es importante que veamos la necesidad de hacer oración, los bienes que nos llegan por ella y lo que nos perdemos si no la hacemos. Fruto de la oración es la presencia de Dios, el vivir durante el día como enamorados. De esta manera cumpliremos ese deseo de Dios para cada uno: «Es preciso orar en todo tiempo y no desfallecer» (Lc 18,1).






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3. Cómo hacer oración


«Meditación. -Tiempo fijo y a hora fija. -Si no, se adaptará a la comodidad nuestra: esto es falta de mortificación. Y la oración sin la mortificación es poco eficaz» (San Josemaría, Surco). Cualquier actividad, incluso el organizar el descanso, supone un esfuerzo y un tiempo determinado. No podemos esperar a hacer un rato de oración para cuando tengamos ganas o tengamos tiempo, porque corremos el riesgo de no hacerla nunca. Si queremos hacer oración, y hacerla bien, es preciso empeñarnos. Y lo primero que hay que hacer es fijar una cita con Dios.

Una vez hecho esto, «antes que entremos en la meditación es necesario aparejar el corazón para este santo ejercicio, que es como quien templa la vihuela para tañer» (San Pedro de Alcántara, Tratado de la oración y la meditación). Para hacer sonar acordes melodiosos de una guitarra no basta con que estén las seis cuerdas, sino que es necesario además que estén tensas, afinadas convenientemente. Pues para hablar con Dios dándole gracias, para pedirle y alabarle es preciso tener una cierta tensión en el alma. Para ello hemos de recoger los sentidos, que, de suyo, tienden a estar desparramados.

Y enseguida hemos de tener en cuenta este consejo: «Despacio. -Mira qué dices, quién lo dice y a quién. -Porque ese hablar deprisa, sin lugar para la consideración, es ruido, golpeteo de latas. Y te diré con Santa Teresa, que no lo llamo oración, aunque mucho menees los labios» (San Josemaría, Camino).

Para hacer oración hay que buscar el silencio externo siempre que se pueda. Todos los sitios son buenos para elevar nuestro corazón a Dios, pero siempre que podamos hemos de buscar el lugar más apropiado: la iglesia, un oratorio, o si no en casa, «cerrada la puerta» como nos dice el Señor (cfr. Mt 6,6), para no distraernos.

Otro detalle práctico para recogernos es llevar siempre un libro o unos apuntes que nos centren. Santa Teresa nos dice que, «si no era acabando de comulgar, jamás osaba comenzar a tener oración sin libro; que tanto temía mi alma estar sin él en oración, como si con mucha gente fuera a pelear» (Vida). Además, será muy provechoso para ir profundizando en la vida interior, para enriquecer nuestra oración con aquellas palabras que han dicho a Dios los santos.

Fijar la cita, recoger los sentidos, llevar un libro..., lo importante es que estemos activos buscando a Dios y no vayamos a ver qué pasa, porque entonces no pasa nada. El descuidar los detalles de piedad en esta norma de piedad se nota, como uno nota que no es lo mismo acudir a una cita con una persona llegando tarde o con mala cara. No podemos olvidar que la oración es hablar con Alguien. Si descuidamos los detalles acabaremos por pensar que estamos solos.

Dios sale a nuestro encuentro y nos habla. «He aquí que estoy a tu puerta y llamo» (Ap 3,20) nos dice. Existe un cuadro de Holman Hunt que representa a Jesucristo con una linterna en la mano, llamando a una puerta rodeada de hiedra. Holman Hunt fue criticado por no haber puesto un picaporte en la parte exterior de la puerta. Su respuesta fue: «Claro que no. El picaporte está dentro. Sólo nosotros podemos abrir la puerta» (cfr. F. Sheen, La vida merece vivirse).

Quizá una de las cosas más difíciles de la oración sea ésta, el abrir la puerta del corazón al Señor para que pueda hablarnos. Porque la oración bien hecha compromete siempre. Encontrarse con el Señor es un riesgo, porque Dios habla pidiendo: que rectifiquemos algún planteamiento, que queramos a tal persona, que hagamos más mortificación. «Acercarse un poco más a Dios quiere decir estar dispuesto a una nueva conversión, a escuchar atentamente sus inspiraciones -los santos deseos que hace brotar en nuestras almas-, y a ponerlos por obra» (San Josemaría, Forja).

¿No es verdad que muchas veces acudimos a Dios a pedirle, a decirle que se interese por nuestras cosas y no vamos a darle, a interesarnos por las suyas? ¡Si el amor está en dar, en darse...!

