Por los signos
Jesús Martínez García - Zaragoza 2003

Índice









Libro: Por los signos
Laudatio

Jesús Martínez García
Zaragoza, 2003

Laudatio

Porque es el cariño que nos tienes
la llama en cada cosa
que sostiene su vuelo existencial.

Porque ojos solícitos de madre,
confieso en tu mirada en este instante
que Tú eres Amor, no una cosa.

¿Qué podría decir el roble al verse
en hojaldre macizo de belleza
del dedo carpintero?

¿Qué puedo yo si es, cuando te amo,
que percibo mi nombre
naciendo en tu ternura nutridora?

Cuanto pueda decir será en figura
que afirma en negativo.

Debería callar y, como el árbol,
crecer en el silencio y bendecirte.

Sólo tengo oración entre mis manos
que elevo con el arpa del trabajo.

Hermanos que me diste y encontrarte
en sus ojos a Ti.
¡Tan divinos hiciste a los humanos!

Tan imagen, que a veces no sabemos
mirarte en la sorpresa,
y como a uno de tantos te olvidamos.

¡Capaz de convivirte!, y sin embargo
un golpe en la alambrada nos hirió
la mente, la mirada y el secreto.

Atados a colores y a lo abstracto,
sin concepto posible que te ciña,
corazonadas laten en los signos.

Tocamos sólo huellas en los gestos
de amor, que es tu lenguaje, y tras ellos
el gozo nos invade y te alabamos.

* * *

Alabado en todos mis sentidos
donde puedo entrar en convivencia
y advierto de tus dedos el cariño.

Alabado por darme el pensamiento,
que intuye tus afectos y designios
en lirios confidentes.

Y por mi libre arbitrio,
las alas con que puedo ir a buscarte,
Libertad exclusiva.

Alabado, sobre todas las cosas,
por este corazón donde te encuentro
formando en mí alianza familiar.

Cálido Hogar, Paz, Nido.
Sin Ti, la vida tan agreste y dura...

Alabado por los seres sencillos
que demuestran desnuda tu intención.

Y por la luz de ver tus maravillas,
milagros cotidianos.

Por la noche secreta, que es la mano
que entonces Tú nos tiendes invisible.

El aire donde penden nuestras risas
y a veces llueve el llanto.

El dolor que nos limpia y nos recuerda
la paz de tus caminos.

Las obras realizadas frutalmente
que aroman perpetuando nuestros años.

* * *

Quisiera que mi voz fuera mil aguas,
un cauce jubiloso que bendice,
tal cuerno que soplando recogiera
el son de lo que pisa, nada y vuela.
Me hiciste así, Señor, para que hubiera
unas alas de arcilla que gritaran
por las grietas de las cosas, gargantas
que en mi desfiladero se fundieran
con el canto de ángeles. Y allí,
humilde embajador yo te dijera:
¡a Ti toda la gloria y muchas gracias!








Libro: Por los signos
Laudatio

Jesús Martínez García
Zaragoza, 2003

Entonces

Entonces te miraba cara a cara,
ni el pulso me latía, transparente.
No existían ni párpados ni sombras,
ni calle solitaria de la nada.
Tanto amor en pleamar, sólo Dios.
Nadando al fondo
sin límites, ni escollos, ni siquiera
aire donde ahogarse.
Eras, Tú, luz que todo lo envolvía
por dentro, y cada cosa rebosaba
presencia fecundante.
Todo era un "hágase", y se hacía
en sumiso juego creativo.
Sólo verme, a Ti te daba gloria;
sólo verte, mi íntegra alegría.
Entonces reíamos con ángeles,
con hombres y mujeres que eran niños
desnudos, todo rostro
de sonrisas como olas,
navegando en el azul...








Libro: Por los signos
Laudatio

Jesús Martínez García
Zaragoza, 2003

¿Cuándo comenzaron?

¿Cuándo comenzaron a enfriarse
el corazón y los planetas,
a surgir misterios en los bosques,
a crecer la malicia de las hierbas
y las aristas de los miedos?

¿Cuándo la mirada posesiva
hizo enrojecer a las rosas,
se aplastó sobre su piel, y ellas
se cerraron opacas entre espinas?

¿Cuándo se perdió Adán
que a tientas se golpea con las cosas,
percibiendo como ideas conclusivas?

¿Cuándo aprendió a hablar solo,
sin Dios, imaginando
que sólo existían sus ideas?

¡Oh Dios!, ¿sigues mirando y no te admiras?
Él cree que también eres noción
que sólo existes si te piensa.
¡Tú, que si no le pensaras no existiera!

Allí nos robaron la sonrisa...

Qué difícil ser poeta ya entre cardos
con ojos mancillados por las lágrimas,
qué arduos los amores escondidos
si en alas de barro entumecidas.
Si huye la tórtola y la tarde...
Sin más luz que la luciérnaga...

Ya sólo conocemos por los signos.
No sabemos entenderte y sufrimos
ídolos consensuados en Babel,
el frío lenguaje de los astros.

Dame Señor, Tú, la mirada
original con que te alcance,
que sólo en amor se te conoce,
secreto inefable.

Tal vez sea el idioma del dolor
quien rasgue el sentimiento, y mi indigencia
me lleve a pedir.
Tal vez brille tu luz en ese instante
con gozo de vendimia.








Libro: Por los signos
Laudatio

Jesús Martínez García
Zaragoza, 2003

Los nombres

La dicha está en saberse porque otro
piensa, me ama y me sostiene.
No importa que un muro de distancia
nos haga invidentes.

Son los ojos del amor quienes alcanzan
el ser, la belleza y los nombres.
Porque Tú eres así, me miras,
y así yo te percibo.

Ojos de Dios que irradian, invisibles,
la íntima forma de existencia,
y allí donde se posa tu luz
quedan las cosas
en silencio elocuente, agradecido.

Me hiciste aprendiz de tus estrellas
en la noche callada de los seres,
chispazo de asombro que advirtiera
tu presencia.
¡Oh juego de Adán, ponerles nombre!,
inventar cómo son a tu manera:
su verdad, sus perfiles, su abolengo,
su sagrada realidad con que ellas rezan.
Y en perfumes que trascienden sus esencias
educir conceptos con que hablarte.

Sólo en humildad se concibe la palabra
que acaricia el ser y deja ileso
el pensamiento y cada cosa,
sólo entonces exhalan sus loores
y evocan transparencias de su origen.
Me revelan
que yo también soy nombre,
que Tú pronuncias y que esperas
fragancia de amor:
que te quisiera.








Libro: Por los signos
Laudatio

Jesús Martínez García
Zaragoza, 2003

Aunque sólo una vez

Como si fuera indigente
sordo que en signos conoce
dame aprender y me goce
tu lenguaje confidente.
Hazte, Señor, elocuente
en la señal convenida
que ya mi alma prendida
está esperando entreverte,
y en ese toque despierte
el sentido de mi vida.








Libro: Por los signos
Laudatio

Jesús Martínez García
Zaragoza, 2003

Amor humano

Es el amor profundamente humano
del amor divino latente signo
en todo aquel que permanece digno
por su mirar ingenuo y soberano.

Señor del amor, pasas tan cercano...,
enciende mi corazón, sé benigno,
que no vive el que no ama, yo consigno,
como quien no respira es cuerpo vano.

Te pido, Dios, que amas sin medida,
me enseñes a querer, sencillamente;
porque en esa medida yo adivino.

¡Qué milagro, qué plenitud de vida
si alcanza, mientras ama humanamente,
mi amor a respirar tu amor divino!








Libro: Por los signos
Laudatio

Jesús Martínez García
Zaragoza, 2003

Sacramento

Muere el pan y sangra el vino, herida
de la que nace Dios, y lo pregona
la Iglesia que este parto confecciona.
Silencio ante la entrega de la vida.

El alma, por los signos requerida
a morir para vivir su Persona,
decide si se queda o abandona.
Una u otra, la vida preferida.

Creer: sin más agarre y refrigerio
que Dios y, reclinada en él la frente,
vivir abandonado en su misterio.

Heme aquí junto a Ti, Señor, presente
con júbilo de vino y salterio,
pan resucitado, en Ti viviente.








Libro: Por los signos
Laudatio

Jesús Martínez García
Zaragoza, 2003

El árbol de la vida

He nacido de una herida
que tu nostalgia me ha abierto,
me has tomado con tu brazo,
soy en ti como un injerto,
tu savia ya es mi savia,
son tus signos sacramentos.

Oh padre árbol, me das
tu amor como alimento
en raíces de humildad
donde anido yo te siento.
¡Saber que me quieres tanto
¿y no loco de contento?!

No permitas que me mienta
el viento de los desiertos
que arranca en ilusiones
abandonándonos lejos,
y sin esa agua tuya
de rama soy palo seco.