«¿Cómo hacer oración? Me atrevo a asegurar, sin temor a equivocarme, que hay muchas, infinitas maneras de orar, podría decir. Pero yo quisiera para todos nosotros -decía el Fundador del Opus Dei- la auténtica oración de los hijos de Dios, no la palabrería de los hipócritas, que han de escuchar de Jesús: no todo el que repite: ¡Señor!, ¡Señor!, entrará en el reino de los cielos (Mt 8,21). Los que se mueven por la hipocresía, pueden quizá lograr el ruido de la oración -escribía san Agustín-, pero no su voz, porque allí falta la vida, y está ausente el afán de cumplir la Voluntad del Padre» (San Josemaría, Amigos de Dios). Es importante en la oración manifestar a Dios nuestras necesidades y pedirle toda clase de bienes. Pero la oración no puede quedarse en eso. «Que nuestro clamar ¡Señor! vaya unido al deseo eficaz de convertir en realidad esas emociones interiores, que el Espíritu Santo despierta en nuestra alma» (ibídem).

Otro gran enemigo de la oración ante el que hemos de luchar constantemente son las distracciones. Si en una iglesia donde se encontrara mucha gente rezando pudiéramos meternos en el interior de ellos a través de unas ondas que emitiera un oracionómetro, ¿qué nos encontraríamos? Al conectar el aparato saldría una gran algarabía como la que se escucha en un mercado. Pero si fuésemos dirigiéndolo persona a persona, ¿en qué están pensando? Quizá descubriríamos a uno contando los ladrillos de la bóveda, a otro recordando una jugada con un balón... No es fácil guardar silencio interior y hablar con Dios amorosamente. Supone un esfuerzo. Pero es preciso hacer este esfuerzo porque Dios quiere escuchar nuestra voz. La voz de nuestra alma, aunque no digamos nada con los labios, o aunque seamos muchos los que repitamos al unísono una oración en voz alta. Lo que podamos decirle nosotros es irrepetible. Dios es dueño de todo, lo tiene todo, pero, de alguna manera hay algo que no tiene y que sólo le podemos dar nosotros: nuestro cariño, nuestro amor. Y él lo espera. ¿No puede suceder a veces que el Señor salga a nuestro encuentro en la oración y se aburra con nosotros, se lleve una desilusión?

Hemos de evitar los sucedáneos de la oración: el ponernos a leer mucho sin hacer referencia a El, o el distraernos con la imaginación, hablando con nosotros mismos en vez de hablar con El. «Cuando hagas oración haz circular las ideas inoportunas, como si fueras un guardia del tráfico: para eso tienes la voluntad enérgica que te corresponde por tu vida de niño. -Detén, a veces, aquel pensamiento para encomendar a los protagonistas del recuerdo inoportuno. ¡Hala!, adelante... Así, hasta que dé la hora. -Cuando tu oración por este estilo te parezca inútil, alégrate y cree que has sabido agradar a Jesús» (San Josemaría, Camino).

Importa mucho que no nos desanimemos porque «sabe el traidor que alma que tenga con perseverancia oración la tiene perdida, y que todas las caídas que la hace dar la ayudan, por la bondad de Dios, a dar después mayor salto en lo que es su servicio: algo le va en ello» (Santa Teresa, Vida).






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4. El misterio de la Santísima Trinidad


Si la oración es hablar con Dios, hemos de saber Quién es y cómo es Dios. Viendo las perfecciones que se dan en las criaturas -la belleza, la bondad, la unidad, etc.-, la mente humana con sus solas fuerzas, sin la ayuda de la revelación, puede descubrir algo de cómo es Dios. Si las criaturas poseen esas perfecciones, su Hacedor tiene que poseerlas sin mezcla de mal y de modo eminente: Dios ha de ser infinito, todopoderoso, bello, bueno, único, etc.

Sin embargo, nos damos cuenta de que este conocimiento de Dios es muy imperfecto. Es como conocer a una persona de oídas o por las obras que ha hecho, pero que no ha sido presentada ni se ha hablado con ella. Este tipo de conocimiento sobre Dios es el que tienen los que no saben de la Revelación que Dios nos ha hecho de Sí mismo y les falta la luz de la fe; es decir, el conocimiento que tienen los no cristianos y los cristianos que no tienen fe. Tienen una idea vaga de Dios, semejante a la de la niña que cuenta un autor espiritual llamado Ronald A. Knox.

Refiere Knox que una niña norteamericana viajaba con sus padres en un tren con literas. En su compartimiento había otras personas. Los padres salieron un rato al pasillo y, una vez apagadas las luces, la niña, que no estaba acostumbrada a la oscuridad total preguntó asustada: «Papá..., mamá..., ¿estáis ahí?...» Nadie le respondía, y como ella insistiera, un viajero malhumorado le gritó: «Sí, papá está ahí, mamá está ahí y yo estoy aquí, tratando de dormirme. Así pues, cállate de una vez». La asustada niña guardó silencio un instante y luego murmuró: «Mamá... ¿era Dios?...» (Ronald A. Knox, Retiro para gente joven). Una Voz malhumorada procedente de la oscuridad y prohibiéndonos algo: ésa es la noción que algunos tienen de Dios.