Libro: Por los signos
Laudatio

Jesús Martínez García
Zaragoza, 2003

Amor incomprensivo

(a Nietzsche)

No podías dejar de quererle,
la muerte te ha dado la respuesta.
Que descanse tu pasión, y en paz tu pena.

Viviste al revés, místico joven;
los años te hurtaron
el poso que deja a los demás, el sosiego
de Dios en lo alto del Carmelo.
Tus alas, precozmente nacidas, tu inquieto
corazón de Agustín y de Juan
de Yepes, la luz y la fuente. El fuego
te devoró.

¿Quién podría embridar esa explosión
de vida irracional?
El amor requiere tiempo y esa espera
era el velo
de Dios que no aguantaste. Querer mirar
de un golpe como ángel.
Pasión amante, dolor alzado en llama,
no te conformaste con ser hombre,
con ser nube,
dorada por el sol, tan alumbrada,
anhelando poseer, fundirte ya en abrazo
dionisíaco, sin esperar la primavera.
Entonces se rompió tu entendimiento
al no querer
someterlo al ritmo del amor y de la tierra.

¡Dios, Dios, Dios!, tu médula y tú música,
tus alas, tu luz, tu viento.
¡Sin él!,
y la noria de las horas con sus dientes.

No podías no amar a quien te daba,
odiando sin poder olvidarle ni en el sueño,
ni borrar su nombre
que obstinadamente te crecía.
Tener que convivir tan cerca,
tan dentro, piel de la conciencia,
como una voz que tras la puerta
siempre amando, sintiéndole rival.

¿Quién era Dios? Dímelo, Nietzsche;
¿eras acaso tú, el hombre nuevo?
que no supiste aguantar en tanto vuelo,
queriendo arrebatar en la cumbre, la gloria
de transmutar tu misma esencia.
Polvo herido por la luz, quedaste ciego.
Nadie osa luchar contra el Amor
sin riesgo de quebrarse en lo más íntimo.

Y no podía dejar de quererle...
... solitario.
El místico roto,
el vino derramado,
el fuego introvertido.

La amaba tanto..., y llora
Dios, Amor incomprendido,
por su nube descarriada,
alma bella, apolínea
mientras habitaba en el Olimpo.








Libro: Por los signos
Laudatio

Jesús Martínez García
Zaragoza, 2003

En silencio

Al principio se hizo un gran silencio
y en él fueron surgiendo entrecortadas
tus palabras como hijas de un deseo
porque el gozo
no puede quedar sin pronunciarse.

El silencio no existe en absoluto
ni es vacío espacio entre palabras;
es tensión de un pensamiento
que se quiere hacer presente
en el acorde de un tiempo
antes de pulsarlo.
Eco arcano de la llamada inicial.

Transita el pentagrama de la historia.
También los silencios llevan notas
y las palabras significan más allá;
también ellas son música callada,
profetas que revelan a su dueño.

Silencios y palabras,
gestos en los ritmos,
signos de los tiempos
son lugares
de la oración y del poeta.

Todo confluye si asciende en el espíritu.
Los conceptos transmutan cuando hieren
un bisel del corazón.
Y en la sorpresa,
verdad, amor, dolor se transfiguran
si el silencio se vuelve religioso.

Entonces los sonidos teologales
en un Tú para mí
desvelan lo sagrado de la vida
y de las cosas.

¡Callad!
que sólo en el silencio que precede
cae la nieve y se escucha
el agua subterránea de los cielos.

Son palabras guardadas en bodones,
secretos que lleva lento el río
y proclaman las orillas de su boca.

Palabras y palabras,
tuyas,
que el silencio fecundante envuelve,
y allí en mi hondón va transcurriendo
un poema de lágrima-oración
con ritmo de alegría por saberte.








Libro: Por los signos
Laudatio

Jesús Martínez García
Zaragoza, 2003

La cruz

Hicieron el signo de la cruz y salieron
al fragor de la batalla, ese día
podía ser el último.
Qué bueno saberse justo al borde
y no jugar con lo más serio, la vida.

Hicieron el signo de la cruz
con su carne clavada, y sus almas
abiertas al inmenso. Se sabían
flotando en la existencia como un don,
desvistiéndose las vendas de la luz
se abrazaban
a ella, a la cruz. Los moribundos.