Sería lamentable que después de veinte siglos desde que Dios nos ha contado cómo es El, tuviéramos nosotros esa idea confusa. «Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres -se dice en el Nuevo Testamento- por ministerio de los profetas; últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo» (Hb 1, 1-2). El Hijo, que es Dios mismo, nos ha contado cómo es Dios en su intimidad: que son tres Personas en una única Naturaleza divina.

Esta verdad nos fue revelada ya desde el mismo momento en que el Verbo divino entró en la historia de los hombres, en la Encarnación, cuando san Gabriel dijo a María: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo (el Padre) te cubrirá con su sombra, y por esto el hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,35). También se manifestó la Trinidad en los comienzos de la vida pública del Señor: en el Bautismo de Jesús en el Jordán, el Padre habla, el Hijo es bautizado y el Espíritu Santo desciende en forma de paloma (cfr. Mt 3, 13-17), y en otros momentos, como en la Transfiguración.

Jesucristo reveló explícitamente este misterio en la Ultima Cena: que el Padre es Dios, que El es igual que el Padre (cfr. Jn 15,16) y que el Espíritu del Padre (cfr. Jn 15,26) es el Espíritu de la Verdad (cfr. Jn 16,13), es decir, del Hijo, porque él es la Verdad. Sus últimas palabras antes de la Ascensión fueron: «Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19).

Desde entonces los Apóstoles predicaron por todo el mundo el reino de los Cielos, que es el reino de la Trinidad. Dios, uno en Naturaleza y trino en Personas, es el principio y el fin de la fe. Y así lo han enseñado los Santos Padres:

«Y ésta es la fe católica: que veneremos a un solo Dios en la Trinidad Santísima y a la Trinidad en la unidad. Sin confundir las personas, ni separar la substancia. Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo. Pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una sola divinidad, les corresponde igual gloria y majestad eterna.

Cual es el Padre, tal es el Hijo, tal el Espíritu Santo. Increado el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo. Inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso el Espíritu Santo. Eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo. Y sin embargo no son tres eternos, sino un solo eterno. De la misma manera, no tres increados, ni tres inmensos, sino un increado y un inmenso. Igualmente omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente el Espíritu Santo. Y sin embargo no tres omnipotentes, sino un omnipotente.

Del mismo modo, el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios. Y sin embargo no son tres Dioses, sino un solo Dios. Así, el Padre es Señor, el Hijo es Señor, el Espíritu Santo es Señor. Y sin embargo no son tres Señores, sino un solo Señor. Porque así como la verdad cristiana nos obliga a creer que cada persona es Dios y Señor, la religión católica nos prohíbe que hablemos de tres Dioses o Señores.

El Padre no ha sido hecho por nadie, ni creado, ni engendrado. El Hijo procede solamente del Padre, no hecho, ni creado, sino engendrado. El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, no hecho, ni creado, ni engendrado, sino procedente. Por tanto hay un solo Padre, no tres Padres; un Hijo, no tres Hijos; un Espíritu Santo, no tres Espíritus Santos.

Y en esta Trinidad nada hay anterior o posterior, nada mayor o menor: pues las tres personas son coeternas e iguales entre sí. De tal manera que, como ya se ha dicho antes, hemos de venerar la unidad en la Trinidad y la Trinidad en la unidad» (Símbolo Quicumque).

Para entender mejor estas verdades hemos de fijarnos en las facultades espirituales del alma humana -la inteligencia y la voluntad-, pues nosotros hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios. En Dios hay conocimiento y amor pero de una manera inefable. Dios se conoce perfecta e infinitamente y se ama a Sí mismo también perfectamente.

Dios Padre conociéndose a Sí mismo, engendra desde toda la eternidad al Hijo. El Hijo no es posterior al Padre en el tiempo, sino que procede del Padre. Es distinto al Padre, pero es igual que El. Y se le llama Verbo porque es la Palabra mental en que la mente del Padre expresa el conocimiento de Sí mismo. Esto decimos en el Credo: «Engendrado, no creado; de la misma naturaleza que el Padre; por Quien todo fue hecho».

Además, Dios se ama a Sí mismo. Amarse, en Dios, es necesario, pues ama en Él el infinito Bien que es. Dios padre, al amarse como Bien último, ama al Hijo, y el Hijo ama también necesariamente al Padre. Entre Ellos hay un Nexo, un Amor infinito, que recibe el nombre revelado de Espíritu Santo. En cuanto subsiste es de la misma naturaleza divina porque en Dios nada hay que no sea El; por tanto es amor subsistente, perfectísimo, que procede del Padre y del Hijo, que es igual en la naturaleza a Ellos y distinto personalmente del Padre y del Hijo.

Cuando decimos que en Dios hay tres Personas y una única naturaleza, ¿a qué nos referimos al hablar de personas y qué significa naturaleza? Hemos de distinguir para ello lo que distinguimos en todas las cosas que existen. En todas las cosas hay una composición real, aunque no pueda ser separada en ninguna de ellas: una cosa es el hecho de que sean y otra la manera cómo son. Todas las cosas tienen una manera de ser: unas son árboles, otras animales, etc. También entre los seres que tienen la misma naturaleza distinguimos su número: no es lo mismo un perro que otro, y cada árbol se distingue de los demás del bosque. Porque cada cosa es distinta de las demás no sólo por su manera de ser -su naturaleza- sino por su ser, por ser un sujeto diferente. Pues bien, se denomina persona el sujeto individual que tiene naturaleza racional.

En Dios hay tres sujetos, es decir, tres Personas distintas, pero una sola naturaleza, la divinidad. Hay un sólo Dios. A primera vista puede parecer que no existe ningún misterio en Dios, porque también cuando hay tres hombres en una habitación hay tres sujetos y los tres tienen la misma naturaleza humana. Pero hay una gran diferencia, y es que cada hombre tiene la naturaleza humana, pero no es esa naturaleza. En cambio, en Dios, cada una de las Personas divinas es la divinidad. En cada Persona no hay composición entre su ser y su manera de ser. Y esto sucede en cada una de las tres divinas Personas. Cada una de Ellas es, por ejemplo, infinita. ¿Y cómo entonces no hay tres dioses?

No hemos de esforzarnos en descifrarlo, porque es un misterio. Ni san Agustín cuando paseaba junto al mar lo supo descifrar. Encontró a un niño que, con una concha, echaba el agua del mar en un hoyo de la arena.

-¿Qué haces?, le preguntó.

-Meter todo el mar.

-Es imposible que lo consigas.

-Pues más difícil es todavía, le contestó el niño. que tú logres desentrañar el misterio de la Santísima Trinidad.






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5. La Trinidad en nosotros


El saber que Dios es infinitamente grande, tan inmenso que no cabe en nuestra pequeña cabeza no debe llevarnos a pensar que de Dios no podemos saber nada. Ha de llevarnos, por el contrario, a asombrarnos de su grandeza y a agradecerle que nos haya revelado un poco de cómo es; porque si nos ha hablado de Sí mismo es para que le conozcamos y amemos más. «Se ha dicho, en forma bella y profunda, que nuestro Dios, en su misterio más íntimo, no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia, que es el amor. Este amor, en la familia divina, es el Espíritu Santo» (Juan Pablo II, Hom. en Puebla, 28-I-1979).

Y junto a esta verdad, otra gran revelación: que Dios ha querido que los hombres entremos a formar parte de esa familia. Dios nos dice que la Trinidad mora en el alma en gracia: «Vendremos a él y haremos morada» (Jn 14,23). «Todo lo mío es tuyo» (Jn 14,20); Dios nos da de su Vida. La gracia nos hace partícipes de la Vida divina. Nacemos enemigos de Dios por el pecado original, y somos justificados por el Bautismo, convertidos en hijos de Dios, pues la justificación es el «traslado al estado de gracia y de adopción de hijos de Dios» (Concilio de Trento, Decreto sobre la justificación). Entramos a formar parte de la familia de Dios, por eso nos bautizamos en el nombre de cada una de las tres Personas divinas. Desde ese momento, y mientras no se pierda la gracia, el alma es templo vivo de la Santísima Trinidad (cfr. Jn 1 Co 3,16). Vivimos endiosados, como metidos en Dios, divinizados. Como dice san Pablo, «en él vivimos, y nos movemos y existimos» (Hch 17,28).

Dios es un Dios cercano que habita en el alma en gracia. Y si la oración es hablar con Dios, con un Dios que nos conoce y nos ama, ¡qué seguridad y qué diálogo puede existir entre el hombre y Dios! El espera que le tratemos en el fondo de nuestra alma.






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6. Conocer a Jesucristo


En cierta ocasión el Señor hizo lo que hoy llamaríamos una encuesta. «Preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Ellos contestaron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías u otro de los profetas. Y Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy? Tomando la palabra Simón Pedro, dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 13-15). Y Jesús se lo confirmó.

Es muy importante saber cuál es la verdad sobre Jesucristo para que no Le veamos simplemente como un gran personaje histórico. Jesucristo es hombre, pero a la vez es Dios. Es el Emmanuel, Dios con nosotros. ¿Y cómo puede ser que un hombre sea Dios, que Dios se haya hecho hombre? La Iglesia nos explica cómo se realizó la Encarnación del Verbo: Formando el Espíritu Santo en las purísimas entrañas de la Virgen María un Cuerpo perfectísimo y creando un Alma nobilísima, que unió a ese Cuerpo; y en ese mismo instante, a ese Cuerpo y a esa Alma se unió el Verbo de Dios, y el que antes era Dios, sin dejar de serlo, quedó hecho Hombre.