¿Qué tiene esa señal que nos envías
desde la cumbre del ser y la existencia,
que orienta en la ascensión y la hace leve?
¿De qué tinta es la fe, caligrafía
que llevada por tu mano horizontal
levanta los misterios de los días?

Entre oscuros nubarrones de preguntas,
entre luces de la noche y más allá,
entre los más vivos dolores,
hiciste la señal, Paloma blanca,
a fuego, cincelando original
perfiles al martirio.

El odio, inventor de los tormentos,
murió al pulso de tu sangre.
A tu vuelo el hierro ya no puede
si el hombre respira en la veleta
los vientos del Espíritu.

Trazaste el signo de la cruz,
coordenadas de esperanza, donde Tú,
Amor, detrás de lo invisible.








Libro: Por los signos
Laudatio

Jesús Martínez García
Zaragoza, 2003

El arco iris

Cuando nubes oscuras se alzan
y el agua del problema nos inunda,
a veces un rayo nos detiene
y levanta
los ojos como a niños.
Un combado asombro nos provoca
la emoción de un tiempo ya perdido,
feliz, de cuando la luz todo envolvía
de paz, de puentes y colores.

Los hombres olvidamos, pero Tú
-Agua y Luz, origen de la vida-
en húmedo velo te insinúas.
Entonces corremos a tu orla
celeste, juego que se aleja
dejándonos
en iris un recuerdo,
una íntima pupila que no olvida.

Cuando la tarde amenace más allá,
siempre quedará esa blanca
luz de la esperanza descompuesta,
memoria y promesa de alianza.








Libro: Por los signos
Laudatio

Jesús Martínez García
Zaragoza, 2003

Acertijo

Vienen de París, con vestido ajedrezado.
inmigrantes, temporeras,
se quedaron.

Son las cigüeñas
las reinas en los pináculos,
enrocan junto a las torres,
encañan en los tejados,
se adueñan del horizonte,
las nubes les dejan paso.

Al mirarlas,
los niños sienten que vuelan,
emulan y elevan brazos
queriendo ser como ellas.

- Mamá, mamá, mira...
(Las alas negras, el cuello blanco,
campana de Dios, provocando la sorpresa.
¿De quién estoy hablando?).


Envíanos, Señor, signos mensajeros
que vuelen hacia lo alto
nuestros pequeños
pensamientos.
Hacia Ti, Cielo fascinante.








Libro: Por los signos
Laudatio

Jesús Martínez García
Zaragoza, 2003

Señales

Pasaste dejando unas señales,
pistas de un juego inteligente
y amoroso, porque amar es acordarse,
descubrir en los detalles.

Sólo alguien como Tú será capaz
de intuir en las caderas de los montes
el movimiento del mar,
y en sinclinales,
como en un tronco segado, señalar
hasta dónde llegó el agua
de los años.

Es el amor quien distingue por el vuelo
el cerezo, el cernícalo y el cierzo,
la caricia del agua por la barca,
el abrazo fuerte que da al remo.

Saber mirar es verte en providencias
de la lluvia y de la paz,
cariños de tórtola en su nido;
es sentir que nos llevas
en el río lento de los días
y desde orillas permanentes nos sonríes.

Cómo crece tu voz en cada trigo
y grita en la amapola;
asciende en mi alma montañera
abriéndome paisajes.

Pasaste dejando unas señales
en el lienzo azul y ocre de la tarde,
juegos de luz, amor en rosas...;
¿seré capaz de verlas y encontrarte?








Libro: Por los signos
Laudatio

Jesús Martínez García
Zaragoza, 2003

El almendro

Está creciéndole Dios
al almendro que da un beso,
en cada flor una luz
y en cada pétalo un rezo,
que a mí me causa dolor
por ser feliz, poder verlo
y no ver a Dios en mí
porque no vivo por dentro.

Qué duros somos los hombres,
como la roca de hielo
adherida al vegetal,
hasta secarnos tan tiernos.

Está asomando la luz
llenando el calor los huecos;
se despereza en escarcha
mi alma como el almendro.

Y vive Dios en la rama
dando la vida al jilguero
humilde, despreocupado,
fingiendo hoja de un cuento
que habla, que canta, que trina
su verde color despierto.

Está cantándole a Dios
mi corazón mientras creo
que en la ventana me crece
ese Dios al que no veo
que anida, que alienta y vuela
inocentes mis deseos.