Cada Persona divina, hemos dicho antes. es un sujeto que es Dios, es decir, que es la Naturaleza divina. En las personas humanas también hay un sujeto -a quien se atribuyen las acciones- que tiene la naturaleza humana. Poseer la naturaleza humana consiste en tener cuerpo y alma humanos. Sin embargo, a diferencia de los demás hombres, cuya naturaleza está sustentada por un sujeto humano, la naturaleza humana de Jesucristo está sustentada por una Persona divina: la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Todas las acciones que Jesucristo realizó en la tierra han de atribuirse a la Persona divina, aunque algunas acciones las hacía según su naturaleza humana -como el andar, el comer, el sonreír- y otras según su naturaleza divina, como perdonar los pecados y perfeccionar la Ley de Moisés.

A primera vista esto puede chocarnos porque en todas las criaturas lo que observamos es que a cada sujeto corresponde únicamente una naturaleza, un modo de ser: el gato es solamente gato, no es a la vez gato y pájaro. Solamente la Persona divina del Verbo -por no ser criatura, sino Dios- puede tener a la vez dos naturalezas: la humana -cuerpo y alma humanos- y la divina -ser Dios-. Por eso, cuando Jesucristo andaba por los caminos de Palestina, o cuando enseñaba, o cuando murió en la Cruz, aunque todo eso lo hacía en cuanto hombre (los demás veían perfectamente lo que hacía), era la Segunda Persona divina quien lo hacía, a quien se atribuían esas acciones. Por lo que, al leer los Evangelios hemos de hacerlo con gran respeto, porque estamos leyendo los hechos y dichos de Dios entre los hombres. No podemos leerlos como si de una novela se tratara. Sus palabras son palabras de vida eterna y sus acciones son acciones redentoras. Hemos de asombrarnos ante ellos. El colmo de la vulgaridad es pasar junto a lo sublime y no darse cuenta.

«Este es mi hijo amado en quien me he complacido: escuchadle» (Mt 17,5), dijo Dios Padre el día de la Transfiguración. Y Jesucristo nos ha hablado no sólo a través de sus palabras, sino también a través de sus acciones. Por eso, la oración del cristiano ha de comenzar y continuar por este Camino que es la vida de Cristo. Y para ello es preciso conocerla bien. «Debido a la debilidad de la mente humana, dice Santo Tomás, y del mismo modo que necesita ser conducida al conocimiento de las cosas divinas, así también necesita ser llevada al amor como de la mano, por medio de algunas cosas sensibles que nos sean fácilmente conocidas. Y entre ellas la principal es la Humanidad de Cristo» (Suma Teológica, 2-2 q82 a3).

«Cuando se ama a una persona se desean saber hasta los más mínimos detalles de su existencia, de su carácter, para así identificarse con ella. Por eso hemos de meditar la historia de Cristo, desde su nacimiento en un pesebre, hasta su muerte y su resurrección (...). Porque hace falta que la conozcamos bien, que la tengamos toda entera en la cabeza y en el corazón, de modo que, en cualquier momento, sin necesidad de ningún libro, cerrando los ojos, podamos contemplarla como en una película; de forma que, en las diversas situaciones de nuestra conducta, acudan a la memoria las palabras y los hechos del Señor» (Josemaría Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa). Tendremos así los mismos sentimientos que tuvo Cristo, y amaremos lo que él ama, y hablaremos con Dios Padre como El hablaba, y nos causará dolor lo que se lo causa a El: el pecado, la ignorancia religiosa, la tibieza. Nos sucederá como les sucedió a los amigos de Dios, a los santos. Cuenta Santa Teresa: «Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allí a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado, y tan devota que, mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle» (Santa Teresa, Vida).

Revestirnos de Nuestro Señor Jesucristo (cfr. Rm 13,14) para llegar a exclamar con san Pablo: «no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí» (Ga 2,20). Para eso hace falta tratarle en la oración, procurando hacer realidad en nuestra vida las sugerencias que El nos hace. Entonces «se refleja el Señor en nuestra conducta, como en un espejo. Si el espejo es como debe ser, recogerá el semblante amabilísimo de nuestro Salvador sin desfigurarlo, sin caricaturas: y los demás tendrán la posibilidad de admirarlo, de seguirlo» (San Josemaría, Amigos de Dios).






Libro: Hablemos de la Fe
9. Hacer oración
Jesús Martínez García
Ed. Rialp. Madrid, 1992


7. Junto al Sagrario


Antes de irse al Cielo, Jesucristo instituyó la Eucaristía para quedarse con los hombres de manera sacramental. Es un precioso don de Dios para los hombres. Pero como es un misterio de fe y de amor, sin las virtudes teologales no se entiende. Los cristianos debemos agradecer a Dios que nos dé estas virtudes porque nosotros sí sabemos que Dios está ahí en el Sagrario. Quienes no tienen fe, su mirada y su razón chocan con la puerta del sagrario o ante las apariencias del pan y del vino. Ni ven a Dios ni saben que está. Los cristianos tampoco vemos físicamente a Cristo, pero sabemos que está ahí sacramentalmente. Sabemos que está no sólo como signo o en figura, o por su eficacia, sino verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre, juntamente con el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por tanto, Cristo entero (cfr. Concilio de Trento, ses. XIII).

Un Obispo que vivía en Gaza (Palestina) fue invitado por un mahometano a responder a tres preguntas sobre la Eucaristía. Primera pregunta: «¿Cómo es posible que el pan y el vino se conviertan en el cuerpo y la sangre de Jesucristo?». Respondió el Obispo: «Cuando tú naciste no eras grande y grueso como ahora. ¿Cómo creciste? Lo que has comido se ha transformado en carne y sangre. ¿Y no podrá Dios obrar un milagro como el que obra la naturaleza?» Segunda pregunta: «¿Cómo es posible que en una hostia tan pequeña esté presente todo Jesucristo?»

La respuesta fue ésta: «¿Ves lo grande que es el paisaje que tienes delante? Sin embargo, tu ojo, tan pequeño, todo lo abarca. Así, es posible que todo Jesucristo esté en una hostia pequeña». Tercera pregunta: «¿Cómo el mismo Jesucristo se puede encontrar en todas las hostias consagradas?» Dijo el Obispo: «Para Dios no hay nada imposible. Bastaría esta respuesta; pero también la naturaleza puede responder: rompe un espejo en muchos pedazos; cada pedazo te reproducirá la misma imagen que reflejaba el espejo entero. Así Jesucristo está en todas las hostias consagradas y en cada fragmento de ellas».

Eran unas respuestas que, sin hacer referencia a lo sobrenatural, mostraban al mahometano que las verdades que se refieren a la Eucaristía no repugnan a nuestra mente. Que, aunque se trate de un milagro continuado y a su conocimiento se llegue por la fe, el misterio de la Eucaristía no es contradictorio. Es una realidad dura de aceptar, pero las palabras del Señor no dejan duda: «Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre está en mí y yo en él» (Jn 6, 55-56). Los católicos sabemos que ahí está Cristo exclusivamente porque nos fiamos de la palabra del Señor, que es Dios y puede cambiar la sustancia del pan en Sí mismo, como fue capaz de cambiar la sustancia del agua en la del vino en las bodas de Caná; y puede multiplicar su presencia sacramental, pues también multiplicó los panes. Sólo lo podía hacer Jesús porque es Dios.

«Lo que nosotros no podemos, lo puede el Señor. Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, no deja un símbolo, sino una realidad: se queda El mismo. Irá al padre, pero permanecerá con los hombres. No nos legará un simple regalo que nos haga evocar su memoria, una imagen que tiende a desdibujarse con el tiempo, como la fotografía que pronto aparece desvaída, amarillenta y sin sentido para los que no fueron protagonistas de aquel amoroso, momento. Bajo las especies del pan y del vino está El, realmente presente: con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad» (San Josemaría, Es Cristo que pasa). ¿Quiénes se dejan fotografías? Las personas que se aman y no pueden permanecer juntas. Para entender que Cristo haya querido quedarse en la Eucaristía hace falta entender cuánto ama Dios a los hombres; tanto, que les entregó su unigénito Hijo (cfr. Jn 3, 16). Y Jesús, que se fue a los Cielos, ha querido quedarse a nuestro lado para acompañarnos en nuestro caminar por esta tierra.

«El Cristo eucarístico se identifica con el Cristo de la historia y de la eternidad. No hay dos Cristos, sino uno solo. Nosotros poseemos, en la Hostia, al Cristo de todos los misterios de la Redención: Al Cristo de la Magdalena, del hijo pródigo y de la Samaritana, al Cristo del Tabor y de Getsemaní, al Cristo resucitado de entre los muertos, sentado a la diestra del Padre. Esta maravillosa presencia de Cristo en medio de nosotros debería revolucionar nuestra vid; está aquí con nosotros: en cada ciudad, en cada pueblo» (M. Philipon, Los sacramentos en la vida cristiana). Se ha quedado para que le hablemos y para hablarnos, para que le contemos nuestras penas y nuestras alegrías, para consolarnos, para animarnos, o simplemente para acompañarnos. Porque, ¡cuántas veces lo que necesitamos de un amigo es que esté a nuestro lado aunque no nos diga nada! ¡Quédate con nosotros!, le dijeron a Jesús los discípulos de Emaús, porque su compañía era muy grata y alentadora.

El se ha quedado en la Eucaristía, pero espera que nosotros vayamos a él, a visitarle, a comulgar, a hacer la oración a su vera. Uno ha de preguntarse cuántas veces le va a ver, porque será un termómetro de nuestra fe y de nuestro amor. Jesucristo está ahí, ahí delante, en el Sagrario. Procuraremos, por tanto, hacer siempre que nos sea posible la oración enfrente Suyo, en el banco de una iglesia o de un oratorio. Y no nos limitaremos a recitar oraciones, sino que el amor nos llevará a mirarle, a contemplarle, a quererle, a pedirle, a adorarle; como han hecho los santos: «Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte» (Santo Tomás de Aquino, Himno Adoro te devote). Ahí está el Amigo y, al decir de la Escritura, «el amigo fiel es una defensa poderosa; quien lo encuentra, ha encontrado un tesoro. Nada hay comparable con el amigo fiel» (Si 6, 14-15). Jesús es la Persona que más nos ha amado en la tierra y, además, su Corazón guarda infinitos tesoros. Quiere hacernos partícipes de esos tesoros, pero quiere que vayamos a pedírselos.