¿De dónde vienen las nubes
cada año por febrero
a recordarme la infancia
y posarse en los almendros?
Yo ya no quiero noticias
que se van sin paradero,
quiero quedarme en presente
bebiendo azul y romero.

Quién permaneciera niño
para sonreír al cielo,
y levantar mis rosadas
ramas orando contento
con el árbol, con el ave
y contenido el aliento,
con mi savia aún caliente
entonar un Padrenuestro.








Libro: Por los signos
Laudatio

Jesús Martínez García
Zaragoza, 2003

Padre nuestro

Padre nuestro del cielo que estás
mirando, esperando, sonriendo
en anchas olas del mar,
en los rumores del hogar y del trabajo,
en interiores senderos.

Venimos de tu voz como un regalo
surgiendo en los segundos. Tan apenas
nos sabemos huéspedes de un reino,
niños que un día invitaron
a la casa de Dios y de sus sueños.
Y aquí jugamos
con la fuente y los colores,
mariposas de luz que Tú nos dejas
brillando por el suelo de la mente.

Vivimos tan deprisa algunas veces
que olvidamos
llevarnos el zurrón y santiguarnos.
Mas un cierto hambre nos recuerda
que existimos en tus manos, el tiempo
en que las vas juntando.
Entonces, con voz arrodillada te decimos
Padre, muchas gracias
por ver, tocar y sonreír
con ojos y sensores que nos diste.

O pensamos: me adueño todo esto.
Líbranos, Señor, de este pecado.

Líbranos y danos
el vuelo de los hijos por los siglos.








Libro: Por los signos
Laudatio

Jesús Martínez García
Zaragoza, 2003

Oración de otoño

Cáeme, Señor, las hojas,
que como Tú, yo me vea.
Desnudo de los engaños
que el tiempo ha metido en ellas.
Sopla en el fondo, quizá
en mi conciencia aparezca
un muérdago que anidó
y entonces me cause pena.

Altas al cielo mis ramas
orantes las dos se yergan.
Regístrame los bolsillos,
toma lo que Tú pretendas:
no sufre ya quien ha muerto
por vivirte, Vida eterna.
Que cuando seco y tu nieve
sólo vestido de fiesta.








Libro: Por los signos
Laudatio

Jesús Martínez García
Zaragoza, 2003

Era el momento

Era el momento del ángel,
cuando se agita
el agua profundamente
recogida.
Era cuando Dios habla y pregunta
la niña,
cuando Sus naipes y ella,
hacia arriba,
al descubierto descubren
las intenciones divinas.

Era que en tres minutos
el sí que se decían
inauguraba el gozo,
en el cielo poesía
y en su alma inolvidable
melodía
de una fuente que manara
a borbotón de alegría
misterios y más misterios
donde ambos se reían.

Era el ángelus encuentro
y para mí lo sería
bajo la luz cenital
en la carrera del día,
si detenido el tren
del todo sobre la vía,
en tres minutos de ángel
sostenidos en María
Sus palabras removieran
el agua mía.








Libro: Por los signos
Laudatio

Jesús Martínez García
Zaragoza, 2003

Cuando digo mayo

Cuando digo mayo
una luz despierta
azul la mañana,
cristalera abierta,
canto de jilgueros
sobre mis pupilas.

Esa luz mojada
brilla en los laureles,
alegres zumbidos
en alas de mieles
cortejan y encienden
faroles de lilas.

El manto de polen
suscita en mi sombra
un blanco deseo
que en el alma alfombra
puros los recuerdos.
Reflota la infancia.

La brisa se vuela
como una paloma,
el regato verde
qué tímido asoma,
cómo ríe el grillo...
Me envuelve fragancia.

Cuando digo mayo
evoco la rosa,
cáliz y mejilla
donde el sol se posa.
¡Oh Dios qué regalo
de beso encendido!

Y esta flor es madre,
aroma que espera
nostalgia se llegue
y estando a su vera
secretos cariños
decirle al sentido.

Llamarada blanca
deslumbra en la ermita
llamada tan leve
pañuelo que invita.
Hacia allí me subo
con las golondrinas.

Yo llevo en los dedos
manojos de dalias,
olor de romero
atado en sandalias
y dentro clavadas
algunas espinas.

En tu casa abierta
respiro frescura,
manos de silencio,
en ojos ternura.
¡Poema de Dios
colmas mi alegría!

Cuando digo mayo,
la luz y la brisa,
pétalo regazo,
mirada sin prisa.
Cuando digo rosa
te nombro, María.