Jesús espera. No le importa haber esperado toda la noche, ni el día entero de ayer, ni tantos años para que nosotros Le vayamos a ver hoy. No se le hace largo porque nos ama mucho. «Viene a mi memoria -decía san Josemaría Escrivá- una encantadora poesía gallega, una de esas Cantigas de Alfonso X el Sabio. La leyenda de un monje que, en su simplicidad, suplicó a santa María poder contemplar el Cielo, aunque fuera por un instante. La Virgen acogió su deseo, y el buen monje fue trasladado al paraíso. Cuando regresó, no reconocía a ninguno de los moradores del monasterio: su oración, que a él le había parecido brevísima, había durado tres siglos. Tres siglos no son nada, para un corazón amante. Así me explico yo esos dos mil años de espera del Señor en la Eucaristía» (Es Cristo que pasa).

Hemos de pedir a Dios que nos aumente la fe, la esperanza y la caridad para que entendamos todavía más las cosas divinas. Pero hemos de poner nosotros también de nuestra parte un poco de empeño haciendo actos de fe yendo a visitarle, haciendo la oración enfrente Suyo, o haciendo muy bien la genuflexión cada vez que pasemos delante del Sagrario: con la rodilla derecha y hasta el suelo, con la mirada fija en el Tabernáculo -no en otro sitio- y en el corazón un acto de adoración y de amor.

Un famoso arquitecto protestante fue a ver una iglesia católica nueva, interesado por el valor artístico. Dado que el párroco no estaba en casa, se sirvió de un monaguillo para que le enseñara el templo. Al pasar por delante del altar en que estaba el Santísimo, el chico hizo una genuflexión:

-Oye, ¿por qué haces eso?

-Porque en ese Sagrario se guarda el Santísimo Sacramento.

Y el chaval expuso como pudo la doctrina católica sobre la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía.

-Entonces, ¿tú crees que Dios está real y verdaderamente presente en el tabernáculo?

La respuesta fue afirmativa.

-¡Caramba! Si yo supiera que esto es cierto, andaría de rodillas por toda la iglesia.

Claro que no vamos a ir de esa manera por el templo, pero hemos de pensar si tenemos en cuenta Quién vive allí al entrar en la iglesia y mientras permanecemos en ella: si nuestra primera mirada y nuestras primeras palabras van hacia el Sagrario, si guardamos la reverencia debida, o estamos como podríamos estar en la calle.






Libro: Hablemos de la Fe
9. Hacer oración
Jesús Martínez García
Ed. Rialp. Madrid, 1992


8. Tratar al Espíritu Santo


En el Credo que rezamos en la Misa, hacemos esta profesión de fe: «Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas».

Es el Amor que Dios Padre y Dios Hijo se tienen entre Sí, y es tal que es subsistente, es una Persona distinta de Ellos. Y Dios ha querido enviárnoslo, regalárnoslo para que nos hagamos santos: con El podemos amar a Dios de una manera adecuada: con el mismo Amor de Dios, porque «la caridad de Dios ha sido difundida en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5, 5).

Después de su Resurrección, Jesús se apareció una tarde a sus Apóstoles y soplando les dijo: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20,22). Hizo un gesto que significaba una realidad. El aire que soplaba Jesús no lo veían, pero lo sentían en sus caras. El Espíritu Santo no se ve porque es espíritu, pero cuando Le recibimos lo notamos en el alma, aunque no necesariamente de forma sensible -como sucedió el día de Pentecostés, en que lo recibieron en plenitud-, sino por sus efectos.

El Espíritu Santo es otro Don de Dios a los hombres. Cada uno lo recibe en el Bautismo y, con plenitud, en la Confirmación. Desde entonces somos «sellados con el sello del Espíritu Santo», como les decía san Pablo a los primeros cristianos (Ef 1,13). En el Antiguo Testamento el sello era la señal que confirmaba una alianza, era algo que indicaba pertenencia y propiedad. Pues estar sellados en el Espíritu Santo significa que somos propiedad de Dios, que habita en nosotros. Por eso san Pablo encarecía a los de Éfeso: «Guardaos de entristecer al Espíritu Santo, en el cual habéis sido sellados para el día de la redención» (Ef 4,30), y a los de Corinto: «¿No sabéis que sois templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros y que habéis recibido de Dios, y que ya no os pertenecéis a vosotros mismos?» (1 Co 6,10).

Es el Dulce Huésped del alma, Huésped que nos da la Vida, que nos santifica. Para ello hace falta estar en gracia, no estar en pecado mortal. Una vez que hemos sido introducidos en la vida de Dios por la gracia, el Espíritu Santo -el Amor de Dios en nosotros- va haciendo la obra de nuestra santificación.

A la manera que el hierro recibe las propiedades del fuego al meterse en él, Dios diviniza al hombre admitiéndole a participar de su divina naturaleza por la gracia. La gracia trae consigo la fe, la esperanza y la caridad. Por estas tres virtudes el hombre se dirige a Dios y está pronto para recibir con docilidad el influjo del Espíritu Santo, como el hierro candente está preparado para recibir la acción del herrero (cfr. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, 1-2 q 112 a 1).

«La tradición cristiana ha resumido la actitud que debemos adoptar ante el Espíritu Santo en un solo concepto: docilidad. Ser sensibles a lo que el Espíritu divino promueve a nuestro alrededor y en nosotros mismos: a los carismas que distribuye, a los movimientos e instituciones que suscita, a los afectos y decisiones que hace nacer en nuestro corazón» (San Josemaría, Es Cristo que pasa).

Hemos de tratar al Dulce Huésped hablándole como Persona que es. Pero también escuchándole, que se traduce en poner por obra las inspiraciones que nos hace. «Llamamos inspiraciones a todos los atractivos, movimientos, reproches y remordimientos interiores, luces y conocimientos que Dios obra en nosotros, previniendo nuestro corazón con sus bendiciones, por su cuidado y amor paternal, a fin de despertarnos, movernos, empujarnos y atraernos a las santas virtudes, al amor celestial, a las buenas resoluciones; en una palabra, a todo cuanto nos encamina a nuestra vida eterna» (San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota).

El mismo nos da sus Dones, hábitos sobrenaturales que El nos infunde en las potencias del alma para recibir y secundar con facilidad sus mociones. Sus Dones, que son siete. El don de Sabiduría, por el que juzgamos rectamente sobre Dios y sobre las cosas divinas por sus últimas causas. El don de Entendimiento, por el que llegamos a tener un conocimiento más profundo de los misterios de la fe. El don de Ciencia, por el que la inteligencia del hombre, bajo la acción iluminadora del Espíritu Santo, juzga rectamente de las cosas creadas en orden al fin último sobrenatural. El don de Consejo, que es como un instinto divino para acertar, en cada caso, en el camino que más conviene para la gloria de Dios. El don de Piedad, que excita en nuestra voluntad un afecto filial hacia Dios como Padre y un sentimiento de fraternidad para con todos los hombres en cuanto hijos del mismo Padre celestial. El don de Fortaleza, que robustece el alma para practicar las virtudes en grado heroico y vencer los mayores obstáculos. Y el don de Temor de Dios, que nos lleva a apartarnos de todo lo que nos aparta de Dios.

Todo lo que hacemos bien en orden a la gloria de Dios lo hacemos porque el Espíritu Santo obra en nosotros. Nuestra labor, en gran medida, es no estorbar su acción. Ir desapareciendo. Hacer hueco a Dios en nosotros, como se vacía un tronco de árbol para llenarle de un material precioso.

Por eso, si todo lo que hacemos es por el Espíritu Santo, hasta el decir Jesús es el Señor (1 Co 12,3), ¡cuánto valen nuestras acciones hechas en estado de gracia, por muy pequeñas que sean! Todo acto de amor, toda jaculatoria, todo acto de servicio a los demás, ¡cuánto valen!

Y por eso también, no debemos dejarnos llevar por las apariencias a la hora de juzgar, pues el que juzga es Dios (1 Co 4,4), ya que sólo él conoce el estado de cada alma.

Cuando uno se da cuenta de que esta vida sobrenatural, que no se ve, es lo más importante, uno saca muchas consecuencias: bautiza a los niños cuanto antes porque el Espíritu Santo actúa en ellos; procura no echar de su alma al Espíritu Santo por el pecado, porque entonces no se hace nada bueno en el orden espiritual, etc.

Labor de santificación que no se ve, pero que va quedando independientemente de que nosotros sintamos su acción, independientemente de que pensemos que vamos para atrás en la vida espiritual. Si estamos en gracia y obedecemos al Divino Huésped (acudiendo a los sacramentos, ofreciendo el trabajo, haciendo unas normas de piedad, preocupándonos de los demás...), va quedando un poso de santidad. Podríamos decir con una metáfora que, al ir a dormir por la noche, nuestro Ángel de la Guarda coge nuestro día y lo exprime, y salen unas gotas de esencia, de santidad, que guarda en una celdilla como las abejas van guardando la miel en los panales. ¡Qué maravilla el día en que lleguemos al Cielo y veamos tantas celdillas llenas, ver la obra del Espíritu Santo en nosotros! Porque uno gozará eternamente según el grado de santidad que haya ido adquiriendo cada día.